Capítulo 24
Cengiz Yalçın recibió la noticia con una frialdad comercial que a Emir le pareció, extrañamente, más fácil de soportar que cualquier reproche emocional: escuchó la propuesta alternativa de financiación que Kerem había preparado, hizo un par de preguntas afiladas sobre plazos y tipos de interés, y aceptó, al final, con el mismo tono con que habría cerrado cualquier otro trato de su carrera.
Aceptó también, sin que nadie se lo pidiera, hacer él mismo la llamada a su hija esa misma tarde, para que no se enterara del final del compromiso por terceros.
—Mi hija se lo va a agradecer más de lo que usted cree —fue lo único personal que dijo, antes de que Kerem y Emir salieran de su despacho—. Aunque no se lo diga nunca a la cara.
Halil, en cambio, no se lo tomó con ninguna frialdad comercial.
—¿Has perdido la cabeza? —La voz de su padre, cuando Emir se lo comunicó esa misma tarde en su despacho de Levent, tembló de una rabia que Emir llevaba años sin verle—.
Semanas negociando esta alianza, meses de trabajo diplomático con la familia Yalçın, ¿y lo tiras todo por una mujer que lleva dos meses en este país?
—No lo tiro por ella. Lo tiro porque nunca debí aceptarlo en primer lugar. Hay una alternativa de financiación sobre la mesa, baba. Kerem la tiene lista. Nadie tiene que casarse con nadie para salvar esta empresa.
—Una alternativa peor, con más riesgo, con inversores que no conocemos de nada.
—Una alternativa que no me convierte en una mercancía.
Halil se quedó en silencio un largo instante, con las manos apoyadas en la mesa, como si necesitara ese punto de apoyo para sostener algo mucho más pesado que la conversación en sí.
—Vas a arriesgar dos mil ochocientos empleos por un capricho —dijo, al fin, con una voz baja que asustaba más que cualquier grito—. Por una mujer a la que apenas conoces.
—La conozco mejor de lo que crees. Y no es un capricho. Es la primera decisión de mi vida adulta que tomo pensando en lo que quiero yo, no en lo que esta familia necesita que sacrifique.
—Esta familia —dijo Halil, y por primera vez en la conversación su voz se quebró, apenas, lo justo para que Emir lo notara y no supiera del todo qué hacer con esa grieta— te necesita entero, Emir.
No a medias, no distraído por una mujer que se va a ir dentro de unos meses cuando termine la obra. Entero.
—Entonces vas a tener que aceptar que “entero” ya no significa lo mismo que significaba hace veintidós años.
La frase se quedó suspendida entre los dos, más pesada de lo que Emir había pretendido, y vio, con una punzada de algo que no supo nombrar del todo, cómo su padre palidecía ligeramente, como si la mención de esos veintidós años —sin que Emir hubiera dicho nada más concreto— hubiera tocado algo que Halil llevaba mucho tiempo protegiendo de cualquier roce.
—Haz lo que quieras —dijo Halil, al fin, dándose la vuelta hacia la ventana en un gesto que Emir reconoció, con amargura, como el mismo con el que su padre daba por terminada cualquier conversación que no podía ganar—.
Pero no vengas a pedirme ayuda cuando esa mujer también termine eligiendo su propia vida por encima de la tuya. Todos lo hacen, tarde o temprano.
Emir salió del despacho sin responder a eso, con la sospecha incómoda de que aquella última frase no hablaba de Lucía en absoluto, sino de alguien que llevaba veintidós años muerto, y a quien su padre, por lo visto, seguía sin haber terminado de perdonar por haberse marchado.
Lucía abrió la puerta de su apartamento en Cihangir todavía con el mono de trabajo puesto, sorprendida de encontrar a Emir en el rellano a esas horas, sin avisar, con el nudo de la corbata deshecho y una expresión que no supo, al principio, si era de victoria o de agotamiento.
—Está hecho —dijo él, antes de que ella pudiera preguntar nada—. Cengiz Yalçın lo sabe. Defne lo sabe. Mi padre lo sabe, y no se lo ha tomado bien, pero está hecho. Ya no estoy prometido con nadie.
Lucía se quedó un momento sin decir nada, sintiendo que algo que llevaba semanas conteniendo —la cautela, la voz de Marta, el miedo concreto a volver a esperar demasiado de un hombre demasiado ocupado salvando otras cosas— se aflojaba, por fin, sin que ella pudiera hacer nada por sostenerlo un segundo más.
—Pasa —dijo, apartándose de la puerta.
Apenas cruzó el umbral, Emir la buscó de nuevo, esta vez sin la distancia prudente del embarcadero: le sostuvo la cara entre las manos y la besó como si llevara meses conteniendo exactamente ese impulso, mientras retrocedían juntos, sin dejar de tocarse, hacia la penumbra del pequeño salón con vistas al Bósforo que llevaba meses siendo, para Lucía, el único rincón de Estambul completamente suyo.
No hablaron mucho más esa noche. Lo que hubo entre ellos no necesitó palabras: manos que por fin no tenían que contenerse, prendas que caían al suelo sin ninguna prisa por recogerlas, la lentitud deliberada de dos personas que llevaban demasiado tiempo esperando ese permiso mutuo y querían que durara.
Después, con los cuerpos todavía entrelazados bajo la manta que Lucía nunca doblaba, llegó un silencio compartido que no se parecía en nada al silencio con el que aquella familia llevaba veintidós años protegiéndose de sí misma.
Este silencio no escondía nada. Solo descansaba.
—No quiero que esto sea solo un paréntesis antes de que vuelva la siguiente crisis —murmuró Lucía, mucho después, con la cabeza apoyada en el pecho de Emir, sintiendo el latido de su corazón despacio, por primera vez en semanas, no acelerado por nada urgente.
—No lo va a ser —dijo Emir, y aunque los dos sabían que las próximas semanas iban a ser, precisamente, la peor crisis que aquella familia hubiera atravesado nunca, en ese momento, en la oscuridad tranquila del apartamento de Cihangir, la promesa sonó, por una vez, completamente verdadera.