Capítulo 32
El último día de trabajo en el estudio de Elif empezó, como todos los demás desde hacía semanas, con Lucía sola, a las siete de la mañana, antes de que llegara el resto del equipo.
Le gustaba esa hora: la luz todavía gris entrando por la ventana orientada al Bósforo, el silencio de la casa entera todavía dormida a su alrededor, la sensación de tener la habitación —y el duelo que contenía— completamente para ella un rato más antes de que el ruido de la obra volviera a llenarlo todo.
Colocó el último cristal de la vidriera que había mandado restaurar en Bursa, con las manos firmes a pesar del cansancio acumulado de meses, y retrocedió un paso para ver cómo la luz de la mañana, al atravesarlo, proyectaba en el suelo el mismo patrón de tulipanes rojos y azules que Elif había dibujado cuarenta años atrás.
Se quedó mirándolo un largo rato, con una mezcla de orgullo y tristeza anticipada que llevaba días sin poder nombrar del todo.
El resto de la casa había ido llegando a su forma final con la misma lentitud satisfactoria: el suelo de mármol del vestíbulo, ya completamente restaurado, brillaba de nuevo con el mismo lustre que debía de haber tenido ciento cuarenta años atrás; los paneles de marquetería del salón principal, terminados por fin por el carpintero de Kadıköy, devolvían a la luz de la tarde el mismo juego de sombras que Elif Sancak había imaginado al diseñarlos; y las vidrieras, restauradas pieza a pieza, volvían a teñir de colores el suelo del salón cada mañana, exactamente como debían haberlo hecho siempre.
El estudio de Elif fue lo último que Lucía terminó, y también lo que más cuidado le puso: en vez de dejarlo como un cuarto sellado, propuso —y Halil, para su sorpresa, aceptó sin oponer ninguna resistencia— convertirlo en una pequeña biblioteca abierta a toda la familia, con la mesa de dibujo original conservada junto a la ventana, los planos que Elif nunca terminó enmarcados con respeto en vez de escondidos, y una placa discreta, en turco y en español, que Lucía redactó ella misma tras mucho pensarlo:
En memoria de Elif Sancak, arquitecta, madre, y guardiana de la verdad de esta casa, incluso cuando nadie más estaba listo para oírla.
Nur lloró al verlo terminado. Baran se quedó un largo rato en silencio, pasando la mano por la mesa de dibujo con el mismo gesto inconsciente que Emir hacía a veces sin darse cuenta.
Lucía encontró a Halil ahí, solo, una tarde en que había vuelto a buscar unas notas que se había dejado olvidadas.
No lo oyó entrar — llevaba zapatos silenciosos y una costumbre de moverse sin hacer ruido que probablemente había aprendido en la misma casa, en la misma generación, que le había enseñado también a callar todo lo demás—, y lo encontró sentado en la silla de la mesa de dibujo, con la fotografía de Elif y Nur bebé entre las manos, sin decir nada.
—Puedo volver más tarde —dijo Lucía, desde la puerta.
—No hace falta. —Halil no levantó la vista de la fotografía—. Es la tercera vez que vengo esta semana. No sé muy bien qué busco. Quizás solo necesitaba un lugar donde sentarme con ella sin tener que explicarle nada a nadie sobre por qué tardé tanto en dejarla descansar en paz.
Lucía no dijo nada. Se quedó de pie junto a la puerta, sin acercarse más de lo necesario, dejando que el silencio hiciera, una vez más, lo que llevaba meses aprendiendo que hacía mejor que cualquier palabra en aquella familia.
—Gracias —dijo Halil, al fin, sin mirarla—. Por devolverle esta habitación. Por devolvérsela a ella, sobre todo. Yo no habría sido capaz.
Se quedó un momento más, pasando el pulgar por el borde de un rollo de planos a medio desenrollar sobre la mesa —un pabellón de verano junto al embarcadero, dibujado en un trazo suelto que Lucía ya conocía de memoria—, antes de hablar de nuevo.
—Nur me ha dicho que quería construir esto algún día. El pabellón. —Su voz sonó, por primera vez desde que Lucía lo conocía, insegura, casi tímida—. No sé nada de arquitectura, señorita Ferrer, pero sé que a usted no le faltarán ideas si algún día quiere retomarlo. Yo pondría el dinero. Con gusto.
—Me encantaría —dijo Lucía, sorprendida por lo rápido que le salió la respuesta—. Ya casi lo tengo diseñado en la cabeza, la verdad.
Halil asintió, con algo parecido a una sonrisa, y se marchó esa tarde. Lucía se quedó un momento a solas en el estudio, pensando que aquel gesto torpe, incompleto, pero ya no cerrado con llave, era, probablemente, lo más parecido a una disculpa que Halil Sancak sabía ofrecer todavía.
Fue esa misma semana cuando una mujer de mediana edad, elegante, con una tarjeta de un estudio de arquitectura patrimonial en Beyoğlu, se presentó en la obra pidiendo permiso para fotografiar el trabajo terminado “para nuestro archivo, si no le importa; llevamos meses oyendo hablar de esta restauración en todos los círculos del gremio”.
Se quedó casi dos horas, haciendo preguntas técnicas precisas que Lucía respondió con el mismo entusiasmo del primer día, y al despedirse le dejó su tarjeta con una frase que Lucía guardó, sin darle entonces demasiada importancia, en algún rincón de la memoria.
—Si alguna vez se plantea quedarse en Estambul, señorita Ferrer, llámeme. Nos encantaría tenerla en el estudio.
Emir no apareció ninguna de esas tres veces que Halil visitó el estudio.
Lucía se dijo a sí misma que no le sorprendía, que ya había hecho las paces con la decisión que había tomado, que en dos semanas más volvería a Madrid y aquello, todo aquello —la casa, la ciudad, el hombre que había aprendido a amar a su pesar— quedaría atrás, como una restauración más terminada y entregada, un capítulo cerrado con la misma profesionalidad con la que cerraba cualquier otro proyecto.
Se lo dijo tantas veces que casi empezó a creérselo.
Reservó el billete de vuelta a Madrid la misma tarde en que terminó de catalogar el último objeto del inventario de la casa, con una tristeza tranquila que prefería, después de todo lo vivido, a la angustia constante de las últimas semanas.
Había hecho el trabajo de su vida. Había devuelto a una familia entera una casa —y, en cierto modo, una verdad— que llevaba veintidós años esperando.
Eso, se dijo, mirando el billete en la pantalla del ordenador, tenía que ser suficiente, aunque el corazón, con su terquedad habitual, insistiera en no estar del todo de acuerdo.