El secreto del Cabo 14 — RODALQUILAR. 2014
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14 — RODALQUILAR. 2014

Doce años antes de la muerte de Pablo Soto.

Habían quedado a primera hora de la mañana en las oficinas de Solar Dynamics, en Tabernas.

No fue una cita formal. No hubo correos, ni asistentes, ni agenda.

Alonso llegó con una mochila vieja al hombro y Víctor ya lo estaba esperando junto al coche, un todoterreno discreto, cubierto de polvo del desierto.

—¿Listo? —preguntó Víctor, abriendo el maletero.

—Desde hace treinta años —respondió Alonso.

Nadie sonrió.

Salieron sin decir nada más. El edificio de la empresa quedó atrás mientras el paisaje empezaba a transformarse: del desierto seco de Tabernas al verde áspero que anunciaba la cercanía del Cabo.

Víctor conducía con una atención casi quirúrgica.

Alonso miraba por la ventanilla, atento, como si fuera la primera vez que veía aquel paisaje cautivador.

Durante varios kilómetros no hablaron. No era incomodidad. Era respeto.

Fue Alonso quien rompió el silencio.

—Antes de que lleguemos —dijo—, hay algo que tienes que entender.

Víctor no apartó la vista de la carretera.

—Te escucho.

Alonso asintió. Se pasó una mano por el pelo, un gesto nervioso que no había conseguido eliminar ni después de años de docencia.

—El principio no empieza conmigo —dijo—. Empieza en Rodalquilar. En 1965. Te conté la historia el primer día que nos conocimos.

Víctor no reaccionó. Pero Alonso lo vio tensarse. Apenas un cambio en la mandíbula. Un parpadeo más lento.

—Mi padre trabajaba en la mina —continuó Alonso—. No era ingeniero de minas, ni encargado. Era un obrero. De los que bajaban, miraban, tocaban. De pico y pala, pero de los que sabían distinguir una veta buena de una mala sin necesidad de análisis químicos.

Víctor apretó ligeramente el volante.

—Ya sé cómo eran esos hombres.

—Entonces, como buen almeriense sabrás lo que pasó —dijo Alonso—.

El oro se estaba acabando. El gobierno quería exprimir lo poco que quedaba antes de cerrar.

Nadie quería oír hablar de otra cosa. Mi padre encontró algo distinto.

Un mineral que no encajaba. Lo sacó. Lo llevó a los encargados. Lo analizaron.

—¿Y? ¿A dónde quieres llegar?

—Y le dijeron que se olvidara. Que no servía para nada. Que no perdiera el tiempo.

Alonso respiró hondo antes de seguir. El coche avanzaba ahora entre colinas secas, una vez cruzado el mirador de la Amatista, la silueta de antiguas instalaciones mineras asomaba a lo lejos como esqueletos industriales sobre el valle.

—Las explosiones posteriores lo hicieron desaparecer. Cuando quiso volver a encontrarlo, ya no estaba. La mina cerró al año siguiente. Mi padre se quedó sin trabajo. Y sin respuestas. Durante años siguió escapándose por las noches, buscando a la desesperada. Sin éxito.

Víctor no apartó la mirada del asfalto.

—¿Y tú que lugar ocupas en esta historia?

—Yo crecí escuchando esa historia. Siempre igual. Siempre con el mismo detalle: mi padre estaba convencido de que aquello no era una rareza geológica. Que tenía propiedades distintas. Que alguien, algún día, lo entendería.

Alonso sonrió, pero no había humor en ese gesto.

—Yo fui ese alguien.

El silencio se instaló en el coche. No era incómodo. Era expectante.

—¿Cuándo lo encontraste la primera vez? —preguntó Víctor.

—Hace años. Muy en el interior de la mina. En un filón secundario, fuera de los túneles principales. El lugar exacto ya no importa. Lo importante es que confirmé lo que mi padre intuía.

—Nunca te he preguntado: ¿por qué elegiste ese nombre? —preguntó Víctor.

Alonso tardó en responder.

—Caborita.

Víctor arqueó una ceja.

—No es un nombre técnico.

—Es el apodo que usaba mi padre —respondió Alonso. Nunca lo escribió. Nunca lo registró. Solo lo decía en casa. «La piedrita del Cabo». Caborita.

No añadieron nada más. Víctor no lo entendía, pero sabía que Alonso tenía la necesidad de recordar todo aquello una vez más, de tener esa conversación. Sintió alivio en él.

Cuando llegaron a Rodalquilar, el pueblo parecía detenido en el tiempo.

Casas vacías, fachadas comidas por el sol, caminos que no llevaban a ningún sitio.

Continuaron en dirección a las minas sin detenerse.

Siempre tenían que acudir de noche, asegurándose de no ser vistos por ningún turista o vecino.

Víctor aparcó cerca de una zona vallada, oxidada, con carteles de prohibido el paso que nadie parecía respetar desde hacía décadas.

Bajaron del coche.

El viento arrastraba arena fina. El silencio era absoluto.

—Entremos —dijo Alonso—. Te enseñaré dónde está el mayor filón.

Caminaron durante muchos minutos. Víctor seguía a Alonso sin dudar.

Su luz apuntaba hacia su espalda. Confiaba en ese hombre.

Nadie conocía aquellos túneles como él. Durante todo el tiempo trabajando juntos, Alonso había revisado mapas antiguos y tomado muestras superficiales.

El geólogo explicaba con pasión según avanzaban, Víctor preguntaba poco, pero observaba todo.

No era un experto, pero entendía procesos, escalas, riesgos.

Ya no hablaban de sueños. Hablaban de datos.

Al final del trayecto, sentados sobre una roca, tenían delante el filón del que Alonso tanto hablaba. Ahí habría cientos de kilos de caborita para extraer. Víctor estaba fascinado.

—Voy a marcar con GPS el punto exacto en el que estamos. Cuando salgamos veremos realmente que tenemos encima —dijo Alonso.

Deshicieron el camino andando y volvieron a la entrada principal. Usando la referencia que habían tomado en el interior, ascendieron un terraplén que se situaba detrás de las minas. Caminaron unos cientos de metros hasta encontrar el punto exacto. Alonso sonreía.

—No hay duda: debajo de este terreno abandonado en mitad de la nada se encuentra la mayor veta de caborita.

Víctor miró alrededor. El paisaje era árido, olvidado, aparentemente inútil.

—Voy a comprar este terreno entonces —dijo—. Accederemos a la veta desde aquí arriba.

Alonso lo miró, sorprendido solo un segundo.

—No será fácil.

—Nada que merezca la pena lo es.

Regresaron cuando la noche dominaba por completo el cielo del Cabo. De vuelta en Solar Dynamics, se sentaron en la pequeña sala de reuniones. Exhaustos. Sucios. Convencidos.

Víctor se reclinó en la silla.

—Hazme una última promesa, Víctor.

—Dime.

—Que no volveremos a enterrarlo. Hoy en el coche te he querido recordar de nuevo de dónde vengo para que me prometas que no lo vas a olvidar —dijo Alonso visiblemente emocionado.

Víctor asintió.

—Prometido, tienes mi palabra —dijo.

Alonso extendió la mano.

—Por mi padre.

Víctor aceptó el saludo.

—Por el futuro.