El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Emir dejó de aparecer por la obra.

No de golpe, no con ninguna ruptura explícita —seguía mandando mensajes cortos, preguntando cómo avanzaba la restauración, disculpándose siempre con la misma frase, estoy en medio de algo que no puedo dejar a medias—, pero los días se convirtieron en una semana, y la semana en diez días, y Lucía se descubrió, cada mañana, revisando el teléfono antes incluso de levantarse de la cama, con una expectativa que cada vez le costaba más disimularse a sí misma.

—Está reestructurando toda la empresa —le explicó Nur, que sí había seguido visitando la obra, ahora con una seriedad nueva—. No te está evitando a ti. Te lo prometo.

—Lo sé. —Y era verdad, en la parte racional de Lucía que todavía sabía distinguir entre lo que sentía y lo que sabía—. Pero llevo diez días entendiendo, otra vez, lo que se siente esperando turno.

Sibel, que la veía llegar cada mañana con menos ánimo que el día anterior, dejó por fin de fingir que no lo notaba.

—Los hombres de esta familia tienen una capacidad especial para desaparecer justo cuando más se los necesita —dijo, una tarde, mientras las dos revisaban juntas el inventario final de la obra—.

El señor Sancak padre lo hizo durante veintidós años.

Me temo que el hijo ha heredado algo de esa costumbre, aunque sea por razones distintas.

—No es lo mismo, Sibel.

—Lo sé, hanım. Pero desde donde tú estás, algunas mañanas, debe de sentirse parecido.

Emir apareció una sola vez esos diez días, un martes por la tarde, sin avisar, con una carpeta de documentos que necesitaban su firma como representante de la familia.

Fue breve, casi mecánico: revisó los planos finales del ala este con Lucía de pie a su lado, firmó donde tenía que firmar, y durante los diez minutos enteros que duró la visita ninguno de los dos mencionó nada que no fuera trabajo, aunque los dos midieran, sin decirlo, la distancia exacta que se había abierto entre ambos.

—¿Cómo va todo? —preguntó Lucía, al fin, cuando ya no pudo soportar más el silencio profesional.

—Complicado. Se resolverá.

—Eso llevas diciendo diez días.

Algo cruzó la cara de Emir, y por un segundo pareció que iba a decir algo más, algo real. No lo dijo.

—Tengo que volver a la oficina —dijo, en cambio, recogiendo la carpeta ya firmada—. Gracias por tu paciencia con todo esto.

Paciencia, no tú, no nosotros. Lucía se quedó de pie en el vestíbulo mucho después de que el coche de Emir hubiera desaparecido verja abajo, con la certeza fría de que aquella breve visita había confirmado exactamente lo que llevaba diez días temiendo.

El contrato terminaba oficialmente en un mes, con la inauguración prevista de la casa completamente restaurada.

Un mes para decidir qué hacer con una vida sentimental suspendida en un silencio que no sabía interpretar.

Un domingo, incapaz de quedarse en el apartamento dándole vueltas a ese silencio, cruzó sola hasta Sultanahmet y se sentó en el patio de la Mezquita Azul, viendo cómo la luz de media tarde encendía los azulejos de la cúpula.

Pensó en lo fácil que había sido, en cuestión de meses, empezar a sentir aquella ciudad tan suya como Madrid, y en lo injusto que le resultaba que fuera también, ahora, el lugar donde había vuelto a aprender lo que se sentía esperando en segundo lugar.

Escribió a Marta esa misma noche. Creo que voy a terminar la obra y volver a Madrid.

¿Y él?, respondió Marta.

Ya sabes cómo es esto. No pienso pasarme la vida esperando turno.

Eso suena a que ya has tomado la decisión.

Creo que sí, escribió Lucía, después de un largo rato mirando la pantalla. Aunque me duela más de lo que pensaba que me iba a doler.

No borró el mensaje que le mandó a Emir esa misma noche, aunque tardó media hora en decidirse a enviarlo: Termino el contrato en un mes. Voy a volver a Madrid cuando acabe la obra.

La respuesta tardó tres horas, y fue mucho más corta de lo que esperaba: Entendido. Hablamos pronto.

El mensaje —hablamos pronto, la respuesta que él mismo había mandado, tan corta que ahora, releyéndola por décima vez, le parecía casi cruel— se quedó abierto en la pantalla del teléfono de Emir durante toda la noche, mientras él, sentado a solas en su apartamento de Nişantaşı con los informes de la reestructuración desplegados sobre la mesa sin tocarlos, entendía, por fin, con una claridad que le dolió físicamente, lo que llevaba diez días haciendo sin darse cuenta: había vuelto a poner a Lucía en segundo lugar, no por decisión consciente, sino por el mismo reflejo de siempre, el que le enseñó a los trece años que las emergencias no esperan y los sentimientos, en cambio, sí.

No vengas a pedirme ayuda cuando esa mujer también termine eligiendo su propia vida por encima de la tuya. Todos lo hacen, tarde o temprano.

Su padre se había equivocado en casi todo lo que le había dicho aquella tarde, pero en esa frase concreta, entendió Emir con una punzada de horror, tenía razón por completo, y la razón exacta por la que la tenía era que él mismo se lo había puesto en bandeja.

No fue a la oficina esa noche, ni llamó a Kerem todavía.

Cogió las llaves del coche, en cambio, y condujo hasta la mezquita de Eyüp, en la punta del Cuerno de Oro, donde veintidós años atrás había enterrado a su madre rodeado de trajes negros y de parientes que le decían que fuera fuerte, sin que nadie le preguntara nunca, después, cómo estaba de verdad.

No había vuelto desde entonces. Ni una sola vez, en veintidós años, había ido solo.

El patio, a esa hora, estaba casi vacío: un guarda somnoliento, unas palomas, el sonido lejano del teleférico que subía hacia la colina de Pierre Loti.

Emir se sentó en un banco de piedra, bajo un ciprés más viejo que la propia mezquita, y se quedó ahí mucho tiempo, sin rezar exactamente, pero sin marcharse tampoco, dejando que el lugar hiciera lo que llevaba veintidós años sin permitirle hacer: sostenerlo, un momento, sin exigirle nada a cambio.

—Debí venir antes —dijo, en voz alta, a nadie, al ciprés, a su madre—. Debí venir solo, sin que nadie me dijera cómo llorarte. Lo siento.

No lloró como había llorado su padre en aquel despacho, unos días antes: no fue un derrumbe.

Fue algo más callado, más parecido al alivio que a la pena, la sensación física de dejar caer, por fin, un peso que llevaba cargando tanto tiempo que había dejado de notar que lo cargaba.

Se quedó hasta que empezó a hacer frío, y cuando por fin se levantó, supo con una claridad nueva —no solo empresarial, esta vez, sino enteramente suya— exactamente qué era lo que no estaba dispuesto a seguir posponiendo.

Llamó a Kerem ya de madrugada.

—¿Emir? Son las dos de la mañana.

—Necesito que la reestructuración esté lista para presentarse en público en dos semanas, no en seis.

—¿Por qué el cambio repentino de urgencia?

—Porque llevo diez días protegiendo esta empresa exactamente de la misma manera en que mi padre protegió su silencio. Y hay una mujer a la que le prometí que no iba a ser el segundo hombre de su vida que hace eso. Se me está acabando el tiempo, Kerem.

No la llamó esa noche, ni al día siguiente, aunque la tentación fue constante.

Se contuvo, porque entendió que una llamada a medias sería exactamente el tipo de gesto vacío que Lucía ya había aprendido a no confiar.

Lo que necesitaba entregarle no eran más palabras.

Era la prueba, hecha y terminada, de que esta vez sí la había elegido a ella por encima de todo lo demás.

Las dos semanas siguientes las pasó reconstruyendo la empresa desde sus cimientos, con Kerem y un equipo de comunicación reclutado a toda prisa: reuniones al amanecer, comunicados reescritos una decena de veces, llamadas tensas con el banco.

Baran le llevaba comida que apenas tocaba.

Nur se sentaba en su despacho por las noches, sin decir nada, solo para que no trabajara completamente solo.

Nadie mencionó a Lucía en todo ese tiempo.

Emir tampoco lo hizo. Pero cada decisión que tomaba llevaba, sin que nadie más lo supiera, su nombre escrito debajo.