Capítulo 20
Emir la encontró en la obra al día siguiente, antes de la hora habitual, guardando en cajas de cartón los últimos objetos catalogados del estudio de su madre con una eficiencia mecánica que no se parecía en nada a la manera en que solía trabajar.
—No hace falta que finja que no me vio anoche —dijo él, desde la puerta.
—No estoy fingiendo nada. —Lucía no levantó la vista de la caja—. Estoy trabajando. Es lo que hago aquí, si no recuerdo mal los términos del contrato.
—Lucía.
—No. —Esta vez sí lo miró, y en sus ojos había algo que Emir no había visto nunca dirigido hacia él: no rabia, sino un cansancio profundo, del tipo que se acumula despacio y estalla de golpe—.
No voy a hacer esto. No voy a fingir que anoche no vi lo que vi, ni voy a fingir que no me dolió, porque eso sería mentirle a usted y mentirme a mí misma, y ya he pasado por eso una vez en mi vida y no pienso repetirlo.
—No he elegido esto.
—Lo sé. Y eso es exactamente lo que me asusta.
—Cerró la caja con más fuerza de la necesaria—.
Estuve con un hombre que tampoco “eligió” nunca elegirme a mí por encima de nada.
Nunca hubo un momento concreto en el que decidiera que yo importaba menos.
Simplemente, cada vez que tocaba elegir, siempre había algo más urgente.
Un proyecto. Un cliente. Una emergencia que no podía esperar.
Y un día me desperté y entendí que llevaba años siendo la segunda prioridad de alguien que nunca me lo había dicho con esas palabras, porque no hacía falta decirlo.
Se notaba en cada elección que no me incluía.
—Yo no soy él.
—No. Es peor, en cierto modo. —La voz de Lucía se quebró, apenas, lo justo para que Emir lo notara—. Porque a él no lo quería como lo quiero a usted, y ya es tarde para fingir que no es así.
El silencio que siguió a esa confesión —la primera vez que cualquiera de los dos ponía la palabra exacta sobre lo que estaba pasando entre ellos— se estiró tanto que Emir sintió que algo en su pecho se tensaba hasta el límite de romperse.
—Voy a romper el compromiso —dijo, al fin.
—No me lo diga si no está seguro. No puedo permitirme esperar una promesa que después no se cumple.
—Voy a romperlo —repitió Emir, con más firmeza—. No hoy. No de un día para otro, sin más, porque hay una empresa entera y dos mil ochocientos empleos que dependen de que lo haga bien, no rápido. Pero voy a romperlo, Lucía. Se lo prometo.
Lucía lo miró largamente, con una mezcla de esperanza y cautela que a Emir le dolió ver, porque sabía exactamente de dónde venía esa cautela y sabía que él, sin quererlo, la había alimentado.
—Le voy a creer —dijo por fin—. Pero solo porque quiero creerle. No porque tenga todavía ninguna prueba de que debería.
Se marchó antes de que él pudiera responder, dejándolo solo en el estudio vacío de su madre, con las cajas ya cerradas y el aire todavía lleno del perfume viejo de una mujer que llevaba veintidós años sin poder decirle a nadie lo que de verdad había pasado esa noche.
Lucía no volvió a casa directamente. Caminó, en cambio, por el paseo marítimo de Bebek durante casi una hora, con las manos hundidas en los bolsillos y la vista fija en el agua, dejando que el frío de noviembre le despejara la cabeza lo suficiente para no llamar a Marta todavía, no hasta saber ella misma qué era lo que sentía antes de tener que explicárselo a nadie más.
Le había dicho la verdad a Emir. Esa parte no le costaba ningún arrepentimiento.
Lo que la inquietaba, mientras veía a los pescadores recoger sus cañas al final de la tarde y a las familias pasear con la misma tranquilidad de cualquier día ordinario, era la facilidad con la que había pronunciado la palabra “quiero” delante de un hombre que todavía, técnicamente, pertenecía a otra mujer.
No se arrepentía de haberlo dicho. Se preguntaba, eso sí, si sería capaz de sostener esa verdad el tiempo que hiciera falta, sin convertirse, mientras esperaba, en la misma mujer que había jurado no volver a ser.
Cuando por fin volvió a Cihangir, encontró un mensaje de Nur esperándola, enviado sin que ella supiera todavía nada de lo ocurrido esa mañana.
Mi hermano lleva todo el día imposible en la oficina, según Kerem. ¿Sabes algo de eso?
Lucía sonrió, a su pesar, y no respondió enseguida, saboreando un segundo más la certeza incómoda y dulce de saber que, fuera lo que fuera lo que viniera después, ya no era la única persona en aquella ciudad cuyo día entero giraba, sin remedio, alrededor de Emir Sancak.