Capítulo 33
La rueda de prensa se celebró en la sede central de Sancak Holding, con todo el consejo de administración presente y un gabinete de comunicación que había pasado dos semanas puliendo cada palabra del comunicado hasta dejarlo, según Kerem, “lo más honesto que un comunicado corporativo puede llegar a ser sin dejar de proteger a la empresa de una demanda”.
Emir subió al estrado sin notas, con Kerem un paso por detrás y su padre —que había insistido, contra todo pronóstico, en estar presente— sentado en la primera fila, con una expresión que ya no intentaba proyectar la calma inquebrantable de siempre.
—Hace veintidós años, mi madre, Elif Sancak, descubrió un patrón de negligencia en el mantenimiento de varias propiedades del grupo, incluida la fábrica textil de Bursa —empezó Emir, con una voz firme que le costó, en privado, mucho más sostener de lo que dejaba ver—.
Murió esa misma noche, en un accidente directamente relacionado con esa negligencia, en el embarcadero de la casa familiar.
Durante veintidós años, esa negligencia no fue investigada ni corregida.
El murmullo entre los periodistas presentes fue instantáneo. Emir esperó a que se calmara antes de continuar.
—Hoy anuncio una auditoría independiente completa de todos los contratos de mantenimiento del grupo de los últimos veinticinco años, y una acción legal formal contra Tevfik Aslan, cofundador de esta empresa, por el fraude documentado que causó aquella tragedia.
Esta investigación no se sostiene solo en documentos de archivo: se sostiene también en el testimonio de un trabajador herido en el accidente de la fábrica de Bursa hace veintidós años, a quien esta empresa nunca pidió perdón hasta la semana pasada.
No voy a pedir disculpas por la empresa que construyó mi padre, porque esa empresa sostiene hoy a miles de familias que no tienen ninguna culpa de lo que pasó.
Pero sí voy a pedir disculpas, en nombre de Sancak Holding, por los veintidós años que tardamos en corregir lo que debió corregirse de inmediato, y por cada persona a la que esa tardanza le costó algo que ya no tiene arreglo.
Las preguntas que siguieron fueron duras, algunas hostiles, y Emir las respondió una a una sin evasivas, sin la coraza de siempre, con una transparencia que sorprendió incluso a los periodistas más escépticos del sector empresarial turco.
—¿No teme que esta transparencia hunda la cotización del grupo y asuste a los inversores que llevan meses negociando la refinanciación textil? —preguntó una periodista de un diario económico, sin ninguna diplomacia en el tono.
—Lo temo, sí. Pero temo mucho más dirigir una empresa que se sostiene sobre lo que no se dice.
Los inversores que quieran huir de una gestión honesta son, probablemente, los mismos que en algún momento habrían huido de cualquier otra cosa que salpicara los titulares.
Prefiero construir esta empresa con los que se queden por la razón correcta.
—¿Su padre sabía lo del fraude antes de la muerte de su esposa? —preguntó otro periodista, directamente.
—Mi padre sospechaba, sin pruebas suficientes.
Y tras la muerte de mi madre, tomó la decisión de no perseguir esas sospechas públicamente, por razones que él mismo ha reconocido, en privado y hoy en público, como equivocadas.
—Emir hizo una pausa, buscando con la mirada a su padre en la primera fila, que asintió, apenas, un gesto minúsculo de permiso—.
No voy a defender esa decisión. Voy a decir, simplemente, que forma parte de por qué esta auditoría y esta acción legal son necesarias hoy: para que ninguna otra familia de esta empresa tenga que cargar veintidós años con una verdad a medias.
Cuando la rueda de prensa terminó, y los periodistas empezaron a recoger sus equipos entre murmullos que Emir sabía que iban a convertirse, esa misma tarde, en titulares muy poco amables, su padre se acercó despacio hasta el estrado vacío, con un paso que a Emir le pareció, por primera vez en su vida, el de un hombre verdaderamente viejo.
—Lo has hecho bien —dijo Halil, con una voz ronca—. Mejor de lo que yo lo habría hecho nunca.
—No lo he hecho por hacerlo bien, baba. Lo he hecho porque ya no podía seguir viviendo en una casa construida sobre silencio. Y quiero que sepas que, a partir de hoy, esta empresa tampoco va a construirse sobre eso nunca más.
Halil asintió, despacio, sin intentar acortar la distancia entre ambos —había aprendido, al menos, esa lección—, y Emir se marchó del estrado sin abrazarlo, sin prometerle nada más que lo que ya le había dicho. No estaba listo para más que eso. Todavía no.
Kerem lo alcanzó en el aparcamiento, ya de noche, con el teléfono en la mano y una expresión que oscilaba entre el agotamiento y algo parecido al alivio.
—El banco quiere una reunión mañana a primera hora. No sé todavía si es buena o mala señal.
—Mañana lo averiguaremos. —Emir se apoyó contra el coche, dejando que el cansancio acumulado de dos semanas por fin le pesara en el cuerpo entero—. Hoy solo quiero que se acabe el día.
—Lo has hecho bien, Emir. De verdad. —Kerem le puso una mano en el hombro, con la seriedad poco habitual en él—. Y ahora que ya está hecho, ¿qué vas a hacer con lo otro?
—¿Lo otro?
—Lucía. La rueda de prensa cierra un capítulo. No cierra el que de verdad te importa.
Emir no respondió enseguida, pero algo en su cara —el mismo cálculo silencioso con el que llevaba dos semanas resolviendo cada crisis empresarial— ya se había puesto, sin que él lo anunciara, a trabajar en la siguiente.