7 — ALMERIA. 8 de abril de 2025
Seis días antes de la muerte de Pablo Soto .
El puerto de Almería amanecía tranquilo, con el rumor de los barcos pesqueros y el olor a gasoil mezclado con el del café recién hecho.
Juana estaba sentada en su mesa habitual, la de siempre, afuera en la esquina de la terraza.
Pedía lo mismo desde hacía años: café con leche y tostada de atún con tomate.
Era su pequeña rutina cuando quería pensar, una costumbre que arrastraba desde los años en que hizo parte de sus prácticas en Aduanas recién salida de la academia.
Pablo llegó tarde, como siempre. Era algo que no cambiaba. Una vieja costumbre arrastrada desde cuando quedaban en la plaza del barrio para ir al instituto juntos.
—Siempre el mismo sitio —dijo, dejando el móvil sobre la mesa.
—Y el mismo café —respondió Juana—. Hay cosas que no necesitan cambio. Pidió otro café para él. Pablo esperó a que el camarero se alejara antes de hablar.
—¿Qué me puedes contar del asesinato del Cabo en el terreno de Víctor?
—El vigilante se llamaba Antonio López. Llevaba tres años trabajando para una empresa de seguridad privada que, en teoría, custodiaba el terreno abandonado en Rodalquilar.
Pablo arqueó una ceja.
—Eso ya lo he leído en la prensa —dijo con impaciencia—. Quiero saber lo que no se ha publicado.
—¿Y por qué ese interés? ¿Sólo por qué el terreno era de Víctor?
—Sabes perfectamente que así es —indicó Pablo con severidad—. ¿Tendréis que localizarle para declarar?
—Ya lo han intentado. Ninguno de los números conocidos existe actualmente; en la dirección de su empresa ya no hay nada.
Es muy extraño, lo único que queda de la sociedad que formaba su empresa, es ese terreno y una cuenta de banco.
En esa cuenta se ingresa regularmente una cantidad de dinero destinada a pagar a la empresa de seguridad.
No te imaginarás quién hace puntualmente cada mes la transferencia desde su cuenta personal para aportar fondos.
—Solo se me ocurre un nombre —dijo Pablo con rotunda seguridad.
—Exacto. Es Víctor. Por tanto, sigue vivo y por alguna razón, dondequiera que esté, tiene interés de mantener ese terreno vigilado.
Juana apartó el plato.
—Esa compra la hizo varios años antes de desaparecer, pero la planta principal de su empresa estaba en Tabernas, no en Rodalquilar.
—Sí, lo recuerdo, era nuestro mejor amigo, no ha pasado tanto tiempo como para que lo haya olvidado del todo —Pablo bajó la voz.
Ella sonrió sin humor.
—Lo curioso es que nunca explicó por qué compró aquel terreno. Lo valló, lo vigiló… y no hizo nada más. No le gustaba mucho hablar de su trabajo.
El camarero vino con las tostadas. Afuera, la luz empezaba a teñir el puerto de un brillo metálico.
—¿Ya sabéis con detalle cómo falleció el vigilante? —dijo Pablo—. ¿El tipo murió por algo que no debía ver? ¿Estaba en el momento y lugar equivocado?
—Eso es confidencial —contestó Juana.
Ella siempre era muy reservada respecto a su trabajo.
—¡No me jodas, Juana! —exclamó Pablo claramente molesto—. Esto es lo más cerca que hemos estado de saber algo de Víctor en años.
Juana pensó durante unos segundos.
—Al lado del terreno hay un terraplén donde los chavales suelen ir con las bicis de montaña.
Pasando las minas. El cuerpo estaba al final de la cuesta, cuando lo encontraron llevaría muerto un día máximo —explicó Juana—.
El forense dice que tenía un fuerte traumatismo en la cabeza, probablemente tras el golpe se produjo la caída.
Pero es solo el análisis preliminar. El definitivo llevará unos días.
El silencio se instaló entre ambos. Solo el sonido de las cucharillas removiendo el azúcar rompía el ambiente.
—¿Crees que será difícil encontrar al asesino? —preguntó Pablo con la certeza de saber la respuesta.
—Aún es pronto, pero todo apunta a ello. Sin cámaras, sin testigos, en un paraje abandonado… lo que más me inquieta de todo es la pregunta que no puedo responder.
—¿Cuál es esa pregunta?
—¿Qué interés tiene una persona que desapareció hace diez años en que se vigile un terreno abandonado?
Se hizo el silencio. Pablo miró hacia el mar, no quería mentirle mirándola a los ojos.
—No lo sé. Solo Víctor lo sabe.
Por la tarde, después de comer, Juana decidió ir a Rodalquilar. Se llevó con ella a uno de los novatos de la judicial, alguien que no hiciera muchas preguntas. Por protocolo no podía ir sola.
—Prefiero que no corra todavía demasiado el rumor por el Cabo de que estamos investigando —le dijo al chico.
A Juana le encantaba siempre volver al parque natural de Cabo de Gata. Cuando giraba a la izquierda en la carretera que llevaba a San José y cogía el desvío hacia La Isleta, se abrían ante ella cerros volcánicos descoloridos y tierra pálida. Era pura magia.
Detrás de ella quedaban los Frailes, majestuosos, presidiendo el Cabo.
No podía evitar mirar la duna de piedra de Los Escullos, una formación singular que parece una ola petrificada bajo el sol.
Las casas blancas de La Isleta se veían desde el coche junto con los barcos de los pescadores. El Peñón Blanco gobernaba la escena, sin duda el Cabo era su lugar favorito.
El mar Mediterráneo lo presidía todo, se vislumbraba una costa abrupta, acantilados que caían directo al agua azul-verdosa, y playas vírgenes paradisíacas.
La vegetación siempre era escasa: el palmito, las chumberas y los tarajes luchan por entre la roca erosionada. El sol caía fuerte en abril sobre esa zona; los contrastes entre sombra y luz eran intensos.
Dejó el mirador de la Amatista atrás y se adentró en el valle de Rodalquilar.
La carretera se inclinaba hacia abajo y Juana aceleró.
Desde ese punto, la vista se ensanchaba: de frente, el valle, al fondo, la sierra de Gata; a su izquierda, montañas de material volcánico oscuro, huellas de lava antigua que contrastaban con la arena clara del Playazo a la derecha.
En esta parte del Cabo, aún se podían ver los restos de la minería del oro, del plomo y del alumbre.
Las casas de Rodalquilar surgían dispersas, muchas rehabilitadas en vivienda turísticas, otras conservándose igual que hace cuarenta años.
La luz del atardecer comenzaba a teñir las fachadas de tonos cálidos.
Finalmente, Juana cruzó el núcleo urbano directamente al camino que sube a las minas, cogió un desvío que se dirigía hacia el paraje abandonado que estaba investigando.
El agente que la acompañaba era un madrileño cuyo primer destino era Almería. El chaval rompió el silencio.
—Nunca había estado aquí. Es impresionante.
—Aquí empezó mi carrera —respondió Juana, sin apartar la vista del horizonte—. Níjar, San José, Rodalquilar… Lo conozco como la palma de mi mano.
Finalmente llegaron frente a la valla del terreno. Entraron. A pocos metros, la caseta del vigilante seguía acordonada. Juana se agachó junto a la puerta. Las cintas amarillas se mecían con el viento. Dentro, todo era polvo y abandono: una cama, una radio vieja, un termo de café.
—No parece un sitio que yo pondría mucho interés en cuidar —dijo el agente.
—Eso es lo más extraño —respondió Juana.
Recorrieron el terreno a pie, no había nada, literalmente nada y llegaron al terraplén donde en teoría se produjo la caída.
El viento soplaba desde el mar, arrastrando arena.
Sacaron fotos, grabaron un pequeño vídeo con su móvil y bajaron hasta abajo. La caída era grande, pero no como para el tipo de golpe que el forense le había indicado que tenía el cuerpo de Antonio.
Cuando volvió a subir, el viento había aumentado. Desde la loma podía verse el mar brillando en la distancia, y el sol alto deformando el aire sobre las rocas.
Todo el Cabo parecía contener la respiración.
—Informe de campo: —dictó en la grabadora del móvil— terreno vallado, sin actividad aparente. Caseta del vigilante sin signos de lucha.
Guardó el teléfono, miró hacia el horizonte y pensó en Víctor. Su instinto no solía fallarle, algo no encajaba.
—Qué hay aquí que quieras vigilar, que puede ser tan importante como para que hayan asesinado a una persona —murmuró para sí misma.
Subió al coche, arrancó y echó una última mirada al terreno, observando sin saber el qué.
No se imaginaba que, a unos pocos metros, desde la colina superior a la que estaban vigilando era a ella.