El secreto del Cabo 6 — NUEVA ZELANDA. 16 de abril de 2025
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6 — NUEVA ZELANDA. 16 de abril de 2025

Tres días después de la muerte de Pablo Sot o .

La lluvia había cesado apenas unos minutos, y el aire húmedo de Nueva Zelanda olía a tierra mojada y pinos. Víctor estaba sentado en la cocina del camping, con el portátil abierto frente a él, repasando una y otra vez la noticia que le tenía en vilo desde hacía unos días:

El silencio lo envolvía, pesado y denso, como si el fiordo mismo contuviera la respiración.

Afuera, solo el crujido de la madera del porche bajo el viento y el rumor lejano de un pájaro solitario rompían la quietud.

Víctor tomaba sorbos de café, tratando de aferrarse a algo tangible mientras los recuerdos lo golpeaban con fuerza: las risas compartidas, las cenas de tapas, los partidos de pádel en el Club Deportivo Almería, las discusiones que siempre terminaban en bromas. Todo parecía de otra vida.

Víctor pensó en una de las últimas veces que lo vio. No era un recuerdo nítido, sino una acumulación de sensaciones, sabores y olores de su tierra: cenaron en el bar el Gran Padre después de un partido de la liga de pádel del Club.

Hace diez años:

El bar estaba medio lleno. El sonido de los vasos y el olor a carne a la plancha se mezclaban con las risas de una mesa cercana.

Víctor y Pablo se dejaron caer en su mesa habitual, con taburetes altos, situada al fondo, al lado del congelador de los helados.

Todavía llevaban las muñecas marcadas por las muñequeras y el pelo húmedo de la ducha.

—Madre mía, cómo corres —dijo Pablo, dejando la pala a un lado y haciendo gestos con la mano—. En el tercer set ya pensaba fingir una lesión.

Víctor soltó una risa breve.

—Sí, claro… tú y tus lesiones, siempre tienes algo.

—Pues algo tendré que hacer, porque contigo no hay manera —Pablo se secó la frente con la servilleta—. Al final me vas a obligar a entrenar y todo.

Jesús, el camarero, apareció con su bandeja y su sonrisa habitual.

—¿Lo de siempre? —preguntó sin necesidad de mirar la comanda.

—Lo de siempre —contestó Pablo, levantando los dedos—: dos cervezas frías y dos de carne con tomate, que este me ha hecho correr como si le debiera dinero.

Jesús soltó una carcajada.

—Eso es porque no le conoces bien. Si le debieras dinero, no te dejaría ni respirar —bromeó, y se marchó hacia la barra.

Víctor lo miró alejarse y luego volvió a Pablo.

—Tú sigues igual, ¿eh? Siempre mandando, que no estamos en el pleno.

—Bah… —Pablo hizo un gesto con la mano— mandar, mandar… ya sabes, si no empujas un poco, nada se mueve. En el ayuntamiento pasa lo mismo. Cada día una guerra distinta.

—Ya, pero te gusta, no lo niegues —dijo Víctor, con una media sonrisa.

—Claro que me gusta —admitió Pablo, encogiéndose de hombros—. Aunque últimamente… no sé, a veces pienso que todo esto se nos ha ido un poco de las manos. Demasiado ruido, demasiada gente pendiente de lo que uno hace.

Jesús volvió con las cervezas y las tapas. Pablo le dio una palmada en el hombro.

—Eres un artista, Jesús. Cuando me echen del ayuntamiento me vengo aquí contigo de ayudante.

—Tú no aguantas ni dos días fregando vasos —replicó el camarero riendo, y se alejó entre las mesas.

Víctor dio un trago largo y dejó el vaso sobre la mesa, observando las burbujas subir.

—Y tú, ¿cómo lo llevas? —preguntó Pablo, de pronto más serio—. Hace tiempo que no me cuentas nada de la empresa. Leo en la prensa más cosas de ti que lo que tú me cuentas, eres el hombre del año… ¿Cómo va lo que tú ya sabes en el terreno de Rodalquilar?

Víctor dudó un instante antes de responder.

—Sí… va bien… ya sabes que aquí no…

—Eso suena a que algo te preocupa —Pablo lo miró con esa mezcla de picardía y afecto que solo los amigos de toda la vida pueden usar.

—No me vengas con medias palabras —insistió Pablo.

Le notaba algo distinto esa noche, no era la cara habitual de no quiero hablar de trabajo.

Víctor sonrió, aunque sin alegría.

—Ya me conoces. No me gusta hablar de temas profesionales en público. Prefiero tomarme una cerveza tranquilamente y olvidarme un rato.

Pablo asintió despacio.

—Vale, vale. Pero si algún día necesitas hablar, ya sabes dónde estoy. No solo de política vive uno, ¿eh?

—Lo sé —dijo Víctor, bajando la mirada—. Lo sé.

Durante unos segundos se quedaron en silencio, oyendo el tintinear de los vasos y el murmullo del bar. Afuera, el cielo comenzaba a teñirse de naranja.

Jesús pasó otra vez y Pablo levantó la mano:

—Jesús, pon otra ronda, que esta va por el campeón —dijo señalando a Víctor.

—Apuntado, señor alcalde —contestó Jesús, guiñándole un ojo.

Víctor sonrió, y por un instante, todo volvió a parecer tan sencillo como antes.

Víctor buscó más cosas sobre su amigo. Las noticias locales se repetían: accidente, fallecimiento, servicio fúnebre, reacciones institucionales.

Al principio lo que escribió la prensa fue esquemático: «fallece» sin más.

Luego, con el pasar de las horas, las piezas se añadían como en un mal rompecabezas: accidente de moto entre Rodalquilar y La Isleta.

Parecía que los periodistas respetaban el silencio oficial.

Pero la electricidad de la noticia comenzaba a recorrer los contornos de su vida como una onda.

Víctor dejó el portátil abierto. Se secó los ojos con el dorso de la mano, gesto torpe, viejo.

Se preguntó si debía llamar a alguien; a la madre de Pablo, quizá, o a los amigos comunes.

Pero no tenía números. No sabía a quién llamar en España.

Había construido esa soledad a propósito.

La vida le había enseñado a elegir la distancia como refugio; no había previsto que la distancia pudiese llamarlo a gritos.

Esa misma tarde fue a la pequeña habitación donde dormía detrás del bar y sacó del cajón una caja con papeles viejos, fotocopias de datos de clientes, contratos antiguos, una libreta con anotaciones garabateadas en tinta casi borrada.

Encontró, entre todo, una vieja fotografía: él y Pablo en la piscina; era el día de la inauguración del piso que se había comprado Pablo al lado del Club, todo era felicidad en ese momento.

La foto estaba arrugada en el borde; la dobló con cuidado como si fuese algo frágil que pudiera romperse si la abría de golpe.

Pensó en volver. Se estaba dejando llevar por las emociones.

No era razonable subirse en un avión y plantarse en Almería diez años después porque una pantalla le mostraba un titular y una cara.

Pero la sensación que tenía ahora no era la de algo pensado, era una llamada antigua que, de pronto, sonaba con la nitidez de una alarma.

Había cosas que se apagaban y otras que se encendían, y la noticia había encendido algo que no le pertenecía del todo, o quizás sí: la memoria compartida, la deuda sentimental, los remordimientos que no envejecen.

Los secretos. Esos secretos que se lo habían llevado tan lejos.

Un golpe seco en la puerta lo sobresaltó. Se levantó de un salto y caminó hacia la entrada a grandes pasos, la gente que venía al camping no acostumbraba a llamar con esa violencia.

Una figura avanzaba desde la entrada hacia la barra; empapada hasta los tobillos, con una mochila vieja y el paso decidido.

Cuando la luz tenue le iluminó el rostro, el corazón de Víctor se detuvo.

No podía ser. Una sorpresa indescriptible le sobresaltó.

—¿Juana? —susurró.

Ella sonrió apenas, con esa mezcla de alivio y reproche que solo se da entre los que se deben explicaciones desde hace años.

—Has tardado en reconocerme.

El silencio que siguió fue tan largo como los diez años que los habían separado.

Las pulsaciones se le dispararon. Allí estaba Juana, su amiga de la infancia. La vio de pie, con la chaqueta ajustada, con ropa de civil, el pelo recogido, la mirada firme y decidida. Se quedó completamente paralizado por un instante.

—Me alegro de verte —dijo ella, con una mezcla de autoridad y cercanía—. Esperaba encontrarte aquí.

Él parpadeó varias veces, incapaz de articular palabra. Su mundo, cuidadosamente construido con años de aislamiento, se desmoronaba en un segundo.

—¿Qué… qué haces aquí? —logró decir con la voz temblando.

—Vengo por lo de Pablo, supongo que ya lo sabes… y por ti, claro —respondió Juana, cruzando el umbral de la puerta, cerrándola tras de sí—. Tenía que encontrarte, verte…

Víctor retrocedió un paso, confuso y abrumado. La distancia, la soledad, la rutina tranquila que había logrado en Nueva Zelanda se deshacían de golpe. Cada recuerdo de España, de su pasado, parecía materializarse en la cocina diminuta del camping.

—Pablo… ha muerto —murmuró, como si decirlo en voz alta pudiera hacer que la noticia fuera menos real.

—Sí —asintió Juana—. Su cuerpo apareció cerca de La Isleta. Su funeral fue ayer, ya habrás leído, imagino… Un accidente de moto… Había fallecido ya cuando llegaron los servicios médicos; no pudieron hacer nada.

Víctor cerró los ojos, respirando hondo. La presencia de Juana hacía que todo cobrara visos de realidad; no había sido un sueño, estaba pasando y ahora mismo esa realidad la tenía enfrente de sí mismo. Todo parecía ahora frágil, distante y perdido.

—Pero… ¿cómo me has encontrado? —preguntó finalmente, con un hilo de voz.

—Usé los registros de tu pasaporte, recuerda que soy agente de la judicial —dijo Juana, con gravedad—.

Una vez en Nueva Zelanda, pedí una orden para acceder a los registros bancarios, luego a tus tarjetas…

No había demasiados Víctor Gutiérrez en la Isla Sur.

Una vez llegué a Te Anau, el señor del supermercado me dijo dónde encontrarte.

No podía dejar que siguieras escondido. Necesito tu ayuda.

Víctor dio un paso atrás, apoyándose en la encimera, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en su pecho.

Todo lo que había decidido abandonar, todo lo que había ocultado, estaba de repente delante de él, en la forma de una mujer que conocía desde la infancia y que ahora traía consigo la urgencia de un mundo que Víctor había intentado dejar atrás.

—¿Ayuda? —repitió—. ¿Qué tipo de ayuda? Te has tomado demasiadas molestias por encontrarme.

Juana respiró hondo, midiendo cada palabra.

—No tengo todos los detalles —dijo—, pero hay cosas que no cuadran con la muerte de Pablo. Quiero que me ayudes a entender qué pasó.

Víctor se dejó caer en la silla, las manos sobre la mesa, temblando levemente. El silencio volvió a la cocina, roto solo por el sonido lejano del fiordo. Los recuerdos y la culpa por haberse ido se mezclaban en su mente con la confusión y el miedo.

—Explícate —dijo finalmente, con voz firme.

Víctor miró por la ventana, observando el fiordo. Las gotas aun colgando de los árboles, los pájaros buscaban refugio. Todo parecía calmo, pero dentro de él, la tormenta era intensa. Los años de distancia y silencio no servían de nada frente a la urgencia del presente.

Juana abrió su cuaderno de notas, mostrando papeles, registros y anotaciones. Cada página parecía contener un mundo de información que Víctor aún no podía comprender en absoluto.

Juana asintió para sí misma. Su expresión no mostraba alivio, sino la determinación de quien sabe que lo que viene será difícil.

—Creo que la muerte de Pablo no fue un accidente —dijo finalmente—. Estoy segura de que a nuestro amigo lo han asesinado.