30 — ELORRIO. 21 de abril de 2025
Tres días antes de la muerte de Juana Martín.
Elorrio amanecía bajo un cielo plomizo cuando Juana y Víctor tomaron la carretera que los llevaría hasta el caserío donde vivía Mikel en Elorrio.
No habían hablado durante los últimos cuarenta minutos.
Víctor conducía rígido, con los ojos fijos en el asfalto húmedo.
Juana sostenía el llavero dentro de una bolsa de evidencia.
No podía dejar de mirarlo: un trozo de plástico anodino que, sin embargo, podía dinamitar toda la historia.
Una prueba no oficial, pero era la única prueba a la que agarrarse.
Aparcaron frente a la casa. El lugar, rodeado de prados que parecían recién peinados por la lluvia, tenía un silencio casi quirúrgico.
Víctor tragó saliva. No quería estar allí.
No quería enfrentarse a Mikel. No quería volver a sentir que el pasado les había tendido una trampa de la que ya no podían escapar.
—¿Listo? —preguntó Juana.
—No, pero tú eres la que tiene que estar lista —respondió él—. Yo solo sigo tu plan. Tú eres la profesional.
Juana sonrio.
Llamaron al timbre. Mikel tardó más de lo que se consideraría habitual en abrir. Cuando apareció, lo hizo con el gesto contraído, como si hubiera intuido para qué venían. Cuando su mirada se cruzó con la de Víctor, mostró una poco disimulada indiferencia.
—Vaya sorpresa —dijo, aunque su tono desmentía cualquier intención de cordialidad—. Pasad.
El interior estaba ordenado, más de lo razonable. La mesa limpia. La chimenea apagada, aunque hacía frío. Sin una sola prenda fuera de lugar.
Víctor, tras unos segundos, se aventuró a romper el hielo.
—¿Qué tal estás, Mikel? —preguntó.
—Eso hace diez años que dejó de ser asunto tuyo —Mikel ni le miró mientras contestaba; acabando así con cualquier atisbo de cordialidad.
—Vayamos al grano entonces. Los tres sabemos que esto no es una visita de cortesía —Juana cambió el paso—. Hemos venido porque necesitamos que nos expliques algo.
Juana sacó la bolsa con el llavero.
Mikel palideció. Fue casi imperceptible, pero Juana lo cazó. Él retrocedió un paso.
—¿De dónde habéis sacado eso?
—Lo encontramos en el interior de las minas de Rodalquilar. Este llavero no aparece por casualidad en un sitio así. ¿Tienes algo que decir sobre esto, Mikel?
Él río, un gesto torcido, frágil.
—Será una coincidencia. Un llavero de plástico negro con dos llaves lo tiene media Euskadi. No entiendo qué tiene que ver eso conmigo.
—Tiene que ver bastante contigo —replicó ella—. Ya que sabemos lo que abre: un garaje en la calle Padura que pertenece a tu mujer.
Mikel evitó mirar a Víctor. Le temblaban las manos.
—No tengo nada que ver con eso —dijo al fin—. Nada.
Juana entrecerró los ojos. Notaba el olor del miedo.
Podía oír su respiración acelerada. Podía ver cómo se agarraba los nudillos con fuerza para que no delataran el temblor.
Era el tipo de reacción que había visto decenas de veces en interrogatorios, solo que esta vez estaban en un salón, no en una sala con un espejo unidireccional.
—No tienes por qué confesar nada ahora —dijo Juana, pausada—. Tienes derecho a un abogado. Ya tendrás tiempo de hablar en el interrogatorio oficial.
Mikel se puso muy tenso. Estaba pálido.
Prosiguió para darle el golpe de gracia.
—Tenemos tu teléfono triangulado en el terreno de Rodalquilar en el día y la hora del asesinato del vigilante —Juana mintió.
Víctor la miró con los ojos muy abiertos. Aquello era cruzar la línea.
—Mikel, hay gente mucho más peligrosa que nosotros intentando que nada de esto se salga a la luz. Sabemos que buscabas la caborita. Confiesa, te ayudaremos. Buscamos lo mejor para ti —Juana intentó calmar a Mikel.
—Mikel, ven con nosotros —prosiguió ella—. ¿Te han contactado los tipos del gobierno? ¿Tuviste algo que ver con la muerte de Pablo?
Mikel ya no pudo contener las lágrimas. Sabían la verdad. Conocían la existencia del hombre sin nombre. Estaba acorralado.
—¿El gobierno? ¿La muerte de Pablo Soto? No, no. No sé de qué me estáis hablando, yo solo tenía problemas económicos, fue todo un accidente.
Mikel comenzó a hiperventilar, claramente estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Se había quebrado.
—Siéntate, tranquilo. Víctor, dale agua. Voy un momento fuera —dijo Juana, mirándolo con cara de no admitir preguntas.
Una vez fuera, Juana sacó su móvil. Marcó el número de la única persona que podría ayudarle.
—Dime, Juana. ¿Dónde estás?
—Miguel, te acabo de enviar un número de móvil. Quiero que triangules la posición de ese móvil el día y la hora aproximada del asesinato del vigilante. Con una orden del juez sería más sencillo, pero no puedo esperar. Es una cuestión de minutos.
Hubo un silencio cargado al otro lado.
—Juana… dime que esto no es lo que parece.
—Es importante. Muy importante. Lo tengo, Miguel. Tengo al asesino del vigilante y quizás de más gente. Puede que de Pablo.
—Te dije que te ayudaría, pero esto es demasiado. Esto es personal. No puedo hacer eso.
—Lo sé —admitió ella—. Pero necesito tu ayuda.
Es Mikel Usurbil. Él estuvo implicado en el asesinato del vigilante, y eso nos llevará a todo lo demás.
Tengo un objeto suyo en el lugar del asesinato.
Si situamos su móvil a ese día y esa hora allí también no habrá duda.
Estoy en su casa. Está muy cerca de confesar.
Otro silencio. Esta vez más tenso. Juana lo rompió.
—Pongo mi posición de Guardia Civil sobre la mesa. Te lo pido por última vez. Confía en mi instinto. Si me equivoco dimitiré de inmediato y diré que te engañé con todo —Juana casi suplicó. Su órdago era total.
—Está bien —Miguel susurró—. Mételo en el coche, sácalo de su casa y llévale hacia la comandancia de una ciudad grande. Te llamo en cuanto tenga algo.
—Gracias, jefe… de verdad.
Colgó. Juana permaneció quieta unos segundos, respirando hondo, pensando el plan. Luego guardó el móvil y volvió dentro de la casa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Víctor.
—Ahora nos vamos —dijo Juana—. Mikel ven, vamos fuera, vamos a ir en coche a un lugar seguro. Confía en nosotros, los otros tipos que andan detrás de esto pueden aparecer en cualquier momento.
Mikel continuaba en shock. Asintió sin añadir nada más. Le temblaba todo el cuerpo. La imagen del cuerpo del vigilante inerte en el suelo le vino a la mente. Durante estos días había tratado de borrarlo de su mente, pero ya no podía más. Él era un asesino y tocaba pagar.
Los tres entraron al coche. Juana se sentó atrás con Mikel.
—Víctor, vamos a Bilbao —indicó Juana sin dar más instrucciones.
—De acuerdo —dijo Víctor completamente desconcertado.
Fueron los treinta minutos más largos en la vida de Juana. Le daba instrucciones contradictorias a Víctor para que ese viaje en coche se alargara. Mikel seguía en shock.
Y, al fin, lo comprendió. Juana estaba haciendo tiempo, esperando recibir seguramente alguna llamada al móvil, probablemente de Miguel.
Tras unos minutos eternos, el móvil de Juana sonó.
—Lo tenemos. Tenías razón, Juana. Ese móvil le sitúa el día y la hora del asesinato justo en la posición del terreno de Rodalquilar. Te autorizo a solicitar la detención preventiva. Orden judicial en camino. Ve a la comandancia de Bilbao.
—Gracias, Miguel, te debo mucho.
Buscó en los mapas de Google la dirección de la comandancia y fue guiando a Víctor hasta allí. Aparcaron en la misma puerta.
—¿Dónde estamos? —Mikel pareció volver en sí. ¿Esto es la Guardia Civil? ¿Estoy detenido?
—Tranquilo. Estás a salvo —Juana intentó tranquilizarle—. Víctor, pásate aquí atrás.
Abrió la puerta del coche y salió del vehículo para llamar a la comandancia de Bilbao. Explicó la situación con la frialdad que le había faltado antes con Miguel. La orden del juez ya estaba.
Juana abrió de nuevo el coche. Sus ojos ya no tenían dudas, aunque quedaban muchas respuestas, esto era un comienzo.
—Mikel, te voy a pedir que no te muevas. En unos minutos vendrá una patrulla a detenerte.
Él intentó llorar, pero solo consiguió emitir un sonido rasgado.
—No podéis hacerme esto. No sabéis nada. No entendéis nada.
—Entonces tendrás tu oportunidad para explicarlo —respondió ella.
Se hizo un silencio espeso, irrespirable. Víctor apoyó su mano en la ventanilla, incapaz de sostener la mirada del que una vez fue su amigo. Mikel tenía la mirada perdida, parecía un animal atrapado. Sus manos sudaban. Sus labios temblaban.
Cuando la patrulla llegó, Juana salió a recibirlos. Dos agentes de la Guardia Civil abrieron la puerta del coche y le pidieron a Mikel que saliera y se pusiera de espaldas.
—Mikel Usurbil, quedas detenido por orden judicial —anunció uno de ellos.
Todo ocurrió muy rápido. Mikel salió del coche empujando la puerta con fuerza, echó a correr calle abajo a la desesperada.
Juana reaccionó rápido:
—Mikel, ¡detente! —gritó Juana—. Vosotros dos, corred a por él. Ayudadme.
Los tres agentes salieron corriendo tras Mikel por pleno centro de Bilbao.
—Rodeemos la manzana. Vosotros dos por allí y yo por el otro lado.
Juana seguía a Mikel mientras la pareja de agentes rodeaba por la calle paralela.
Mikel iba directo a la Gran Vía, la principal arteria de Bilbao.
Su velocidad en carrera iba aminorando, se notaba que no estaba en su mejor forma.
De todas maneras, tenía que pararlo, si cruzaba la carretera a esa velocidad, iba a ser un suicidio.
Mikel corría mirando en todas direcciones menos hacia los coches que pasaban a toda velocidad unos metros delante de él.
Juana tenía que pararle. No dudó.
Sacó el arma, apuntó al cielo y disparó al grito de:
—¡ALTO!
Todo el mundo alrededor salió despavorido.
Mikel se detuvo en seco.
Bastaron esos cinco segundos de desconcierto para que los dos agentes aparecieran corriendo por la calle de al lado. Se le echaron encima.
Las esposas se cerraron con un clic seco. Mikel miró a Juana justo antes de que se lo llevaran. Fue una mirada larga, oscura, casi imposible de descifrar. Había tristeza, sí. Pero también algo más profundo. Algo que daba miedo. Quizá la certeza de que aquello no había hecho más que empezar.
Juana volvió caminando despacio y encontró a Víctor donde le había dejado.
A pesar del ruido de la ciudad, entre ellos dos reinaba por completo el silencio.
Juana respiró hondo.
—Lo siento —dijo ella al fin.
Víctor no respondió.
—Sé que esto aún no ha acabado —dijo Juana—. Aún nos falta saber cómo todo esto conecta con la muerte de Pablo y los tipos del CNI que te obligaron a irte, mataron a Alonso, me amenazaron y me sacaron del caso que acabamos de resolver.
—Aún estamos en peligro —dijo Víctor apesadumbrado—. Nuestras vidas siguen en juego.
—Lo sé.