Capítulo 21
La tormenta llegó sin avisar, una de esas tardes de finales de octubre en que el Bósforo cambia de humor en cuestión de minutos, y Lucía se quedó en el yalı más tiempo del prudente, asegurando lonas sobre el andamiaje del ala este mientras la lluvia empezaba a caer con la fuerza suficiente para hacer temblar los cristales antiguos que tanto trabajo le había costado conservar.
No esperaba ver los faros de un coche entrando por la verja a esas horas, ni mucho menos esperaba que fueran los de Emir, que bajó corriendo bajo la lluvia sin paraguas, con el traje ya empapado antes de llegar a la puerta.
—¿Qué hace aquí? —preguntó Lucía, dejando caer la última cuerda de la lona, con el corazón latiéndole de un modo que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.
—No lo sé —dijo Emir, y por primera vez desde que se conocían, sonó completamente sincero al admitir que no sabía algo—. He salido de una reunión, he visto que llovía, y he conducido hasta aquí sin decidirlo de verdad. Solo… necesitaba saber que estaba bien.
—Estoy bien. Estoy asegurando lonas, no ahogándome.
—Lo sé. Es una tontería. —Dio un paso hacia ella, con el pelo pegado a la frente por la lluvia—.
No he podido dejar de pensar en lo que me dijo.
Sobre ser la segunda prioridad de alguien.
Llevo dos semanas intentando encontrar la manera correcta de romper el compromiso sin hundir la empresa en el proceso, y cada día que pasa sin conseguirlo siento que le estoy demostrando exactamente lo que usted más teme que le demuestre.
—Todavía sigue prometido.
—Todavía sigo prometido —admitió Emir, sin apartar la mirada—.
Voy a arreglarlo. Tengo que hablar con Kerem, encontrar la manera de hacerlo sin que Cengiz Yalçın retire el capital de golpe.
Pero no podía seguir un día más fingiendo delante de usted que no he tomado ya la decisión, solo porque todavía no la haya ejecutado.
La lluvia seguía cayendo entre los dos, empapándolos por igual, y Lucía sintió que algo que llevaba semanas conteniendo —el miedo, la cautela, la voz de Marta recordándole a Álvaro cada vez que se permitía confiar un poco más— se rompía de golpe, sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.
Fue ella quien cruzó los dos pasos que los separaban, esta vez.
El beso, a diferencia del primero, no tuvo nada de callado ni de deliberado: fue urgente, empapado, con las manos de Emir enredándose en su pelo mojado y las de ella cerrándose en la tela de su camisa como quien se agarra a algo que lleva demasiado tiempo esperando agarrar.
Él la hizo retroceder, sin romper el beso, hasta que la espalda de Lucía encontró la pared del cobertizo del jardín, y ahí, resguardados apenas de la lluvia por un alero que goteaba sobre los dos, dejaron de fingir cualquier tipo de contención: las manos de Emir bajaron por su cintura, por debajo del abrigo empapado, con una urgencia que él ya no intentaba disimular, mientras Lucía le devolvía cada gesto con la misma falta de cautela, sintiendo contra el cuerpo entero el peso y el calor de él, tan real después de meses de imaginarlo que casi le dolía.
Duraron así, bajo la tormenta, mucho más tiempo del que ninguno de los dos habría podido explicar después, hasta que la lluvia empezó a amainar y el frío, por fin, se abrió paso entre ellos con la fuerza suficiente para que se separaran, sin aliento, las manos de Emir todavía sin decidirse a soltarla del todo, con las frentes juntas.
—Sigue prometido —dijo Lucía, en voz baja, más para sí misma que para él—. Ante todo el mundo, todavía sigue prometido.
—Lo sé. —Emir cerró los ojos un momento, con una expresión de culpa que no intentó disimular—. Y voy a arreglarlo, lo antes que pueda hacerlo bien y no solo rápido. Pero no podía seguir fingiendo ni un día más que lo que siento por usted cabe dentro de los límites de lo correcto.
—Eso no hace que sea menos complicado.
—No —admitió Emir—. Pero es la primera cosa verdadera que he dicho en mucho tiempo. Y necesitaba que usted fuera la primera en oírla.
Entraron en la casa, empapados los dos, y Sibel, que llevaba media hora protegiendo el material de la obra de la tormenta, los encontró en el vestíbulo goteando sobre el mármol recién pulido y no dijo una sola palabra al respecto, aunque la mirada que le dedicó a Lucía, mientras les tendía dos toallas que aparecieron de algún lugar de la casa con una rapidez sospechosa, decía más que cualquier comentario.
—Va a resfriarse, señor Sancak —fue lo único que dijo, con una formalidad que no engañaba a nadie.
—No sería la primera vez que esta casa me hace pasar frío, Sibel.
—Ni la última, sospecho. —Sibel se retiró hacia la cocina, dejándolos solos junto al fuego pequeño que alguien había encendido en la chimenea del salón principal para secar el ambiente húmedo de la tormenta, con la discreción exacta de alguien que lleva veinte años sabiendo cuándo una casa necesita que la dejen en paz.
Se sentaron juntos frente al fuego, envueltos en las toallas, sin ninguna prisa por moverse, mientras la tormenta seguía descargando afuera con la misma fuerza con la que, veintidós años atrás, se había llevado a la mujer que había dibujado aquel mismo salón.
—¿Tiene miedo? —preguntó Lucía, en voz baja, sin necesidad de especificar de qué.
—Cada vez que llueve así. Desde que tengo memoria. —Emir se quedó mirando las llamas, con una calma nueva que Lucía no le había visto nunca en presencia de una tormenta—. Pero esta noche menos que otras veces.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no estoy solo mirando por una ventana, preguntándome qué está pasando ahí fuera. —Le tomó la mano, entrelazando los dedos con los de ella frente al fuego—. Esta vez estoy dentro, con alguien que no me deja quedarme quieto viendo pasar las cosas sin más.