El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Los días que siguieron a Büyükada fueron, para Lucía, los primeros en meses en los que se permitió creer que quizás todo aquello —la casa, la ciudad, el hombre que había aprendido a amar a su pesar— podía terminar bien, sin más complicaciones que las habituales de cualquier historia nueva.

Emir volvió a pasar por la obra, sin ninguna excusa profesional que disimulara por qué, y los dos se permitieron, por primera vez, comportarse como lo que eran delante de Sibel y del resto del equipo: no un arquitecto y su cliente, sino dos personas que se buscaban con la mirada cada vez que el otro cruzaba una habitación.

Sibel no había dicho nada al respecto, pero había empezado a dejarles, sin que nadie se lo pidiera, dos vasos de té en vez de uno cada vez que los veía juntos, un gesto pequeño que a Lucía le pareció la mejor bendición que podía recibir en aquella casa.

Un mensaje de un número desconocido llegó una de esas tardes, justo cuando Lucía se disponía a cerrar la obra por el día.

Soy Defne. Me han dicho que ya es oficial. Solo quería decirte que estoy bien, de verdad, y que espero que esta vez las cosas les salgan bien a los dos. El mundo es más pequeño de lo que parece; seguro que volvemos a coincidir.

Lucía se quedó mirando el mensaje un buen rato, conmovida por una generosidad que no esperaba y que, sospechaba, debía de haberle costado a Defne mucho más orgullo del que la brevedad del texto dejaba adivinar.

Gracias por decírmelo tú misma, respondió, después de pensarlo. Espero que encuentres tu propia versión de esto, sea quien sea.

Ya la tengo, contestó Defne, casi al instante. Solo hace falta que el mundo esté listo para que yo la nombre en voz alta. Cuídate, Lucía.

No volvieron a escribirse después de eso, pero Lucía guardó la conversación, sin saber muy bien por qué, en una carpeta de mensajes importantes que casi nunca usaba.

Fue precisamente esa ligereza recién descubierta la que hizo que la llegada de Halil Sancak, una mañana de esa misma semana, sin avisar, cayera sobre Lucía con más fuerza de la que habría tenido en cualquier otro momento.

Por la manera en que cruzó la verja —sin esperar a que nadie lo recibiera, directo hacia la puerta principal— Lucía supo, antes incluso de que abriera la boca, que aquella no iba a ser una visita de supervisión rutinaria.

—Señorita Ferrer. Necesito hablar con usted a solas.

Sibel, que estaba a su lado revisando el estado de las vidrieras restauradas, se retiró discretamente hacia el jardín sin que nadie se lo pidiera, con la sensatez de quien lleva años sabiendo cuándo un patrón no quiere testigos.

—Dígame.

—Sé que hay algo entre usted y mi hijo. —Halil lo dijo sin rodeos, con la misma frialdad calculada con que Lucía lo había visto negociar el precio de un lote de mármol semanas atrás—. Y sé también que ha estado catalogando el estudio de mi esposa con más detenimiento del que yo había autorizado.

—Autorizó vaciar el ala, señor Sancak. Yo decidí hacerlo con cuidado, en vez de destruir sin más lo que había dentro. Es mi trabajo.

—¿Y qué ha encontrado, exactamente, en ese trabajo tan cuidadoso?

La pregunta llegó con un filo que Lucía no le había oído nunca, ni siquiera en las discusiones más tensas sobre presupuesto, y algo en su tono —la mezcla exacta de miedo y control que Lucía llevaba semanas aprendiendo a reconocer en aquella familia— le confirmó, con una certeza gélida, que Halil ya sospechaba la respuesta.

—Cosas personales. Una fotografía. Un cuaderno de apuntes de trabajo.

—No me mienta, señorita Ferrer. No se le da bien.

Lucía se obligó a sostenerle la mirada, con el mismo pulso firme que usaba para negociar con proveedores que intentaban timarla en el precio de la madera.

—Encontré el diario de su esposa. Y una carpeta con documentos sobre irregularidades en el mantenimiento de varias propiedades del grupo, con el nombre de Tevfik Aslan escrito por todas partes.

El silencio que siguió a esa frase fue tan absoluto que Lucía pudo oír, con total claridad, las gaviotas gritando sobre el embarcadero.

—Va a devolverme esos documentos —dijo Halil, al fin, con una voz que había perdido toda la calidez que Lucía le había conocido el día de la firma del contrato—. Hoy mismo. Y va a olvidar que los ha visto.

—No puedo hacer eso.

—Puede, y va a hacerlo. —Halil dio un paso hacia ella, no de manera amenazante en el sentido físico, sino con la amenaza mucho más precisa de quien sabe exactamente cuánto poder tiene sobre la vida profesional de otra persona—.

Una llamada mía, señorita Ferrer, y ningún estudio de arquitectura en Europa volverá a confiarle un proyecto de restauración patrimonial.

Puedo asegurarme de que su nombre quede asociado, para siempre, a un incumplimiento de contrato y a una filtración de información confidencial de la familia que la contrató.

Y puedo hacerlo sin que a mi hijo le quede ninguna duda razonable de que la culpa fue suya, no mía.

—Me está amenazando.

—Le estoy explicando las consecuencias de una decisión que todavía no ha tomado.

—Su voz se suavizó, apenas, lo justo para sonar casi razonable—.

Hay cosas que es mejor dejar donde estaban.

Esa casa lleva veintidós años en paz con su silencio.

No sea usted quien decida romperlo, por una verdad que no le pertenece y que no le va a devolver nada a nadie.

Lucía sintió que le temblaban las manos, no de miedo —aunque también había miedo, mezclado con todo lo demás—, sino de una rabia fría que llevaba semanas acumulándose sin que ella misma se hubiera dado cuenta del todo.

—Esa verdad no le pertenece a usted tampoco, señor Sancak —dijo, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella misma—. Le pertenecía a su esposa. Y ella quería que se supiera.

Halil no respondió a eso. Se dio la vuelta y se marchó por donde había venido, sin despedirse, dejando a Lucía sola en el vestíbulo con el corazón desbocado y una certeza que ya no admitía ninguna duda: fuera lo que fuera lo que Elif Sancak había descubierto veintidós años atrás, no podía seguir guardándoselo ni un solo día más.

Sacó el teléfono, buscó el nombre de Emir en la lista de contactos, y escribió un mensaje que llevaba semanas posponiendo.

Necesito verte. Esta noche. Es sobre tu madre.