El secreto del Cabo 10 — TABERNAS. 9 de abril de 2025
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10 — TABERNAS. 9 de abril de 2025

Cinco días antes de la muerte de Pablo Sot o .

Juana se levantó esa mañana como cualquier otro día. Se despidió de su marido y bajó a desayunar a su bar de siempre, el Lisboa, a cincuenta metros de su portal. Vivía en Almería capital, en un piso sencillo que había sido de sus padres, en el barrio de Nueva Andalucía.

No tenía prisa por ir a la comandancia aquella mañana. Mientras apuraba el café, repasó en su móvil los informes que tenía de la muerte del vigilante.

Siempre que algún caso le llevaba de vuelta al Cabo recordaba sus primeros días en la Guardia Civil.

Primero las prácticas en el puerto de Almería: revisando barcos, inspeccionando mercancías, aprendiendo a leer los documentos con rigor.

Después, su primer destino fue el pueblo de Níjar.

Entonces el Cabo de Gata se convirtió en su segundo hogar.

Cada curva, cada duna y cada sendero eran recuerdos de años de patrullas, de mañanas soleadas y noches de luna reflejada en el mar.

Esa experiencia le había dado paciencia, intuición y un instinto que ahora le servía para investigar los extraños sucesos alrededor del terreno de Víctor.

Julia, su hija, era un hilo de luz en su vida.

Con sus diecinueve años ya estaba en la universidad, su vocación era completamente diferente a la de su madre, aun así, estaban muy unidas.

Ella la obligó a mantenerse centrada en los primeros años de trabajo.

La echó muchísimo de menos durante la academia.

Durante los turnos de los primeros años se sintió culpable por estar ausente más de la cuenta.

Luego llegó el ascenso a la judicial y todo eso cambió a mejor.

Durante todo el tiempo contó con el apoyo de Luis, su marido, su compañero fiel que siempre la animó a cumplir su sueño. Él y sus suegros le facilitaron el camino durante aquellos primeros duros años de trabajo nocturno, durante festivos e incluso navidades.

Cuando se dirigía hacia el coche hubo algo que le llamó la atención: en los últimos dos o tres días, al moverse por el barrio, le había parecido ver un Mercedes gris que no le resultaba familiar. No le dio demasiada importancia. Sería alguien nuevo.

Esa mañana, en lugar de ir a la comandancia, se dirigió a Tabernas, donde se encontraba la antigua sede de Solar Dynamics. Algo le decía que ese era el lugar al que tenía que ir. En busca de la empresa de Víctor.

El Desierto de Tabernas se extendía ante Juana.

Era un paisaje áspero, sin concesiones, donde la luz caía a plomo y reducía los colores a una escala de ocres.

La tierra, agrietada como una piel vieja, formaba placas secas que se desprendían con facilidad bajo el viento.

Entre ellas, el esparto aparecía en matas solitarias, endurecido por años de sol y abandono.

Las ramblas, profundas y retorcidas, cruzaban la zona como cicatrices mal cerradas.

Era un paisaje lunar que formaba siluetas dentadas, casi irreales, con apariencia de decorado de cine.

No había sombras ni lugares donde guarecerse, solo un horizonte duro que invitaba más a vigilar que a contemplar.

El viento provocaba un murmullo constante, como si el propio desierto respirara. De vez en cuando aparecía alguna estructura abandonada: restos de rodajes antiguos, corrales en ruinas.

El desierto de Tabernas se encontraba franqueado por tres grandes barreras naturales: la Sierra de los Filabres al norte, la Sierra de Alhamilla al sur y las estribaciones de Sierra Nevada al oeste.

Estas formaciones montañosas actuaban como un conjunto de murallas que bloqueaban las masas de aire húmedo procedentes del Mediterráneo, lo que provocaba que se superaran las tres mil horas de sol anuales.

Sin duda el lugar ideal para una empresa de energía solar.

Juana aparcó junto a la verja y bajó del coche. El edificio estaba cerrado, pero no se veía en mal estado: cristales limpios, buzón sin sobres, candado un poco oxidado. A través de una ventana vio estanterías vacías y un generador cubierto con lona. Nada que le llamara la atención.

El cartel en la fachada todavía mostraba el lema:

«La energía del mañana, hoy.»

Víctor había alcanzado el reconocimiento como empresario del año; Solar Dynamics se había convertido en un referente mundial en energías renovables.

La empresa no solo había proporcionado empleo a vecinos del entorno, sino que también había atraído inversiones y contribuido al desarrollo de la provincia, acumulando premios y distinciones a nivel nacional e internacional.

Sin embargo, aquel brillo desapareció tan repentinamente como había llegado.

Diez años atrás, la compañía se disolvió sin previo aviso, y Víctor desapareció sin ofrecer la más mínima explicación.

Mientras revisaba los alrededores, Juana decidió preguntar a los vecinos sobre la empresa, si alguien había visto u oído algo. Caminó hacia una pequeña tienda de Tabernas, donde un hombre mayor ordenaba cajas de fruta.

—Buenas tardes —dijo Juana, mostrando su placa—. Soy agente de la Guardia Civil. Estoy investigando unos antecedentes de Solar Dynamics. ¿Podría hablar con alguien que trabajara allí?

—Ah, usted es policía, ¿eh? —respondió el hombre con curiosidad—. Pues mi sobrino trabajó allí unos meses. Era una empresa fantástica, un orgullo para el pueblo. Siempre estaban pendientes de la gente del pueblo, pagaba bien y trataba de que todos tuvieran seguridad.

—¿Recuerda cómo fue el cierre? —preguntó Juana.

—Sí, de un día para otro. Nadie entendió nada. Se anunció el cierre, pagaron los finiquitos y desaparecieron —contestó él, encogiéndose de hombros—. Las oficinas han estado ahí vacías en el polígono desde entonces.

Juana asintió, anotando todo mentalmente. Salió de la tienda y fue hacia la oficina de información turística del Desierto de Tabernas. No sabía ni de lejos que estaba buscando. Había una mujer joven en el mostrador.

—Disculpe, soy agente de la Guardia Civil ¿usted conocía la empresa Solar Dynamics? —preguntó Juana, acercándose.

—¿Solar Dynamics? Hacía mucho que no oía ese nombre, yo solo les organicé alguna visita turística para clientes de vez en cuando, pero sí, la empresa daba trabajo a muchas personas del pueblo. La gente la respetaba mucho —sonrió—. Fue un palo cuando cerró. Nadie supo por qué se fue.

Cada conversación confirmaba la misma sensación: la empresa había sido impecable, transparente y exitosa… hasta el día que Víctor desapareció. Juana sentía que algo no encajaba.

Estaba en un punto en el que necesitaba ayuda, se encontraba completamente bloqueada, esa era una sensación nueva para ella. Solo se le ocurrió una persona que podría ayudarla o guiarla: su mentor y responsable de unidad, Miguel Jiménez, el que más le había ayudado desde sus comienzos en el cuerpo.

Su relación no era solo de responsable y subordinado, eran mucho más. Casi familia.

Estaba en el final de su brillante carrera, era capitán de la Guardia Civil y responsable de la policía judicial en la Comandancia de Almería.

Él, sin duda era una de las razones por las que Juana había opositado a su posición actual. La conocía de toda la vida, eran del mismo barrio de Almería. Casi vecinos. Regresó a la comandancia en busca de su consejo.

Miguel Jiménez estaba sentado en su despacho delante del ordenador con cara de estar revisando algún informe bastante desagradable.

Juana había entrado sin llamar como tenía por costumbre.

—Juana, ¿cómo estás? —dijo Miguel mientras le ofrecía una mirada de curiosidad—. ¿Cómo va el caso de Rodalquilar? Me imagino que esta visita es estrictamente profesional.

—Sí, vengo justo por eso. Necesito que tires de tus contactos en la UDEF o Delegación de Hacienda y consigas información de Solar Dynamics —respondió Juana—. Todo el historial, desde los primeros balances hasta las últimas transferencias.

—Esa era la empresa de tu amigo Víctor, ¿no? Si lleva… ¿Cuánto? ¿quince años desaparecido? ¿Esto es por lo del caso del vigilante del terreno? —preguntó Miguel, preocupado.

—Solo quiero comprobar que todo cuadre —dijo ella, firme—. Si alguien manipuló cifras o retiró capital de forma irregular, necesito saberlo antes de seguir investigando. Si llamas tú, sé que todo irá más rápido y pondrán menos trabas. El terreno donde apareció el cuerpo era de Víctor.

—Lo entiendo. Bien pensado —asintió Miguel.

Hizo una llamada y tecleó mientras le pasaban un código de seguridad. Le mostró los resultados: todo parecía perfecto hasta el último trimestre.

Juana mostró cierta decepción en su rostro.

—Todo lo que hemos visto hasta ahora solo indica que la muerte pueda ser algún ajuste de cuentas, quizás algún trapicheo del vigilante con quien no debería… Nada relacionado con Víctor —dijo Miguel claramente intentando zanjar el asunto.

—Tendrás razón seguramente, como siempre —dijo ella cabizbaja—. Sin embargo, mi instinto me dice que esto va más allá del vigilante muerto.

—Habla con algún contacto que tengas en el Cabo que ande moviendo temas de drogas, asuntos turbios, ya sabes. Sigue por ahí —dijo Miguel.

Juana asintió y salió del despacho.

De regreso a casa, Juana condujo por calles conocidas, pensando en cómo le habría ido el día su hija y en la conversación con Miguel.

Al pararse en el semáforo de la Avenida Montserrat, le pareció ver el Mercedes gris del barrio detrás.

El conductor no le resultaba familiar. Lo observó por el espejo retrovisor, pero no hizo nada.

El semáforo se puso en verde, ella siguió y el Mercedes gris giró por otra calle.

Esa noche, en el piso de Nueva Andalucía, cenaron todos juntos en familia. La mesa estaba puesta de manera sencilla, como siempre. Luis había preparado tortilla de patata y una ensalada fresca; era su forma de cuidar a Juana cuando veía que venía con la cabeza cargada.

Julia salió de su habitación con el portátil aún bajo el brazo.

—¿Mamá, hoy qué tal? —preguntó mientras dejaba el ordenador en el sofá y se dejaba caer en su silla.

—Día largo —respondió Juana, quitándose la chaqueta y colgándola del respaldo—. Mucho coche, mucha pregunta y pocas respuestas.

Luis sonrió mientras servía agua en los vasos.

—Vamos, que un día normal —bromeó, intentando suavizar el ambiente.

—Más o menos —respondió Juana, dedicándole una media sonrisa agradecida.

Julia la observó un segundo más de lo habitual.

—¿Es por lo del vigilante? —preguntó con cautela—. Te he visto seria desde que llegaste.

Juana dudó, pero decidió no cargarla con detalles.

—Es un caso complicado, cariño. Ya está —respondió ella, dando por cerrado el tema con voz suave.

Luis intervino enseguida, cambiando de tercio.

—Por cierto, Julia, ¿tienes ya la nota del parcial de psicología?

—Sí, un siete y medio —dijo ella, iluminándose un poco—. Pero no me quejo, la profesora es de las que suspende por deporte.

—Pues un siete y medio es un triunfo —dijo Juana—. Me alegro mucho.

Julia la miró con medio gesto de orgullo.

—Gracias, mamá.

Durante unos segundos reinó un silencio cómodo. Se escuchaban los cubiertos, la televisión del vecino, el viento suave en las persianas.

Julia fue la siguiente en hablar:

—He estado pensando que este verano podríamos volver a Gran Canaria. Hace años que no vamos a Costa Meloneras.

—Es una idea fantástica —dijo Luis—. El hotel al que íbamos es un paraíso, hará como ocho o diez años que no vamos.

Juana sonrió con sinceridad por primera vez en toda la tarde.

—Sí… me gustaría. Mucho.

Julia inclinó la cabeza.

—Pues ya está. Lo organizo yo. Pero luego no digas que te llevo la agenda, ¿eh?

—No te preocupes —respondió Juana, divertida—. A tu madre le viene bien que alguien le lleve algo.

Rieron los tres. Por un instante, todo pareció normal. Simple, cálido. Como si el mundo exterior no existiera.

Cuando terminaron, Luis recogió los platos mientras Julia se marchaba a su habitación con música sonando en el móvil. Juana apagó las luces del salón, pensando en lo afortunada que era de seguir teniendo ese pequeño refugio.

Se acomodó en el sofá. Dejó la mente en blanco mientras veían un capítulo de la última serie de moda en Netflix.

Juana era completamente ajena al hecho de que desde el Mercedes gris alguien escuchaba también su TV a través del micrófono instalado en su salón.