El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 34
94%

Capítulo 34

La inauguración del yalı restaurado se celebró un sábado de diciembre, con el jardín iluminado por decenas de farolillos que Sibel había insistido en colgar “a la manera antigua, como se hacía cuando la casa todavía recibía visitas”, y con la prensa local —la misma que dos semanas atrás había cubierto la rueda de prensa sobre Tevfik Aslan con titulares poco amables— ahora fotografiando, con un tono muy distinto, el regreso a la vida de una de las mansiones históricas más queridas de Estambul.

Lucía, con el billete de vuelta a Madrid comprado para el martes siguiente, recorrió la casa terminada con una mezcla de orgullo y tristeza que le costaba disimular delante de los invitados que se acercaban a felicitarla por el trabajo, uno tras otro, con un entusiasmo que en cualquier otro momento de su carrera la habría llenado por completo.

Un trío de músicos tocaba, en un rincón del salón principal, versiones instrumentales de canciones populares turcas, y camareros con bandejas de plata circulaban entre los invitados ofreciendo lokum de pistacho, çay servido en vasos diminutos, y copas de raki que la mayoría de los invitados turcos rechazaba con la misma cortesía formal con la que la aceptaban, más tarde, en petit comité, junto al embarcadero.

El anticuario de Çukurcuma había venido, invitado por Emir, y se paseaba por la casa señalando con orgullo silencioso los tiradores de bronce que él mismo había vendido meses atrás.

Recep, el antiguo trabajador de Bursa, estaba entre los invitados también, con un traje que claramente no se ponía a menudo, hablando con Kerem junto a la entrada.

Sibel recorría el jardín dando órdenes precisas a los camareros sobre dónde colocar cada farolillo, con la autoridad tranquila de quien lleva veinte años cuidando aquella casa mejor que nadie.

No había visto a Emir en más de un mes. Sabía, por Nur, que la reestructuración de la empresa había salido adelante, que la acción legal contra Tevfik avanzaba, que Halil había empezado, torpemente, a intentar recomponer algo con sus tres hijos.

No sabía nada más, y se había prohibido a sí misma preguntar.

Lo encontró a solas, poco antes de que empezara la fiesta de verdad, junto al embarcadero, con el mismo traje con el que lo había visto la primera vez, hacía cuatro meses, en el umbral de aquella misma casa.

—Hola —dijo Lucía, deteniéndose a un par de metros, sin saber muy bien si el protocolo entre ellos, después de un mes de silencio, permitía algo más que eso.

—Hola. —Emir la miró un largo instante, con una intensidad que a Lucía le recordó, de golpe, la primera mañana en que se habían enfrentado en ese mismo jardín—. Estás preciosa.

—Tú estás nervioso.

—Mucho. —Lo admitió sin ninguna coraza, lo cual, viniendo de él, dijo más que cualquier discurso preparado—. Voy a decir algo esta noche que llevo un mes entero ensayando y todavía no sé si voy a conseguir decirlo bien.

—¿Quieres ensayarlo conmigo primero?

—No. —Sonrió, apenas, con una calidez que Lucía llevaba semanas echando de menos sin querer admitirlo—. Prefiero que lo oigas por primera vez con todos los demás. Es lo único de esta noche que quiero que sea exactamente igual para ti que para el resto del mundo.

No dijo nada más. Le rozó la mano, brevemente, con una promesa muda que a Lucía le bastó para que el corazón le latiera el resto de la velada de un modo completamente distinto, y se alejó hacia la casa justo cuando Sibel apareció por el camino de grava, con una expresión extraña, mezcla de complicidad y nerviosismo, que a Lucía tampoco le pasó desapercibida.

—Deberías bajar a la casa —dijo Sibel—. Van a empezar los discursos.

—Voy en un momento.

—No. —Sibel la cogió del brazo, con una firmeza inusual—. Ahora, hanım. Confía en mí.

Cuando Lucía entró en el salón principal, ya completamente lleno de invitados, Emir estaba de pie junto a las vidrieras restauradas, con un micrófono en la mano y una expresión que, en cuanto sus ojos se encontraron con los de ella desde el otro extremo de la sala, dejó de lado por completo el discurso que, supuso Lucía después, debía de llevar preparado.

—Iba a hablar del proyecto —dijo Emir, ante la sala expectante—, de la restauración, de lo que esta casa significa para mi familia.

Y voy a hacerlo. Pero primero necesito decir algo que llevo semanas posponiendo, por la misma razón exacta por la que casi pierdo todo lo que de verdad me importa: porque pensé que había cosas más urgentes que atender primero.

Lucía sintió que el corazón le latía con una fuerza casi dolorosa, consciente de que toda la sala, incluidos Baran, Nur, Kerem y el propio Halil, la estaban mirando ahora a ella con la misma expectación con la que miraban a Emir.

—Lucía Ferrer llegó a esta casa hace cuatro meses, y yo la traté como una intrusa —continuó Emir, sin apartar los ojos de ella—.

Le puse condiciones, le negué explicaciones, y cuando por fin empecé a confiarle lo que llevaba veintidós años sin decirle a nadie, la puse en segundo lugar cada vez que una crisis pareció más urgente que ella.

Le prometí que no iba a ser el segundo hombre de su vida que hiciera eso.

Y durante unas semanas, se lo demostré exactamente al revés.

—Emir… —empezó Lucía, con la voz temblorosa, pero él negó con la cabeza, pidiéndole con el gesto que le dejara terminar.

—No he venido a pedirte perdón delante de toda esta gente porque sea la manera más cómoda de hacerlo.

He venido a decírtelo aquí, en esta casa que tú devolviste a la vida con tus propias manos, con la misma paciencia y el mismo cuidado con el que trataste cada viga, cada vidriera, cada verdad que nadie más se atrevió a mirar de frente.

Esta casa está en pie gracias a ti. Y yo también lo estoy, de una manera que no sabía que necesitaba hasta que llegaste.

Cruzó la sala, entre los invitados que se apartaban en un silencio absoluto, hasta quedar frente a ella, con el Bósforo visible a través de las vidrieras restauradas, tiñendo la escena de colores que Elif Sancak había elegido con sus propias manos cuarenta años atrás.

Lucía alcanzó a ver, por encima del hombro de Emir, la cara de Halil en primera fila: no la sorpresa que cabría esperar de un padre viendo a su hijo declararse en público, sino algo más parecido al alivio, casi al orgullo, de un hombre que llevaba veintidós años queriendo, sin saber cómo, que alguien de su familia se atreviera a decir en voz alta, delante de todos, exactamente lo que sentía.

—No te pido que te quedes por mí —dijo Emir, en voz baja, solo para ella, aunque toda la sala pudiera oírlo—.

Te pido que te quedes, si quieres quedarte, sabiendo que a partir de hoy no vas a volver a ser la segunda prioridad de nada, en ningún momento, por ninguna razón.

Te elijo a ti. Entera, sin condiciones, sin letra pequeña.

Es lo único que sé decir con certeza absoluta, después de meses aprendiendo que el silencio nunca protege lo que de verdad importa.

Lucía sintió que las lágrimas le corrían por la cara sin que le importara, delante de toda aquella gente, delante de una familia que había aprendido, a pulso, el precio exacto de callar demasiado tiempo.

—Llevo dos semanas con un billete de vuelta a Madrid comprado —dijo, con una risa mezclada de llanto que hizo sonreír, por fin, a Emir—. Y llevo dos semanas sin poder cancelarlo, porque una parte de mí seguía esperando exactamente esto.

—¿Y ahora?

—Ahora —dijo Lucía, acortando la última distancia entre los dos— creo que voy a tener que cambiar de planes.

El beso que siguió, esta vez, no lo interrumpió ningún teléfono. Solo el aplauso espontáneo de toda la sala, y las gaviotas gritando afuera, sobre un embarcadero que por fin, después de veintidós años, había vuelto a ser un lugar donde algo bueno podía empezar.