El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

—Un día —dijo Emir, la mañana siguiente a la ruptura del compromiso, apareciendo en la puerta de Lucía en Cihangir con dos cafés y una determinación poco habitual en él a esa hora—. Te debo un día entero sin que nadie nos interrumpa. Antes de que todo lo demás vuelva a reclamarnos.

—¿Qué tienes en mente?

—Büyükada. Nunca has ido, ¿verdad?

No había ido. Cruzaron en ferry desde Kabataş, casi una hora de travesía con el Bósforo abriéndose despacio hacia el mar de Mármara, y Lucía pasó buena parte del trayecto apoyada en la barandilla, viendo cómo Estambul se hacía pequeña detrás de ellos, mientras Emir, a su lado, le señalaba las otras islas del archipiélago con una familiaridad que delataba una infancia entera de veranos ahí.

—Mi madre nos traía cada julio —dijo, sin que ella se lo preguntara—. Alquilaba una casa cerca del puerto, sin coches, sin ruido, sin nadie que necesitara nada de ella durante tres semanas seguidas. Era la única época del año en que la recuerdo completamente relajada.

—¿Por qué dejasteis de venir?

—Después de que muriera, mi padre no volvió a mencionar la isla. Ni una vez. —Emir se quedó mirando el agua un momento—. Yo tampoco he vuelto, en realidad. Hasta hoy.

En Büyükada no circulaban coches, solo bicicletas y los carruajes de caballos que subían despacio por las calles empinadas hacia el monasterio de Hristos, en lo alto de la colina más grande, y Lucía y Emir alquilaron dos bicicletas destartaladas en el puerto y pedalearon sin rumbo fijo por calles flanqueadas de casas victorianas de madera, pintadas de colores que la sal del mar había ido suavizando durante un siglo.

Comieron pescado a la parrilla en una taberna con vistas al mar, sentados tan cerca el uno del otro que sus rodillas se rozaban bajo la mesa sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo, y Lucía descubrió, ese día, una versión de Emir que no había visto nunca: uno que se reía con la boca entera, que perdía apuestas tontas sobre quién llegaría primero a la cima de la colina y las pagaba sin protestar, que hablaba de proyectos futuros —una casa junto al mar, algún día, lejos de Levent y de los consejos de administración— como si por fin se permitiera imaginar una vida que no girara enteramente alrededor del control.

—Nunca te había visto así —le dijo, mientras subían a pie el último tramo hasta el monasterio, dejando las bicicletas apoyadas contra un árbol.

—¿Así cómo?

—Ligero. Como si no llevaras encima el peso de una empresa entera.

Emir se detuvo, a mitad de la cuesta, y la miró con una seriedad que no tenía nada que ver con el peso del que hablaba.

—Es porque no lo llevo. No hoy. —Le apartó un mechón de pelo de la cara, con una ternura deliberada—.

Llevo veintidós años sin permitirme un solo día que no estuviera al servicio de algo más grande que yo.

Y hoy, por primera vez, he decidido que tú eres, durante veinticuatro horas, lo único que importa lo suficiente.

Se sentaron en las escaleras del monasterio, con todo Estambul visible como una línea difusa en el horizonte al otro lado del mar, y Emir la besó despacio, sin ninguna urgencia esta vez, con la misma clase de atención minuciosa con la que Lucía trataba cada pieza de madera vieja que merecía la pena conservar: como si memorizara, a propósito, cada detalle de aquel momento para poder volver a él más tarde, cuando el mundo real reclamara de nuevo su atención.

—Gracias —murmuró Lucía, contra su boca—. Por este día.

—Gracias a ti —dijo Emir— por hacerme recordar que existen los días así.

Volvieron al último ferry de la tarde, ya de noche, con las manos entrelazadas y la sal todavía en la piel, sin saber ninguno de los dos que aquel iba a ser, durante muchas semanas, el último día completamente fácil que iban a compartir.