8 — NUEVA ZELANDA. 17 de abril de 2025 #2
Ella lo observó unos segundos, intentando leer en su rostro algo más que su enfado. Pero solo encontró una tristeza antigua, esa que se pega a la piel, pegajosa como la miel.
—No lo sé. Solo es una corazonada —dijo Juana—. Había hecho esa ruta con la moto cientos de veces, hacía buen día, la moto no tenía ningún golpe extraño, todo encaja con un accidente, pero… mi instinto me dice que no es así.
—Dejémoslo por hoy —sentenció Víctor—. Tenemos unos días muy largos por delante.
Después de la cena salieron a la terraza del bungalow. El aire era frío y el cielo estaba despejado, salpicado de estrellas que parecían tocar el lago. Víctor se encendió una linterna pequeña y caminó hasta la orilla. Juana lo siguió en silencio.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? —dijo él, sin mirarla—. Que cuando me fui pensé que era lo correcto. Que desaparecer era la única forma de no arrastraros a todos conmigo. Pero ahora… no sé si hice bien o mal.
Juana se cruzó de brazos.
—Julia te habría perdonado cualquier cosa. Y si me contaras todo, estoy segura de que yo también.
Él asintió apenas.
—No sé si yo puedo perdonarme a mí mismo primero.
Se quedaron así un rato, en silencio, mirando cómo el reflejo de la luna se quebraba con cada pequeña ola. Luego volvieron al bungalow. La noche olía a madera húmeda y a despedida.
A la mañana siguiente, salieron temprano.
El lago quedaba atrás, azul y perfecto, como si nada hubiera pasado.
La siguiente parada era Picton, donde cogerían el ferry hacia la isla Norte.
La carretera los llevó entre colinas, túneles y valles cubiertos de niebla.
Cuando finalmente vieron el mar y el puerto, Juana abrió su portátil y buscó los vuelos a Madrid.
—Volamos en uno con escala en Dubái —dijo Juana—. Sale por la tarde desde Auckland. Víctor la miró sorprendido.
—Que seguro lo tenías.
—Vine con billete de vuelta ya te dije —respondió ella, sin apartar los ojos de la pantalla—. Sabía que ibas a venir conmigo. No te iba a dejar otra opción.
Él sonrió, cansado.
—Sigues igual.
—Nunca me han gustado los cambios —replicó ella, cerrando el portátil.
Metieron la camioneta dentro del ferry cuando el sol ya se había ocultado. Desde la cubierta, Víctor observó cómo el puerto se alejaba lentamente y cómo las luces del pueblo se iban diluyendo en la niebla. A su lado, Juana se ajustó la chaqueta; el viento del estrecho era frío y salado.
—¿Te arrepientes? —preguntó ella.
—De muchas cosas —respondió él, sin apartar la vista del horizonte—. Pero no de volver.
Juana no dijo nada. El ferry avanzaba entre las sombras, y las luces del interior titilaban como faros en la oscuridad. Para ambos, el viaje de regreso ya había comenzado.
La camioneta abandonó la cubierta del ferry, y la carretera 1 se extendió ante ellos como una cinta de asfalto entre colinas suaves y onduladas.
Desde Wellington ascendieron hacia el cruce con la meseta volcánica, dejando atrás el sonido del mar agitado del estrecho y adentrándose en un paisaje menos abrupto que el de la isla Sur, pero igualmente cargado de vida.
Las colinas verdes, los campos de pasto donde las ovejas se dispersaban como motas claras, los bosques de pinos mezclados con robles nativos ofrecían una transición muda entre el refugio que Víctor había habitado y el mundo al que ahora debía regresar.
La carretera cruzó valles abiertos, con cielos amplios y nubes que se desplazaban lentas, proyectando sombras que se mecían sobre la hierba.
Ventanas bajadas, viento que olía a tierra mojada y pino.
El motor de la furgoneta zumbando constante en ese territorio que parecía al mismo tiempo tranquilo y expectante.
Los picos más altos de la isla Norte quedaron a lo lejos, volcanes dormidos y mesetas amplias, recordatorios geológicos de que este lugar también llevaba cicatrices antiguas.
Cerca de una pequeña localidad, la carretera se acercó a la costa, y decidieron parar a comer en un restaurante junto al mar: mesas de madera situadas en una terraza con vistas al golfo, olor a pescado fresco, el graznido de gaviotas mezclándose con risas suaves de turistas.
Un lugareño, detrás del mostrador, les ofreció un plato típico: filete de ternera de Waikato con puré de batata y una cerveza artesanal local.
—¿De dónde vienen? —preguntó él, apoyado en la barra mientras limpiaba un vaso.
—Desde la isla Sur —respondió Juana—. Mañana volamos a Madrid.
El hombre sonrió y negó con la cabeza.
—Buen sitio para despedirse de la isla —dijo—. Esta zona siempre impresiona.
Víctor, sentado frente a la ventana, miró hacia la carretera que se enroscaba de nuevo hacia la colina.
—Sí —contestó con la tristeza marcada en el rostro.
El lugareño alzó una ceja.
—A veces los viajes largos son para encontrarse, no para huir —murmuró, antes de volver a su faena.
El sol descendía con lentitud cuando retomaron la ruta.
A cada kilómetro el paisaje evolucionaba: prados, colinas cubiertas de flores silvestres, bosques que se cerraban en torno a la carretera como brazos protectores, y al fondo, la costa azul, más suave, más abierta que la isla Sur.
Las granjas se sucedían, los establos, los vallados, un ritmo humano que contrastaba con el aislamiento que Víctor había cultivado.
Se acordó de su vida en el fiordo: silencio absoluto, pocos visitantes, rutina acotada.
Aquí, en la isla Norte, ese silencio se diluía en la vida que seguía su curso.
Cuando la camioneta entró en los límites del área metropolitana de Auckland, el paisaje cambió otra vez: las colinas se suavizaron, edificios bajos aparecieron a lo lejos, señales de tráfico más frecuentes, el murmullo del tráfico acercándose.
Pero incluso en ese tránsito hacia la civilización, Víctor se mantuvo en silencio. Juana lo miró por el espejo retrovisor.
—¿Estás listo? —preguntó.
Él asintió de lado.
—Nunca lo estaremos del todo —contestó—. Pero ya no se trata de elegir.
Las luces de la ciudad se hicieron presentes, y al entrar en el acceso al aeropuerto, buscaron una explanada que Víctor conocía para dejar la camioneta.
Se preguntó si la volvería a ver. El aeropuerto de Auckland era un hervidero.
Gente con mochilas, niños medio dormidos, voces en mil idiomas.
Víctor se quedó quieto, observando el ir y venir de los pasajeros.
Comieron algo y cuando llegó la hora, cogieron sus mochilas y caminaron hacia la puerta de embarque. Cuando llegó al mostrador, la empleada le pidió el documento. Él se lo mostró sin hablar. En la pantalla del mostrador, el destino brilló en letras grandes:
DUBAI — DUB 22:40
Mientras caminaba hacia su asiento, un pensamiento fino y certero le atravesó la cabeza, como la hoja de una navaja en la oscuridad: si la muerte de Pablo no había sido un accidente, y realmente estaba relacionada con sus terrenos, entonces no era solo una noticia triste.
Era la primera ficha que caía en un tablero en el que aún no entendía como jugar.
El avión comenzó a moverse. Juana, a su lado, cerró los ojos. Víctor miró por la ventanilla: las nubes parecían montañas al revés. Todo lo que había construido quedaba atrás. Y lo que le esperaba, en el otro lado del mundo, era un pasado dispuesto a cobrar sus deudas.
Horas después, ya en la noche del vuelo y sobre Asia, las luces de una gran ciudad se disolvían entre nubes.
El ruido del motor llenaba los silencios que ni Víctor ni Juana se atrevían ya a romper.
Habían pasado las últimas horas casi sin hablar, agotados, sumidos en pensamientos que se deshilachaban con el sueño.
Las luces de la cabina estaban atenuadas y fue Víctor quien, al fin, se inclinó hacia ella.
—Antes dijiste que no fue un accidente —rompió al fin el silencio—. Si estás tan segura… ¿qué sabes que no me has contado?
Juana no levantó la vista. Pasó una página más, como si necesitara tiempo para decidir qué palabras dejar salir.
—Estoy muy lejos de saberlo todo, ya te lo he dicho —respondió al fin—. Pero sé que hay cosas que no encajan. Y que alguien se ha encargado de que así sea. De no dejarme hacer preguntas. Me alegro de que por fin quieras hablar del tema.
Víctor giró el rostro hacia ella, conteniéndose.
—¿Y eso qué significa? ¿Que mataron a Pablo? ¿Me vas a decir de una vez que tiene que ver con mi terreno o mi antigua empresa?
Juana lo miró entonces, por primera vez en horas. Había en su expresión algo entre la fatiga y la determinación. Parecía empezar a estar dispuesto a hablar.
—Significa —dijo despacio— que creo que Pablo sabía algo que no debía. Algo que tocaba intereses muy grandes. Y que ahora está muerto.
Víctor negó con la cabeza, incrédulo.
—Eso son suposiciones.
—No, Víctor —la voz de Juana bajó un tono, seca, firme—. Son hechos. Llevo investigando desde el mismo día del asesinato del vigilante en Rodalquilar.
Él apartó la mirada hacia la ventanilla. Se reflejaba su propio desconcierto.
—Entonces, ¿por qué me buscas ahora? —preguntó al rato—. Si ya lo sabes todo. ¿Para qué me necesitas?
Juana sostuvo el silencio unos segundos, el tiempo justo para que la tensión se volviera casi física.
—Porque no lo sé todo —dijo una vez más—. Y porque hay algo en tu terreno, en esa historia, en tu desaparición que no termina de cuadrar.
Víctor abrió la boca para responder, pero ella se le adelantó, clavándole los ojos con una mezcla de certeza y amenaza contenida:
—Y sé que tú sabes más de lo que dices.