El secreto del Cabo 13 — ALMERIA. 10 de abril de 2025
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13 — ALMERIA. 10 de abril de 2025

Cuatro días antes de la muerte de Pablo Soto .

Juana abrió la barrera del Club Deportivo Almería con su tarjeta de socia; aparcó frente a las oficinas y se dirigió al bar.

Allí estaba Jesús liado con los cafés. Había decidido seguir el consejo de Miguel e intentar averiguar si se movía algún asunto nuevo de drogas en el Cabo.

Por desgracia era algo habitual; se trataba de ver si había movimientos nuevos que se salieran de ese habitual.

El Gran Padre estaba medio vacío a esas horas. El olor a pan tostado y café recién molido llenaba el local. Se sentó en su mesa habitual junto al ventanal. El camarero apareció enseguida, secándose las manos con un paño.

—¿Lo de siempre? —preguntó Jesús.

—Sí, gracias. Hoy con un zumo —dijo Juana—. Me espera una mañana larga.

Jesús levantó una ceja mientras colocaba la taza de café.

—¿Lío de los gordos? —preguntó.

—Uno más —respondió Juana con una media sonrisa—. Estoy esperando a Pablo… a ver si aparece.

Jesús dejó el zumo con suavidad, mirando alrededor como si le cansara el murmullo constante del pueblo.

—Pues que venga pronto —murmuró—, porque en cuanto entra por esa puerta empiezan las miradas. Ya sabes cómo es la gente.

Justo entonces, la puerta se abrió. Ambos miraron hacia la entrada. Pablo apareció despeinado, con ojeras y la expresión torpe de quien ha dormido poco y piensa demasiado. Llevaba su eterno polo azul y unas gafas de sol. Levantó la mirada con una mezcla de incomodidad y curiosidad.

Jesús ladeó la cabeza, resignado.

—Mira, hablando del rey de Roma —dijo.

Juana dejó la taza y suspiró.

—Buenos días, Jesús. Vamos a ver qué me trae hoy mi amiga —dijo Pablo.

—Si necesitáis algo, avisad —dijo Jesús mientras se alejaba—. Pero no me metáis en líos.

Pablo se sentó en la mesa de su amiga.

—A ver, Juana —dijo directamente—. Te lo digo con cariño. Dime que no me has llamado para seguir hablando del asesinato en el terreno de Víctor. Sé que algo no te cuadra, pero de verdad, no creo que tenga nada que ver con él.

—Necesito hablar con José Antonio —respondió ella sin rodeos—. Él siempre sabe cuándo algo se mueve por la zona del Cabo. Si alguien nuevo ha entrado por allí, él lo habrá olido antes que nadie.

Pablo bufó, se pasó una mano por la cara.

—Ese tío no quiere ver un uniforme ni en pintura. Ya sabes cómo es.

—Lo sé —admitió Juana—. Pero tú tienes trato con él. Y ahora te toca usarlo.

Él la miró un segundo, evaluando si merecía la pena llevarle la contraria.

—¿Recuerdas que además de tu amigo soy el alcalde de Almería? —dijo en tono irónico—. No sé cómo les sentara a mis votantes que se me relacione con alguien con antecedentes penales, por muy compañero de instituto que fuera. Te aviso que ya no me voy de conciertos con él.

—En el caso del vigilante hay algo más —dijo Juana—. Yo no puedo acercarme a él sin ti. Y José Antonio podría tener información.

—Está bien. Me vas a meter en un lío, pero vale —afirmó resignado finalmente Pablo—. Le llamo y te digo luego donde quedamos. Estas cosas se hablan en persona. Pero que conste que esto puede acabar mal para los dos.

—Gracias —dijo Juana—. Invito yo al desayuno.

—Más te vale.

El encuentro se acordó en un aparcamiento improvisado entre invernaderos, una vez cruzado el pueblo de San Isidro.

San Isidro se extendía en mitad del Campo de Níjar como un punto discreto entre dos mundos opuestos.

Muy cerca, apenas a unos kilómetros, el Cabo de Gata emergía como un paraíso de volcanes, calas transparentes y laderas desnudas que descendían hasta un mar de un color turquesa inolvidable.

Pero alrededor de San Isidro, en cambio, no había romanticismo ni postales: solo un inmenso paisaje artificial, moldeado por manos humanas durante décadas.

Los invernaderos comenzaban justo donde terminaban las últimas casas, una frontera abrupta entre lo urbano y lo cultivado.

Desde allí, el plástico blanco se extendía en líneas interminables, reluciendo bajo el sol como una piel brillante que recubría toda la llanura.

Era un océano inmóvil, una superficie ondulada que reflejaba la luz y que, desde lejos, parecía casi nieve bajo el cielo azul del mediodía.

El calor atrapado debajo de aquellas cubiertas convertía el aire en algo espeso, casi táctil.

En los bordes de los caminos se acumulaba polvo fino, restos de fertilizantes y el eco metálico de las furgonetas que iban y venían cargadas de cajas.

Dentro de los invernaderos, la humedad se mezclaba con el olor a plantas recién regadas y plástico caliente; fuera, el silencio solo lo rompían los motores y las voces de los jornaleros que empezaban o terminaban turno.

El Cabo y aquel mar blanco de plástico. Dos realidades separadas apenas por unos minutos de carretera: un paraíso natural y un territorio modelado a base de sudor, inversión y supervivencia. Dos caras diferentes de Almería coexistiendo en un mismo mapa.

Pablo y Juana esperaban pacientemente en el punto de encuentro.

A los pocos minutos, una furgoneta aparcó en la carretera.

Solo un hombre se bajó de ella. José Antonio apareció caminando, con las manos en los bolsillos y una expresión que oscilaba entre la desconfianza y el fastidio.

Tenía esa mirada de quien ha visto demasiadas cosas.

Fue un buen estudiante en el colegio, pero siempre le atrajo el dinero fácil.

—José —saludó Pablo con un gesto seco pero familiar.

Él miró a Juana.

—Ya sabes que no trato con guardias —dijo José Antonio.

—Hoy solo necesito hablar —dijo Juana, sin tono de autoridad, casi como si compartieran un secreto—. No voy a molestarte más de lo necesario.

Él ladeó la cabeza.

—Eso lo decís siempre.

Pablo intervino, conciliador:

—José… hazlo por mí. Es importante.

Hubo un silencio breve, tenso. Al final, José Antonio escupió al suelo, resignado.

—Hablad rápido.

Juana dio un paso adelante.

—Quiero saber si se ha movido algo en el Cabo últimamente. Gente nueva, operaciones raras…

El hombre rio sin humor.

—¿Algo raro? Aquí lo raro sería que todo estuviera limpio.

—¿Se mueve droga por la zona de las minas de Rodalquilar? —preguntó Juana de manera directa.

—No, esa no es zona caliente. ¿Todo esto es por el vigilante? Fue un asesinato, ¿no? —preguntó José Antonio con una curiosidad que parecía real.

—Correcto. Si no es zona de drogas, cualquier otra cosa que puedas creer que esté relacionada nos ayudaría —dijo Juana.

José Antonio chasqueó la lengua, como si aún dudara de si debía hablar.

—No creo que esté relacionado, pero sí hubo algo de gente nueva. Hace poco menos de una semana vinieron unos tíos. No eran de por aquí. Preguntaban por gente que conociera la zona, que supiera moverse sin llamar la atención.

—¿Traficantes? —preguntó Pablo.

—No parecían de ese palo. Iban demasiado… ¿cómo decirlo? Elegantes. Sabían lo que buscaban. Muy fríos. Muy educados. Cosa rara por aquí.

—¿Sabrías decir de dónde eran? —insistió Juana.

José Antonio sonrió con una mezcla de ironía y recuerdo.

—Del norte. Vascos.

—¿Seguro? —preguntó Juana.

—Hombre, seguro, seguro… no, pero mi exmujer era de por allí. Se me quedó grabado el euskera por cojones —gruñó—. Y estos lo hablaban entre ellos cuando creían que nadie escuchaba.

Juana sintió un escalofrío suave, casi imperceptible, pero suficiente para activar algo en su cabeza.

—¿Qué más te dijeron?

—Nada. Solo querían contactos, material. Yo no trato con gente que no conozco. Les mandé a la mierda.

Pablo se frotó la nuca, inquieto.

Juana se quedó pensando, la imagen del terreno de Víctor se formó sola en su mente.

La muerte del vigilante.

El cierre de Solar Dynamics.

Los tipos del norte haciendo preguntas en el Cabo.

Demasiadas piezas encajando demasiado bien.

José Antonio se le quedó mirando expectante.

—Gracias. Te debo una —dijo Juana tras los segundos de silencio.

—Con que no aparezcáis por aquí en un tiempo me vale —afirmó José con rotundidad.

Juana no respondió. Pablo le dio las gracias y cada uno marchó hacia su vehículo.

Cuando Pablo la llevó de vuelta a Almería en coche, el cielo se tiñó de naranja rojizo sobre los invernaderos. Él la miró con esa mezcla de preocupación y cariño que solo se tenía por alguien a quien realmente se aprecia.

—Juana… esto no te parece casualidad, ¿verdad?

Ella negó lentamente.

—No. No creo en las coincidencias y en este caso menos.

Pablo suspiró.

—¿Qué vas a hacer?

Juana no contestó de inmediato. Abrió la puerta del coche y se quedó mirando la línea del horizonte unos segundos.

—Si los hilos vienen del norte… —dijo finalmente—, iré a tirar de ellos allí.

Pablo frunció el ceño.

—¿Al País Vasco? ¿Tú sola?

—Sí —cerró la puerta con suavidad—. Es donde todo empezó para Víctor. Donde surgió la idea de su empresa, de donde vinieron muchas de sus personas de confianza. Es por donde estoy segura de que tengo que continuar.