El secreto del Cabo 4 — ALMERIA. 7 de abril de 2025
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4 — ALMERIA. 7 de abril de 2025

Una semana antes de la muerte de Pablo Soto.

El sol del mediodía caía sobre Almería dando lugar a un calor que ya por abril comenzaba a ser intenso.

Era la semana después de Semana Santa. Pablo Soto caminaba hacia la entrada del Club Deportivo Almería a por su diaria sesión de gimnasio antes de comer.

La Semana Santa siempre es un momento de mucha actividad en la ciudad.

Se encontraba exhausto, física y mentalmente.

Pablo Soto aparentaba menos años de los que tenía, aunque el cansancio se le había instalado en la mirada hacía tiempo.

Era delgado pero musculado, con ese tipo de cuerpo en el que se notaban las horas de gimnasio.

Caminaba erguido, con la espalda recta. Su manera de andar mostraba una gran seguridad en sí mismo.

Tenía el cabello moreno, tintado. Cabello que se le cayó en su juventud pero que un par de operaciones a tiempo le permitieron recuperar. Cuidaba mucho su imagen. Siempre afeitado. Siempre se había considerado un hombre atractivo, le gustaba gustar. El paso de los años no cambiaba eso.

Sus ojos marrones eran dulces. Su mirada invitaba a confiar en él.

Era una persona que se ganaba rápido la confianza de la gente.

Su cargo como alcalde de Almería así lo demostraba.

Originalmente estudió turismo, luego se preparó para profesor.

Llevaba unos años ejerciendo cuando la política llegó a su vida.

Vestía de manera informal, pero siempre elegante: camisas sencillas, chaquetas ligeras, zapatos cómodos. Casi todo le quedaba bien. Un hombre como él no pasaba desapercibido. Pablo Soto llenaba la estancia allá donde estaba.

Tras pasar el torno de la entrada del Club, se ajustaba la chaqueta e iba saludando con una sonrisa a los socios que lo reconocían.

Aunque cansado, la realidad es que todo le parecía perfecto; hasta el olor a pescado frito que provenía del Gran Padre, el bar del Club, en el que tantas horas había pasado con sus amigos y familiares.

La ligera brisa de abril que aún refrescaba el ambiente era maravillosa.

A esa hora también disfrutaba del silencio que rodeaba todo ante la ausencia de niños en los campos de fútbol, ese silencio que tanto le gustaba y que echaba de menos en su ajetreada vida.

Su vida era, a simple vista, la envidia de muchos: alcalde de la ciudad, presidente del Club y esposo de una mujer que lo admiraba y lo acompañaba en cada evento; todo estaba bajo control.

Las decisiones de la ciudad, los problemas políticos, las obras pendientes: todo lo resolvía con naturalidad, con esa mezcla de aplomo y cercanía que le había ganado la confianza de todos.

Siempre, desde pequeño se había ganado a la gente, era el amigo de todos.

Tras cambiarse en el vestuario, se disponía a iniciar su rutina, justo cuando estaba a punto de darle al botón de reproducir su podcast favorito, vio cómo Pepe Gómez se le acercaba.

Pepe, a sus sesenta años, aún seguía fiel a sus partidos de fútbol de los sábados.

Era lo que se dice un socio de los de toda la vida, de los que hacían del Club el centro de su vida.

—Alcalde, perdón, Presi , tengo que preguntarte por el tema de los terrenos de aquí al lado —dijo Pepe, con su habitual tono entre curioso y desconfiado—. Dicen por internet que van a montarnos unos centros deportivos aquí al lado del Club. ¿Es eso cierto?

—¿Dónde? —preguntó Pablo, levantando la ceja, sorprendido.

—Ahí, en el descampado, por el carril bici que baja al río. Dicen que van a construir un polideportivo privado, con pistas cubiertas… la gente está que trina, dicen que nos van a quitar socios, terrenos de aparcamiento…

Pablo soltó una pequeña risa cansada.

—Madre mía, Pepe, si hicieras caso solo a la mitad de lo que se dice en internet, no dormirías.

—Bueno, pero algo habrá, ¿no? Que tú sabes que cuando el río suena…

—Cuando el río suena —interrumpió Pablo, ajustándose la toalla al cuello—, es porque alguien quiere hacer ruido. No te preocupes, el Club es nuestro y seguirá siendo nuestro. Nadie va a venir a decirnos cómo hacer las cosas ni a quitarnos nada.

Pepe lo miró un instante, intentando leer más allá de su sonrisa.

—Vale, vale, si tú lo dices, presi. Pero luego no digas que no te avisé.

—Apuntado queda —respondió Pablo, dándole una palmada en el hombro—. Anda, vamos a seguir entrenando que falta nos hace.

Pepe se rio y se alejó hacia las duchas; Pablo siguió con su rutina en el gimnasio como cualquier otro día.

Ya después de comer, mientras caminaba hacia su despacho, su mente se desvió hacia el pasado. Recordó la conversación con Pepe y no pudo evitar pensar en Víctor, su amigo de infancia, su amigo de toda la vida al que había perdido hacía años. Con Víctor siempre comentaba ese tipo de conversaciones.

Recordó los veranos interminables en la piscina, los partidos de pádel y fútbol en el Club y las confidencias compartidas bajo el sol durante las salidas a caminar por el paseo marítimo. En aquellas salidas siempre arreglaban los problemas de medio mundo. Todo parecía tan lejano… y tan esencial.

Víctor soñaba con ser presidente del Club. Cuando la vida laboral le llevó lejos de Almería, aún se juntaban los veranos y él le hacía los discursos que tenía que utilizar para convencer a los socios de que le votaran.

Dieciocho años antes.

—No empieces con el típico «queridos amigos del club», que pareces un cura —decía Víctor, riendo mientras se tumbaba en la tumbona.

—¿Y entonces cómo empiezo? —respondía Pablo, dándole un sorbo a su cerveza.

—Diles lo que quieren oír. Que el Club es su casa, que es de los socios, que tú creciste aquí, que representas sus valores y que lo único que quieres es devolvérselo a sus legítimos dueños, los socios, que la anterior directiva ha montado un chiringuito…

—Tú siempre tan manipulador —se reía Pablo.

—No, hay que ser realista —contestaba Víctor, levantando el dedo—. A la gente no le importa el dinero, ni que se den muchos beneficios, le importa sentir que sigue perteneciendo a algo.

Así verano tras verano, hasta que, en unas elecciones, el sueño se hizo realidad. Pablo fue elegido presidente del Club.

Sin embargo, un día cualquiera hace diez años, Víctor desapareció sin dar explicaciones.

Nunca supo adónde se había ido ni cómo estaba.

Al menos eso es lo que se repetía a sí mismo.

Su ausencia era un vacío silencioso que Pablo había aprendido a ignorar, aunque a veces lo alcanzaba en forma de nostalgia intensa.

Se sentó en su despacho, rodeado de fotografías de la familia, de amigos y de tantas inauguraciones y reuniones. Todo estaba en orden.

De pronto el móvil sonó, cortando el murmullo de su oficina. Nunca podía ponerlo en silencio, peajes de su puesto. Miró la pantalla y vio que era Juana, su amiga y vecina de toda la vida. Ahora convertida en agente de la Policía Judicial de la Guardia Civil.

—Ha aparecido un cuerpo en la zona del Cabo, cerca de Rodalquilar.

Su voz transmitía urgencia y profesionalidad.

—¿Qué? —Pablo se quedó helado—. ¿Quién es?

—Aún no lo sabemos. Pero, Pablo…, el cuerpo no es por lo que te estoy llamando. El terreno dónde lo han encontrado era de Víctor, Víctor Gutiérrez. Tenía que avisarte antes de que te enteres por la prensa.

—¿Qué dices? —preguntó Pablo, con un escalofrío recorriéndole la espalda.

—El cadáver estaba enterrado bajo una capa de rocas. Lo han encontrado unos chavales que se habían colado sin permiso. No sé nada más.

Pablo se quedó en silencio unos segundos.

—¿Qué más sabes?

—Aún poco. Es un varón, joven. Tendrá que confirmarlo el forense. Parece que se trataba de un vigilante de seguridad.

—¿Por qué me llamas a mí? ¿Tiene esto algo que ver conmigo? —preguntó Pablo realmente desesperado.

—En cuanto ha salido el nombre de Víctor Gutiérrez no he podido pensar en otra persona a quien llamar, y te ibas a acabar enterando —afirmó Juana.

Pablo respiró con una mezcla de preocupación y sorpresa.

Apoyó la mano sobre el escritorio, intentando mantener la calma.

Según pasaban los minutos la preocupación le volvía a la mente.

La mención del nombre de Víctor y de ese terreno agitó recuerdos antiguos y preguntas; algunas que había mantenido guardadas por años.

¿Qué estaba haciendo un vigilante ahí diez años después?

¿Quién más podría saber lo que había ahí?

Se levantó y caminó hacia la ventana, observando la sierra de Gádor desde la distancia.

La luz del sol iluminaba suavemente el paisaje, pero Pablo sentía la tensión interna crecer como un peso invisible.

La vida perfecta que había construido, el éxito, la familia, el cargo de alcalde…

todo parecía sólido, pero la inquietud le decía que algo estaba fuera de lugar.

Decidió salir a caminar un poco. Había mucho turista por la Plaza Vieja en ese momento, cruzó el arco y se dirigió hacia el parque de La Hoya, el cual él mismo había inaugurado dos años antes.

La escena era idílica: el cerro San Cristóbal, la Muralla de Jayrán y él a los pies de la Alcazaba.

Todo, sin embargo, en el aire se respiraba distinto, como un pequeño peso en el ambiente.

Un recordatorio de que incluso la perfección aparente no podía borrar la incertidumbre que se acercaba.

Mientras caminaba, la mente de Pablo viajaba entre presente y pasado.

Recordó una tarde en El Playazo de Rodalquilar.

Un sábado de julio, en el cual él, Juana y Víctor, los tres amigos de siempre se habían ido a pasar el día con sus parejas para celebrar el cumpleaños de Víctor.

Era una tradición, estuviera donde estuviera, en esas fechas siempre venía a Almería a pasar el día con su madre y a escaparse a una playa de El Cabo de Gata con sus amigos de siempre.

Hace quince años:

—Voy a montar mi empresa aquí, en Almería —dijo Víctor aquella tarde, mirando al horizonte—. He decidido que dejo el País Vasco y me vuelvo a casa.

—¿Aquí? —preguntó Juana, sorprendida—. ¿No te queda pequeño esto para lo que haces?

Víctor sonrió.

—Precisamente por eso. Aquí hay muchas oportunidades. Hay sol todo el año, terrenos baratos y un desierto que parece otro continente. Si sale bien, será algo grande.

Pablo le lanzó una pelota de tenis que llevaba en la mano.

—O te arruinas en seis meses.

—O cambio el mundo —respondió Víctor, riendo.

Juana intervino desde la toalla:

—Bueno, mientras no se te suba a la cabeza, genio.

Víctor se encogió de hombros.

—Si alguna vez pasa eso, ya vendréis a bajarme los humos.

Al volver a su despacho, Pablo revisó los informes de las obras de urbanismo y los documentos que le había mandado el tesorero del Club para firmar.

Todo parecía normal, rutinario, seguro. Pero el hallazgo del cuerpo en el Cabo no le daba paz.

La mención de la empresa de Víctor despertaba un recuerdo vago y perturbador: años atrás, aquella start-up había sido fuente de orgullo para todos.

Nadie aparte de ellos dos sabía exactamente qué había sucedido allí.

Se recostó en la silla y miró el horizonte a través de la ventana.

La Alcazaba se extendía tranquila bajo la luz dorada, todo un mar de turistas ajenos a los secretos que empezaban a emerger.

Pablo sabía, instintivamente, que en pocos días todo cambiaría.

La rutina, la seguridad, la tranquilidad de su vida… quizás estaban a punto de romperse.

Marcó el número de Juana.

—Juana, tenemos que hablar —dijo, con un tono seco—. En persona. Sobre el cuerpo y sobre ese terreno.

—Lo suponía —respondió ella, con un silencio breve—. Te espero en la comandancia mañana.

—No, en la comandancia no es conveniente que me vean —indicó Pablo—. En el bar del puerto, a las nueve.