El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Los días después de la cena de compromiso, Lucía se refugió en el trabajo con una entrega casi física, como si medir, catalogar y supervisar pudiera llenar el hueco que había dejado la certeza de haber visto, con sus propios ojos, la mano de Emir en la de otra mujer delante de dos familias enteras.

Sibel, que la veía llegar cada mañana antes que nadie y quedarse hasta que oscurecía, no dijo nada al respecto, pero empezó a dejarle, sin comentarios, una segunda ración de kahvaltı que Lucía casi nunca terminaba.

Fue en ese estado —agotada, orgullosa, decidida a no dejar que nada de aquello le impidiera hacer bien su trabajo— cuando Defne Yalçın se presentó en la obra sin avisar, un martes por la tarde, vestida con una sencillez que a Lucía la sorprendió después de haberla visto solo una vez, cubierta de joyas, bajo los flashes de la fiesta de compromiso.

—¿Tiene un momento? —preguntó, desde la puerta del que iba a ser el despacho definitivo de la casa restaurada—. No vengo a hacer una escena, se lo prometo. Vengo a decirle algo que llevo días queriendo decirle.

Lucía dejó los planos a un lado, con una cautela que no intentó disimular.

—La escucho.

—Sé lo que hay entre usted y Emir. —Defne lo dijo sin rodeos, con una calma que sorprendió a Lucía todavía más que la afirmación en sí—. No hace falta que lo niegue. Lo he sabido desde la cena de compromiso, viendo cómo la buscaba con los ojos cada dos minutos mientras fingía sonreírme a mí.

—Lo siento. De verdad. No era mi intención…

—No he venido a que se disculpe. —Defne se sentó, sin que Lucía la invitara, en la única silla libre de la habitación, con el mismo aplomo con el que probablemente había manejado cientos de negociaciones familiares desde niña—.

He venido a decirle que yo tampoco quiero este matrimonio.

Nunca lo he querido. Hay otra persona, alguien de quien no puedo hablarle todavía, ni siquiera a usted, que ocupa el lugar que se supone que debería ocupar Emir en mi vida.

—¿Por qué me cuenta esto?

—Porque llevo semanas viendo a dos familias enteras jugar con nuestras vidas como si fueran piezas de un tablero, y estoy cansada.

Cansada de fingir delante de las cámaras, cansada de que mi padre hable de mí como si fuera un activo más de la negociación, cansada de que todo el mundo dé por hecho que una mujer con dinero no tiene también un corazón que puede romperse por otra persona.

Lucía sintió que algo se le encogía por dentro, no por celos —ya no había espacio para celos, entendió, viendo la sinceridad completa en la cara de Defne—, sino por una culpa mucho más incómoda: la de haber tratado, sin conocerla, a aquella mujer como un obstáculo vacío, un nombre en una tarjeta de invitación, en vez de como una persona con su propia historia y su propio dolor.

—Lo siento —repitió, y esta vez lo dijo por algo completamente distinto.

—No lo sienta por mí. —Defne se levantó, con la misma serenidad con la que había entrado—.

Siéntalo, si acaso, por lo poco que nos hemos molestado en vernos las unas a las otras en toda esta historia.

Cuando Emir rompa el compromiso —y va a romperlo, se lo veo en la cara desde hace semanas—, no voy a llorarlo.

Voy a alegrarme, probablemente, más que usted misma.

—Espero que encuentre el valor de decírselo, algún día, a quien sea que está esperándola —dijo Lucía, antes de que Defne llegara a la puerta.

Defne se detuvo, y por primera vez en toda la conversación algo parecido a la vulnerabilidad real le cruzó la cara, rápido, antes de que la serenidad volviera a cerrarse sobre ella como una cortina.

—Es complicado. Más complicado de lo que parece desde fuera. —Sonrió, apenas—. Pero gracias. Quizás algún día, cuando todo esto sea solo una anécdota que contamos en cenas, se lo cuente con más detalle.

Se marchó tan tranquila como había llegado, dejando a Lucía a solas con una sensación incómoda que no terminó de disolverse en todo el día: la certeza de que, en aquella historia que llevaba meses viviendo como si fuera solo suya y de Emir, había otras personas cuyas vidas también estaban en juego, y a quienes nadie les había preguntado si querían formar parte de todo aquello.

El diario y la carpeta llevaban dos semanas escondidos en el fondo del armario de Lucía en Cihangir, envueltos en una bufanda que no usaba, y cada noche, al volver de la obra, Lucía se sentaba en el suelo del salón y los volvía a leer, como si esperara que las palabras cambiaran de significado a fuerza de repetición.

No cambiaban. Elif Sancak había descubierto algo real, algo con suficiente peso como para que alguien la amenazara por ello, y había muerto antes de poder denunciarlo.

Lucía sabía que debía contárselo a Emir.

Lo sabía con la misma claridad con la que sabía que una grieta en un muro de carga no se arregla tapándola con pintura.

Y sin embargo, cada noche, encontraba una razón nueva para posponerlo un día más, hasta que se admitió a sí misma, la séptima noche, cuál era la única razón verdadera: quería entregarle no solo la sospecha, sino algo parecido a una respuesta, para no ser ella quien le rompiera la vida en dos sin nada más que ofrecerle.

Al día siguiente, marcó el número de un antiguo compañero de universidad que ahora trabajaba como periodista de economía, con la excusa de “una consulta general sobre el sector textil turco” que ninguno de los dos se creyó del todo.

—¿Tevfik Aslan? —repitió su contacto, con una curiosidad inmediata que a Lucía le confirmó que no era la primera vez que alguien preguntaba por ese nombre en los últimos veinte años—.

Es un fantasma corporativo. Sale en las actas de socios de Sancak Holding, cobra dividendos, y no da ninguna entrevista desde hace más de dos décadas.

Ni una. Para alguien que ayudó a fundar una de las empresas familiares más grandes del país, eso es prácticamente un récord de silencio.

—¿Sabes por qué se retiró?

—Rumores, nada confirmado. Una disputa con Halil Sancak por la dirección de la empresa, dicen algunos. Otros, una mala inversión personal que lo dejó fuera de juego. Nadie ha conseguido nunca que hablara. ¿Por qué lo preguntas?

—Curiosidad profesional —mintió Lucía—. Su nombre aparece en unos documentos antiguos de una propiedad del grupo en la que trabajo.

—Si averiguas algo interesante, ya sabes dónde encontrarme.

Colgó con la sensación incómoda de haber abierto una puerta que quizás no le correspondía abrir todavía.

Diferencias personales con la familia, decía la única nota de prensa que había encontrado sobre la retirada de Tevfik.

La misma clase de frase vacía, pensó, que la gente usaba para no decir la verdad en voz alta.

Se quedó despierta hasta tarde esa noche, con el cuaderno de Elif abierto sobre las rodillas, releyendo una y otra vez la frase que más la perseguía: si me pasa algo, quiero que se sepa la verdad.

No sabía todavía que el tiempo, en aquella historia, se le estaba acabando mucho más deprisa de lo que ella pensaba.