El secreto del Cabo 12 — RODALQUILAR, 2011
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12 — RODALQUILAR, 2011

Catorce años antes de la muerte de Pablo Soto.

Las excursiones a las minas de Rodalquilar formaban parte de la rutina en la vida de Alonso Garrido.

La mina era un lugar muerto. Un decorado. Precisamente por eso nadie prestaba atención. Alonso conocía los relatos, los planos antiguos, las notas inconclusas de su padre. Sabía dónde buscar y, sobre todo, qué descartar.

Una mañana, en una zona aparentemente sin interés, encontró lo que tantos años llevaba buscando.

El mismo brillo apagado que su padre le describió.

La misma densidad imposible.

La misma sensación de estar ante algo que no encajaba en ninguna categoría conocida.

Alonso decidió no avisar a nadie.

Trabajó en silencio. Analizó el mineral en su laboratorio de la universidad, camuflando pruebas, usando nombres genéricos, desviando pequeños recursos.

Descubrió algo que confirmó todas las intuiciones: ese mineral tenía unas propiedades únicas, diferentes a todo lo que se conocía hasta la fecha.

Se le saltaron las lágrimas; su padre tenía razón, lo había conseguido. La emoción le desbordaba.

Pensó en una aplicación real, dadas las características observadas y enseguida lo asoció a la capacidad de almacenamiento energético. Solo esa aplicación podía cambiar una industria entera.

No acudió a ninguna entidad controlada por el gobierno. Ni ningún organismo internacional. No confió en las autoridades. Sabía lo que su descubrimiento podía implicar. Demasiados intereses en juego.

Alonso pensó que necesitaba financiación privada.

Necesitaba a alguien que entendiera el riesgo, pero también la visión.

Tras indagar en empresas dedicadas a la energía, que pudieran estar interesadas en explorar las opciones que su descubrimiento podría proporcionar, llegó hasta un empresario almeriense.

Tenía una dilatada experiencia profesional y había creado su propia empresa en Almería hacía unos meses.

Se llamaba Víctor Gutiérrez.

Víctor Gutiérrez no solía recibir a desconocidos sin referencias claras. Mucho menos a profesores universitarios que pedían solo una hora para hablar de una idea aún sin pruebas sólidas. Su empresa de energía solar había roto los moldes del mercado y su tiempo era escaso y muy valioso.

Esta vez, sin embargo, Víctor hizo una excepción y decidió recibir a Alonso. Su mensaje decía que tenía un proyecto que proponerle, el cual iba a revolucionar el mundo de la energía tal y como lo conocíamos actualmente. Aquello despertó su interés.

El encuentro tuvo lugar en las oficinas de Solar Dynamics, en Tabernas.

El despacho era discreto. Solo una mesa amplia, dos sillas, una cafetera recién instalada y un portátil.

A Víctor le gustaba que las primeras reuniones se hicieran allí: el espacio decía mucho más de él que cualquier despacho elegante.

Alonso llegó puntual. Traje discreto, sin corbata. Una carpeta de cartón bajo el brazo. Mirada inquieta, pero firme. No parecía un vendedor. Tampoco un soñador ingenuo. Eso jugó a su favor.

—Gracias por recibirme —dijo Alonso al estrecharle la mano—. Sé que no es habitual.

Víctor asintió, sin sonreír.

—No lo es. Por eso está aquí. Siéntese.

No hubo charla trivial. Ninguno de los dos la necesitaba.

Alonso abrió la carpeta despacio. Dentro no había gráficos espectaculares ni promesas grandilocuentes. Solo notas, esquemas a lápiz, algunas fotografías microscópicas y resultados parciales de laboratorio.

—No tengo un producto —empezó Alonso—. Ni una patente. Ni siquiera un nombre comercial. Lo que tengo es una hipótesis respaldada por observaciones repetidas… y una intuición que lleva conmigo desde hace más de treinta años.

Víctor se recostó en la silla, cruzando los brazos.

—Empiece por lo importante —dijo—. ¿Qué quiere de mí?

Alonso no dudó.

—Tiempo y dinero. Poco de lo primero. Mucho de lo segundo. Y, sobre todo, discreción.

Eso sí hizo que Víctor levantara ligeramente una ceja.

—Mal comienzo —respondió—. Cuando alguien me pide discreción antes de explicarme nada, suele querer esconder algo.

—No quiero esconderlo —replicó Alonso—. Quiero protegerlo.

Se produjo un breve silencio. Víctor señaló los papeles.

—Explique eso.

Alonso respiró hondo. Y empezó por el principio. No por el científico, sino por el humano.

Habló de las minas de Rodalquilar. De su padre. De aquel mineral extraño que nadie quiso analizar porque no brillaba como el oro. De una obsesión heredada. De años de estudio guiados por una historia que nunca pudo comprobar… hasta que lo hizo.

No entró en fórmulas complejas. No hacía falta. Víctor era ingeniero, entendía los conceptos clave: densidad, estabilidad, capacidad, escalabilidad.

—Lo que he encontrado —dijo Alonso— no es una fuente de energía. Es algo mucho más valioso: una forma radicalmente distinta de almacenarla.

Víctor se inclinó hacia delante.

—¿Baterías?

—No exactamente. Al menos, no como las conocemos. La estructura del mineral nos permitirá desarrollar un material que admite ciclos de carga extremadamente largos sin degradación apreciable. Y no depende de elementos críticos controlados por terceros países. Todo está ahí, en Rodalquilar.

Víctor no respondió de inmediato. Miró una de las fotografías ampliadas.

—¿Cuánto de esto está probado?

Alonso fue honesto.

—Lo suficiente para saber que no estoy loco. No lo suficiente para convencer a un consejo de administración, ni a un ministerio.

—¿Y por qué yo?

La pregunta era directa. Víctor no creía en la casualidad.

—Porque su empresa está naciendo —respondió Alonso—. Porque no arrastra intereses heredados. Porque trabaja en renovables y entiende que el problema no es producir energía, sino qué hacemos con ella cuando sobra. Y porque usted no pertenece a ningún gran grupo.

Y, además, es almeriense, como yo. Siempre hemos sido la provincia olvidada. Ahora podemos ponernos a la cabeza de una industria como la energética.

Víctor sonrió por primera vez, apenas un gesto.

—¿Ha hablado con alguien más?

—No —dijo Alonso—. He investigado. Nada más.

—Supongamos que le creo —dijo Víctor—. Supongamos que ese material existe y que hace lo que dice. ¿Qué gana usted?

Alonso cerró la carpeta.

—Continuar la investigación. Hacerla bien. Revolucionar el mundo. Y demostrar que mi padre tenía razón.

Víctor sostuvo su mirada.

—Y, ¿si no funciona?

—Entonces habré fallado yo. No usted.

Ese fue el momento. Víctor lo sintió. No era una decisión racional del todo, pero pocas de las importantes lo eran. Vio en Alonso algo que reconocía demasiado bien: la mezcla peligrosa de obsesión y honestidad.

—No voy a financiar un sueño —dijo Víctor—. Pero sí puedo financiar una investigación.

Se levantó y caminó hasta la ventana, desde donde se veía todo el desierto de Tabernas.

—Le propongo esto: usted sigue investigando. Con mis medios. Mi empresa le dará cobertura, recursos, instalaciones. Pero los resultados, si llegan, se integrarán en una línea real de negocio. Nada de proyectos eternos sin aplicación.

Alonso asintió despacio.

—Es justo.

—Y una cosa más —añadió Víctor, girándose—. Esto no sale de aquí. Ni universidades. Ni administraciones. Si este material es lo que usted cree, habrá gente muy interesada en que no vea la luz.

Alonso tragó saliva.

—Lo sé.

Víctor extendió la mano.

—Entonces, tenemos un acuerdo provisional. Sin promesas. Sin épica. Solo trabajo.

Alonso se levantó y se la estrechó.

—Es todo lo que necesito.

Cuando Alonso salió de la oficina, Víctor permaneció unos minutos inmóvil. Luego volvió a la mesa, miró de nuevo las fotografías y pensó en algo que llevaba años rondándole la cabeza: que el verdadero cambio nunca venía de lo evidente, sino de aquello que había sido ignorado demasiado tiempo.

Sin saberlo aún, acababa de dar el primer paso hacia algo que iba a cambiarlo todo.