Capítulo 19
Kerem lo esperaba en el vestíbulo del hotel, con la pajarita ya perfectamente anudada y una expresión que no conseguía disimular del todo la lástima.
—Tienes cara de ir a un funeral, no a un compromiso.
—Es apropiado, entonces. Algo se muere esta noche.
—Todavía puedes cancelarlo.
—No puedo. —Emir se ajustó los gemelos, más por tener algo que hacer con las manos que por necesidad—. Cengiz Yalçın ya ha movido medio consejo de administración para estar aquí esta noche. Cancelar ahora sería peor que seguir adelante y arreglarlo después, con cabeza.
—Eso suena a algo que te estás repitiendo a ti mismo desde hace días.
—Porque lo llevo repitiéndome desde hace días. —Emir miró hacia el salón de baile, ya lleno de invitados, con la misma reticencia con la que un hombre mira el borde de un precipicio—. No hace que sea menos verdad.
Kerem no insistió más. Le dio una palmada en el hombro, con la familiaridad de quien lleva media vida presenciando las peores noches de su mejor amigo, y entraron juntos al salón.
El salón de baile del hotel Yalçın, el más lujoso del grupo hotelero de la familia de Defne, estaba decorado en tonos dorados y blancos que a Emir le parecieron, desde el momento en que cruzó la puerta, excesivos para lo que en realidad era: la puesta en escena pública de una decisión financiera.
—Sonríe un poco, hijo mío —le dijo Halil, en voz baja, mientras saludaban a la fila de invitados—. Pareces a punto de firmar tu propia sentencia.
—Es lo que estoy haciendo.
Defne Yalçın, cuando por fin llegó su turno de saludarla formalmente, le pareció a Emir exactamente lo que su padre había prometido: inteligente, serena, con una manera de sostenerle la mirada que sugería que ella tampoco estaba especialmente entusiasmada con la velada, aunque lo disimulara mejor que él.
—Podemos fingir bien los dos —le dijo, en voz tan baja que solo él pudo oírla, mientras posaban para la primera fotografía oficial de la noche—. Al menos hasta que se sirva el postre.
—Se lo agradezco.
—No me lo agradezca todavía. La noche es larga.
Fue durante el segundo brindis, con una copa de champán que no había tocado y una sonrisa que le costaba cada vez más sostener, cuando Emir vio entrar a Lucía por la puerta principal del salón, con un vestido oscuro que no había visto nunca y una carpeta bajo el brazo —invitada, supo de inmediato, no por su padre, sino por el propio comité de inversores del hotel, interesado en presumir del avance de la restauración del yalı ante los socios de los Yalçın.
Sus miradas se cruzaron una sola vez, desde extremos opuestos del salón, y Emir vio, con una claridad que le dolió físicamente, cómo Lucía mantenía la compostura profesional impecable que la había llevado hasta ahí —un saludo cortés a los organizadores, una sonrisa medida para los inversores que se acercaban a preguntarle por la obra— mientras, debajo de esa compostura, algo en sus ojos se cerraba, despacio, como una puerta que se decide a no volver a abrirse.
Un inversor del hotel la interceptó justo antes de que llegara hasta él, felicitándola efusivamente por unas fotografías del avance de la restauración que alguien había proyectado, minutos antes, en una pantalla junto a la entrada, y Emir la vio sonreír, responder preguntas técnicas con la misma precisión de siempre, sin que nadie más en aquel salón pudiera adivinar lo que le estaba costando sostener esa sonrisa a apenas quince metros de él.
El anuncio oficial del compromiso llegó poco después, de boca de Cengiz Yalçın, con las dos familias de pie junto a la tarta nupcial en miniatura que alguien había encargado, con un gusto que a Emir le pareció de mal gusto precisamente por lo prematuro, para simbolizar una unión que todavía ni siquiera se había pedido formalmente.
Aplausos. Flashes. La mano de Defne en la suya, fría y firme, sosteniendo la actuación que ambos habían acordado sostener.
Emir no volvió a mirar hacia donde había visto a Lucía por última vez. No hizo falta. Sabía, con la misma certeza con la que sabía leer un balance en descenso, que en algún momento de los aplausos que siguieron al anuncio, ella se había marchado del salón sin despedirse de nadie.
Pasó el resto de la noche cumpliendo cada gesto que se esperaba de él —el baile obligado con Defne, las fotografías con ambas familias, un brindis que pronunció sin oír su propia voz—, con la sensación física de estar viendo la escena entera desde fuera de su propio cuerpo, como si el verdadero Emir se hubiera quedado atrás, en algún punto del salón, mirando cómo un hombre con su misma cara sonreía en el lugar equivocado por las razones equivocadas.
Kerem lo encontró, ya pasada la medianoche, apoyado contra la barra del bar, con una copa que no había tocado.
—¿Sobrevivido? —preguntó, repitiendo la misma pregunta con la que solía recibirlo después de cualquier mala mañana en el despacho de su padre.
—Apenas.
—Se acaba pronto, Emir. Todo esto. —Kerem le quitó la copa de la mano y la dejó sobre la barra, con la firmeza cariñosa de quien lleva media vida evitando que su mejor amigo se ahogue en sus propias obligaciones—. Vámonos a casa.