El secreto del Cabo 8 — NUEVA ZELANDA. 17 de abril de 2025
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8 — NUEVA ZELANDA. 17 de abril de 2025

Tres días después de la muerte de Pablo Soto .

Su refugio en Nueva Zelanda se deshacía. Afuera, la luz del fiordo se filtraba entre nubes bajas; el reflejo del agua le dijo que el pasado no enterrado volvería a exigir cuentas.

Víctor cerró los ojos un momento, dejando que la gravedad de la situación lo recorriera de pies a cabeza. Por primera vez en años comprendió que la vida que había construido se había terminado. Ahora debía enfrentarse a su pasado, a los secretos que había dejado atrás y a la muerte de su amigo.

Cuando volvió a abrirlos, Juana seguía allí, mirándolo con una mezcla de compasión y determinación. En su rostro había cansancio, pero también algo más: la certeza de quien ha esperado demasiado tiempo para que alguien reaccione.

—No hay otra salida, Víctor —dijo ella con voz baja—. Pablo no murió por accidente. Hay preguntas que necesitan respuestas.

Él no respondió. Sabía que tenía razón, pero pronunciarlo era demasiado.

—Parece que no hay otra salida —dijo por fin—, solo me queda volver.

—Ya lo sé —contestó Juana—. Por eso he traído dos billetes.

Él la miró, desconcertado.

—¿Dos?

—Sí —asintió, sin apartar la vista—. Vine con billete de ida y vuelta. Sabía que, si te encontraba, acabarías regresando conmigo.

Víctor soltó una risa breve, seca. No había ironía, solo rendición.

Llamó al dueño del camping para decir que se marchaba por unos días; alegó un asunto personal urgente que le obligaba a regresar a su país de origen. No dio más explicaciones. Guardó algunas mudas, sacó el viejo pasaporte y preparó la maleta para un viaje que nunca pensó que tendría que realizar.

Se despidió de la mujer escocesa y del alemán de la furgoneta; les dijo que enseguida vendría alguien a reemplazarle. Cerró el bar y escondió las llaves bajo el felpudo como tenía costumbre de hacer cuando marchaba para unas horas.

Juana lo esperaba junto a la camioneta, con las manos en los bolsillos. El cielo, por primera vez en días, no lloraba. La carretera se estiró ante ellos como una cinta húmeda que se adentraba en las montañas del norte.

Durante kilómetros no hablaron. Solo el ruido del motor y el golpeteo del agua contra las ruedas.

El paisaje se desplegaba en verdes imposibles, con ovejas desperdigadas entre colinas que parecían no tener fin.

Víctor conocía cada curva, cada puente, cada estación de servicio.

Y ahora todo aquello le resultaba ajeno, como si perteneciera a otra vida.

Juana decidió romper el incómodo silencio.

—¿Sabes? —dijo ella, sin girarse—. Julia te ha echado mucho de menos. Todavía se pone triste cuando se acuerda de ti.

Él la miró por el reflejo del cristal.

—No sabría qué decirle si la viera.

—Podrías haberle dicho que estabas vivo; que, aunque estabas fuera aún te acordabas de ella —respondió Juana con suavidad, sin reproche.

Víctor bajó la mirada, siguiendo con el dedo la línea de la ventana empañada.

—No sabía si eso era verdad —murmuró—. Después de todo… dejé de ser yo cuando me fui de Almería.

Juana suspiró, girándose por fin hacia él.

—Julia no entiende de eso. Para ella sigues siendo su padrino, el que le enseñó a jugar al tenis en el Club y le regalaba brújulas en lugar de muñecas para salir a hacer excursiones juntos.

Él sonrió. Una sonrisa rota.

—Ya debe de estar enorme.

—Diecinueve años, Víctor. Y la misma testarudez de siempre. Juana le lanzó una mirada fugaz, cargada de afecto y cierta ironía.

Él asintió lentamente.

—Siempre pensé que si alguna vez tenía un hijo… —se detuvo, buscando las palabras—, me gustaría que se pareciera a ella. No tengo hijos, Juana. Ni familia, en realidad. Solo ella… y tú. Ahora ya ni Pablo está con nosotros.

Ella apartó la vista, incómoda por un instante, y luego suavizó la voz.

—Julia todavía pregunta por qué te fuiste sin despedirte. Yo le dije que a veces los adultos también se pierden, aunque no lo parezca.

—¿Le han ido bien los estudios? —preguntó Víctor con sincera curiosidad.

—Sí, está estudiando magisterio, quiere ser profesora, como su padre.

Víctor tragó saliva, y el silencio que siguió fue espeso.

—¿Y tú? —preguntó él al fin—. ¿Cómo estás? ¿Y Luis?

—Bien. Seguimos en el mismo sitio, más rutina que emoción, pero bien —contestó Juana.

Luego prosiguió, con un deje de melancolía.

—Él también preguntó por ti cuando se enteró de lo de Pablo. No lo dijo, pero creo que sabía que acabarías volviendo.

Víctor mantuvo la vista fija en el paisaje que se deslizaba fuera del coche.

—Siempre supe que ese momento llegaría —dijo en voz baja—. Solo esperaba que no fuera por algo así.

Juana asintió despacio, sin decir nada más. Durante unos minutos solo se escuchó el rumor del motor y el golpeteo suave de la lluvia contra el parabrisas.

Fue entonces cuando Víctor, con una voz apenas audible, añadió:

—Dile a Julia que esta vez no pienso desaparecer.

—No pienso hacerlo —dijo Juana con rotundidad—. Se lo dirás tú.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Durante el resto del trayecto, Víctor pensó en la niña, ya convertida en mujer. En la inocencia que aún conservaba la última vez que hablaron.

La carretera serpenteaba atravesando toda la isla Sur hacia el norte, más de mil kilómetros les separaban aún del aeropuerto de Auckland.

El interior del país era un parque de atracciones de naturaleza, entre colinas cubiertas de helechos y montañas con las cimas aún nevadas.

La furgoneta de Víctor rugía despacio, como si también le costara despedirse.

Durante kilómetros el silencio volvió. Solo el sonido del motor y el rumor del viento en los ventanales acompañaban el viaje.

A la altura del lago Tekapo, la carretera se estrechó y comenzaron a aparecer pequeños pueblos de madera, con carteles que anunciaban miel local, vino blanco y tours de senderismo.

Juana sacó el móvil y tomó varias fotos por la ventanilla.

—Siempre pensé que los sitios así solo existían en las películas —comentó.

—Por eso me enamoré de este lugar la primera vez que estuve —respondió Víctor, con la vista fija en el asfalto—. Siempre mantuve esa conexión. Aquí además nadie pregunta. Solo trabajas, pagas tus facturas y los días se parecen entre sí rodeados de esta maravillosa naturaleza.

Antes de llegar al lago Pukaki, el paisaje se abrió de golpe.

La carretera descendía entre colinas doradas y, al fondo, el agua azul turquesa se extendía como una superficie de cristal.

El monte Cook se alzaba a lo lejos, con la cumbre envuelta en nubes.

Presidiendo todo. Víctor redujo la velocidad.

—Este es uno de mis lugares favoritos del país. El agua parece pintada.

—Es realmente precioso —murmuró Juana.

Estaba anocheciendo. Pararon junto a un pequeño camping a orillas del lago.

Un cartel de madera anunciaba Lakeside Bungalow .

Alguien había encendido una hoguera y el olor a leña se mezclaba con el del agua fría.

Juana reservó un bungalow sencillo de madera.

En la terraza había dos sillas de plástico y una mesa con vistas al lago.

Cenaron en el pequeño restaurante del camping.

Sopa de calabaza humeante, pan caliente que crujía al partirlo y una cerveza rubia servida en vasos empañados.

La luz cálida de la lámpara recortaba sus perfiles; Víctor removía la sopa sin probarla y Juana miraba la puerta, como esperando que alguien entrara cargado de noticias.

Durante un rato hablaron de trivialidades: del viaje, del ferry de la mañana siguiente, de los turistas japoneses que llenaban el comedor. Hasta que el nombre de Pablo apareció inevitablemente.

—Todavía no me has dado ningún detalle más sobre la muerte de Pablo —dijo Víctor, rompiendo el silencio—. O asesinato.

Juana levantó la vista del plato.

—No es algo que pueda contar.

—Quiero saberlo todo. No has venido hasta aquí a decirme que han asesinado a nuestro amigo para ahora agarrarte al secreto profesional.

Ella apoyó los codos en la mesa, buscando las palabras.

—Primero hay otra cosa que tienes que saber. Apareció un cuerpo cerca de Rodalquilar, dentro de un terreno que era tuyo. Al lado de las minas —lo dijo despacio, con cuidado—. Golpe en la cabeza, caída posterior. El forense ha confirmado que fue un asesinato.

Víctor asintió, tenso.

—No sabía nada. Me parece haber leído algo en la prensa, pero no le di mayor importancia. Lo último que pensé fue en relacionarlo conmigo.

—¿Tenías contratado un servicio de seguridad para ese terreno?

—preguntó Juana directa—. La empresa de seguridad dice que pagabas regularmente y que dejaste un número de teléfono al que llamarte en caso de emergencia.

He revisado las transferencias: se enviaba el pago mensual desde tu cuenta personal.

—Lo tenía contratado, si, y tenían que avisarme en caso de emergencia, correcto —afirmó Víctor claramente enfadado—. Como te puedes imaginar, no he recibido ningún aviso. ¿Me estás queriendo decir que asesinaron al vigilante en mi terreno?

—No puedo contártelo todo —respondió Juana—. Aún hay cosas que no sabemos. Pero lo esencial es eso, sí.

El silencio los envolvió. Afuera, el viento del lago agitaba los árboles y la luna se reflejaba temblando en la superficie azul.

—Hay algo que no entiendo —dijo ella finalmente—. ¿Por qué sigues pagando por la vigilancia de ese terreno? ¿Qué hay allí, Víctor?

Él apartó la mirada, clavándola en la ventana.

—Nada importante. Solo un terreno más. La última propiedad que me queda de mi empresa.

—No me mientas —replicó Juana, sin levantar la voz—. Ahora sabes que allí pasó algo. ¿Pablo lo sabía?

Víctor respiró hondo.

—No tengo respuestas, Juana. No todas las que tú buscas, al menos.

—¿Y las que tienes?

—¿Quieres decir que el supuesto asesinato en mis terrenos y la muerte de Pablo están relacionadas? —preguntó Víctor, sin disimular ya su nerviosismo.