El secreto del Cabo 5 — RODALQUILAR. 1965
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5 — RODALQUILAR. 1965

En la mina no se hablaba del futuro. Solo del turno siguiente.

Juan José Garrido llevaba dieciocho años bajando a las galerías de las minas de oro de Rodalquilar.

Había entrado a trabajar joven, cuando aún se creía que el oro podía sostener una comarca entera, y ahora, a sus cuarenta y muchos, ya sabía leer en los rostros de los ingenieros y de los capataces que mandaban que aquello se estaba acabando.

La mina seguía abierta, sí, pero era una respiración asistida.

Cada voladura era más profunda. Cada filón, más pobre.

Aquella mañana descendió por una galería secundaria, una de las menos transitadas. El ruido de los martillos neumáticos quedaba lejos. Allí abajo el silencio tenía otra densidad. Más antigua.

Era un día normal, un día duro de trabajo más. La espalda le dolía y el temblor de las manos ya apenas se iba unas horas al día.

Los más veteranos estaban asignados a las zonas alejadas y recónditas con la esperanza de encontrar nuevas betas.

Comenzó su exploración de la pared pico en mano, apuntando con su linterna, buscando algo brillante que llamara su atención. Fue entonces cuando vio algo extraño.

No brillaba como el oro.

Estaba incrustado en la roca como si no perteneciera a ella.

Juan José se acercó con cuidado. Golpeó alrededor con el pico, despacio, midiendo cada gesto. Cuando logró desprender un fragmento, lo sostuvo en la mano más tiempo del necesario. Era pesado para su tamaño. Opaco. No reflejaba la luz de la lámpara, parecía absorberla.

—Esto no es normal —murmuró.

No era la primera vez que encontraba minerales raros. Rodalquilar estaba llena de ellos. Pero aquello era distinto. No supo explicarlo con palabras técnicas, pero lo entendió de inmediato: aquello era algo diferente. Nunca había visto dicho material.

Subió a la superficie con el fragmento envuelto en un trapo. Los encargados lo escucharon con paciencia profesional. Uno de ellos, ingeniero de minas enviado desde Madrid, frunció el ceño.

—No tenemos constancia de nada parecido en los informes.

—Por eso se lo traigo —respondió Juan José—. Ya sé que no es oro, pero podría ser valioso. Habría que analizarlo, ¿no?

Sin mucho interés, el ingeniero de Madrid aceptó la propuesta. El fragmento fue enviado a analizar. Mientras tanto, Juan José intentó volver a la galería exacta donde lo había encontrado. Había más, mucho más.

Los encargados indicaron no tocar nada por esa zona hasta tener los resultados. Sin embargo, Juan José se las apañó para colarse un día y llevarse un trozo a casa en el bolsillo. No pudo resistirse.

Le contó a su mujer que aquello era algo gordo, diferente a todo lo que habían encontrado, que era valioso, que incluso igual podía salvar la mina. Los trabajos de todo el pueblo.

Juan José esperó días, luego semanas. Finalmente, meses. La Navidad de 1965 pasó y llegó el año nuevo: 1966. Todo el mundo estaba muy nervioso, el cierre era inminente, ya no era ningún secreto.

Las voladuras habían avanzado a la desesperada.

El terreno había sido removido, triturado, borrado.

El punto exacto ya no existía. Cada explosión era una amputación.

Cada día que pasaba, una oportunidad perdida.

A Juan José le resultó imposible volver a encontrar el punto exacto donde aquel mineral extraño apareció meses atrás.

Cuando había perdido toda esperanza, uno de los encargados le llamó a su despacho. El Estado español era el dueño de la mina; el informe llegó en un sobre oficial desde Madrid. Con un lenguaje frío y definitivo se indicaba:

« Material sin interés económico relevante. No se considera prioritario continuar su estudio. Se ordena centrar los trabajos en los filones auríferos activos.»

Juan José leyó el texto de pie, apoyado en la mesa de la oficina. Nadie lo miraba. Nadie parecía notar cómo apretaba el papel entre los dedos.

—Se equivocan —dijo, sin alzar la voz.

Intentó insistir. Pidió una segunda revisión. Sugirió más pruebas. Le respondieron con frases hechas, con una condescendencia educada. El oro estaba cayendo. Los números no cuadraban. No había margen para experimentos.

El 1 de marzo de 1966, la mina cerró.

Las entradas fueron selladas. Los accesos, vallados.

Rodalquilar empezó a vaciarse como se vacían los lugares cuando se les arranca el sentido.

Las dos mil personas que llegaron a residir en el pueblo fueron desapareciendo.

Juan José Garrido se quedó sin trabajo y sin mina, pero no sin la idea en su cabeza.

Durante meses regresó a escondidas. De noche, al amanecer, cuando podía. Conocía grietas, respiraderos olvidados, pasos mal clausurados. Bajaba con linternas viejas, con mapas memorizados. Buscaba una señal, un rastro, algo que confirmara que aquello seguía allí.

No encontró nada.

La roca estaba rota, mezclada, irreconocible. El filón había desaparecido como si nunca hubiera existido.

Juan José aceptó otros trabajos. La agricultura había comenzado a despegar en la zona del campo de Níjar. Vivía, pero no estaba presente, no era feliz. En casa hablaba poco, salvo cuando contaba la historia.

Siempre la misma. De alguna manera se convirtió en una obsesión.

—Había algo ahí abajo —decía—. Algo que no supieron ver. O que no quisieron. Aquello habría resuelto la vida de todo el pueblo.

Su único hijo lo escuchaba desde la mesa de la cocina. No hacía preguntas. No necesitaba hacerlo. La convicción de su padre era suficiente.

Juan José Garrido murió en 1980. Su cuerpo, castigado por la mina y el campo, dijo basta una triste mañana de noviembre.

El muchacho creció con esa historia clavada en la cabeza como una espina.

Su padre les dejó dinero ganado con horas de esfuerzo.

Estudió Geología sin dudarlo. No por vocación romántica, sino por una necesidad heredada.

Quería entender lo que su padre no había podido explicar.

Quería demostrar que aquello había sido real.

Muchos años después, ya como investigador universitario, regresó a Rodalquilar.

Alonso Garrido era uno de los geólogos más respetados del país. Todo se lo debía a su padre.