11 — ALMERIA. 2011
Catorce años antes de la muerte de Pablo Soto .
Almería siempre había tenido algo de milagro para Víctor. Aquella casa era su hogar, donde se sentía en paz. Allí, entre luz y arena, la vida parecía simple, incluso amable.
Aquel día, sin embargo, algo dentro de él vibraba con una mezcla de nervios y orgullo.
Era la víspera de la inauguración de Solar Dynamics y le costaba creer lo que había levantado en apenas un año: una nave completa en el desierto de Tabernas, paneles solares experimentales, un pequeño laboratorio de I+D. Todo desarrollado por él mismo.
Un sueño que quemaba.
Su madre estaba en la cocina, cortando verduras con la precisión de quien ha vivido demasiadas cosas para alterarse por una inauguración.
—¿Estás nervioso? —preguntó sin mirarlo.
Víctor sonrió. Ella siempre le había leído mejor que nadie.
—Un poco. Mañana viene prensa: el Ideal, la Voz de Almería. Solar Dynamics va a ser una realidad.
—Te has esforzado mucho —dijo ella, mirándole con orgullo—. Te va a ir bien, estoy segura.
Él la abrazó por detrás. A veces olvidaba lo pequeña que era.
—Me va a salir bien —se dijo a sí mismo.
Esa mañana, mientras conducía hacia Tabernas para comprobar por última vez que todo estaba perfecto, sintió esa electricidad en el pecho que sólo sentía cuando lo que estaba haciendo era exactamente lo que debía hacer.
Solar Dynamics no era solo una planta solar. Era su declaración de guerra contra el futuro. Un proyecto revolucionario. El sol es una fuente infinita de energía, hay que aprovechar el máximo y de la manera más eficiente esa energía. ¿Dónde mejor que en Almería para una empresa así?
Había convencido a dos bancos, vendido su casa en el País Vasco, dejado un puesto muy bien pagado como director de tecnología e innovación en una multinacional y reclutado a tres compañeros vascos que confiaban en él más de lo que él confiaba en sí mismo. Siempre había sido un líder.
Solar Dynamics era su apuesta. Su riesgo. Su identidad.
Al llegar, la recorrió entera una vez más. La nave olía a pintura nueva, a cables recién instalados, a promesa.
Mientras avanzaba, se detuvo frente a los paneles solares experimentales.
Había dedicado meses a cada ajuste, a cada prueba, y aun así su mente no dejaba de inventar mejoras.
Había estudiado mucho durante toda su vida; llevaba trabajando en el sector de las energías renovables más de diez años.
En su interior Víctor sabía que estaba preparado para el gran reto de su carrera profesional.
El gran reto del sector de la energía renovable es precisamente la naturaleza de la que proviene.
Es necesario almacenar esa energía en los momentos de más radiación solar o viento para cuando los elementos naturales no ayuden.
Esos sistemas de almacenamiento estaban muy lejos de lo que se necesitaba para sustentar la red eléctrica de un país.
Víctor tenía la idea clara en su mente, no bastaba con evolucionar y vender paneles e inversores solares más eficientes y más rápido. Había que buscar la manera de mejorar la eficiencia del almacenaje.
Esto era un sueño, su idea feliz de cambiar el mundo. De dejar un legado.
Recorrió el pequeño laboratorio de I+D revisando equipos, ordenando notas, asegurándose de que cada módulo estuviera listo para la inauguración.
Cada máquina, cada circuito, cada experimento hablaba de futuro.
Cada paso le recordaba que todo lo que había dejado atrás en Euskadi, todo el riesgo financiero, todo el esfuerzo personal, estaba a punto de cobrar sentido.
Cuando se apoyó en la barandilla de la segunda planta, mirando la nave completa, respiró hondo. Solar Dynamics no era solo una planta solar. Era su declaración de guerra contra el futuro, su visión de un mundo donde la energía del sol podría ser aprovechada al máximo, y de la manera más eficiente.
La prensa local había llamado dos veces ese día. Una radio quería hacerle una entrevista en directo al terminar la inauguración. Y él, que normalmente huía de los focos, estaba extrañamente ilusionado.
Esa noche quedaron los más íntimos en un restaurante de Cabo de Gata, la Colina, en la Isleta del Moro. Uno de esos sitios donde siempre parece que el verano va a durar para siempre. Una vista de ensueño. El paraíso del Cabo a sus pies.
Estaban todos: Pablo, con esa sonrisa suya que parecía que nada podía romperlo. Elegante, bien vestido.
Juana, como siempre, directa, observadora.
Luis y Julia, la ahijada de Víctor, con cinco años recién cumplidos y la costumbre de comerse el mundo con los ojos bien abiertos. La niña de la eterna sonrisa. El bicho de la familia.
Julia corrió hacia él en cuanto lo vio entrar.
—¡Tito Víctor! ¿Mañana ya sale en el periódico tu fábrica?
—Mi empresa —la corrigió él, sonriendo—. Y sí, mañana es el día.
—¿Y puedo ir contigo? —preguntó, agarrándole la mano con la confianza absoluta de los niños.
—No… —Víctor se agachó a su altura—, mañana es un día de adultos. Pero te prometo que pronto te enseñaré todo. Incluso podrás tocar un panel solar.
—Ya los he tocado —respondió orgullosa—. Los del colegio.
—Pues entonces estos te van a parecer de otro planeta.
Julia sonrió con esa mezcla de inocencia y fe ciega que le atravesó el pecho.
Durante la cena hablaron de todo. De nada. De esas tonterías que, sin saberlo, se convierten en los últimos recuerdos felices antes de que la vida se desordene.
Pablo levantó la copa.
—Por ti, y por tu locura. Que te has dejado media vida en esto. Y quién sabe… igual es la mejor idea que has tenido nunca.
Víctor chocó su copa con la de él.
—Gracias por estar aquí, de verdad.
—Mañana es el día —dijo Víctor casi sin poder contener la sonrisa—: la inauguración. Ya está todo listo.
Pablo lo miró de reojo, divertido.
—No sé cómo lo has hecho, de verdad. Es que lo pienso… y tiene que haber sido una inversión brutal. Ese terreno en Tabernas, las placas, los equipos, la nave… Víctor, ¿de dónde has sacado tanta pasta?
—Soy vasco, Pablo —bromeó él, encogiéndose de hombros—. Allí los sueldos cunden más.
—Ah claro, claro… —Pablo alzó los brazos—. Director de tecnología, desarrollo e innovación… ¿cómo era? Multinacional no-sé-qué… Normal que te forraras.
—Y porque no viste mi nómina del último año —rio Víctor—. Pero fuera bromas… vendí la casa del País Vasco, ya lo sabes. Y ahora vivo en la de mi madre. O bueno… en la de mi enfadada madre diré, porque cada vez que me ve dice que la estoy dejando sin agua caliente.
—Normal, con todas las duchas eternas que te pegas —respondió Pablo, soltando una carcajada.
Víctor también se rio. Pablo era su ancla, su equilibrio. Nunca le cuestionaba más de la cuenta, pero siempre le hacía notar lo esencial.
—Y, además —añadió Víctor—, los bancos se han portado muy bien. Creen en el proyecto. Les conté mi visión, mis cálculos, mis previsiones… y bueno, supongo que algo de esa pasión mía les contagió.
—Pasión, dice… —Pablo negó con la cabeza—. Llevas desde 2005 diciéndome que la energía solar va a cambiar el mundo.
—Y lo hará. Lo sé. Solo hay que mejorar la eficiencia, empujar un poco más los límites. Esto es solo el principio, Pablo. Solar Dynamics va a ser algo grande, te lo prometo.
—Además —continuó Víctor—, mañana viene prensa local. Dos periódicos y una radio. Van a cubrir la inauguración, ¿te lo puedes creer? Yo en La Voz de Almería.
—Sí, me lo creo —dijo Pablo—. Y no sabes cuánto me alegro por ti. De verdad.
Juana observó la escena con esa mirada profunda suya, la de quien siempre registra más de lo que dice.
—¿Y qué esperas mañana? —preguntó ella.
Víctor pensó un segundo. Después habló desde un lugar que aún no sabía que se rompería algún día.
—Espero que sea el comienzo. Nada más. Y nada menos.