Capítulo 18
El compartimento apareció al tercer día de catalogar el estudio, casi por accidente: Lucía estaba midiendo el fondo del armario empotrado junto a la mesa de dibujo, comparando la medida interior con la exterior para su informe, cuando la diferencia de casi diez centímetros entre ambas le confirmó lo que su instinto profesional ya sospechaba antes de sacar la cinta métrica.
Un panel falso, encajado con la misma habilidad artesanal que el resto de la carpintería de la casa, se abrió con una simple presión en la esquina inferior derecha, revelando un hueco no mayor que una caja de zapatos.
Dentro había un cuaderno de tapas de cuero gastado, y una carpeta de cartón atada con una cinta que en algún momento había sido roja y ahora era del color indefinido de las cosas que llevan demasiado tiempo sin ver la luz.
Lucía se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la mesa de dibujo, y abrió primero el cuaderno.
La letra era la misma que había visto en el reverso de la fotografía — pequeña, decidida, inconfundible—, y las primeras páginas hablaban de cosas sin importancia: apuntes de trabajo, medidas de un jardín, recordatorios sobre el cumpleaños de un niño llamado Baran.
Emir ha vuelto a reorganizar mi mesa de dibujo mientras yo no miraba, decía una entrada, fechada casi un año antes de la tormenta, con una letra más suelta, casi risueña.
Dice que mis lápices “no están en orden lógico”.
Tiene nueve años y ya corrige a su madre.
No sé si preocuparme o estar orgullosa. Probablemente las dos cosas, como con casi todo lo que tiene que ver con él.
Nur ha dicho su primera palabra completa hoy. No fue “mamá”, como esperaba. Fue “agua”, señalando el Bósforo desde la terraza. Halil dice que es porque esta casa está tan pegada al agua que los niños aprenden a nombrarla antes que a nosotros. Puede que tenga razón, por una vez.
Lucía sonrió, a su pesar, leyendo aquellas líneas ordinarias y luminosas, y sintió, con más fuerza que nunca, el peso concreto de la mujer que había escrito aquello: no un misterio, no una víctima abstracta, sino una madre real que corregía a su hijo con orgullo y celebraba las palabras de su hija recién nacida, ajena por completo a lo que se le venía encima.
Pero hacia la mitad del cuaderno, la letra empezaba a cambiar: se hacía más rápida, más apretada, como si quien escribía tuviera cada vez menos tiempo y más urgencia.
T. sigue insistiendo en que fue un accidente en la fábrica de Bursa. Los números no cuadran. Llevo semanas revisando las facturas de mantenimiento que él mismo firmó y las que realmente se ejecutaron. La diferencia es demasiado grande para ser un error.
Le he pedido explicaciones directamente. Se ha puesto nervioso de un modo que no le había visto nunca. Dice que si sigo insistiendo, va a “asegurarse de que nadie me crea”. No sé qué significa exactamente esa amenaza, pero no me gusta cómo suena.
He guardado copias de todo lo que he encontrado. Si me pasa algo, quiero que se sepa la verdad.
Lucía abrió la carpeta con manos que ya no estaban del todo firmes.
Dentro había fotocopias de facturas, informes de mantenimiento firmados con una rúbrica que se repetía una y otra vez —Tevfik Aslan—, y una carta a medio escribir, sin terminar, dirigida a un organismo de inspección industrial que Lucía no conocía, en la que Elif Sancak denunciaba, con el mismo lenguaje técnico preciso que Lucía reconocía porque era el suyo propio, un patrón sistemático de desvío de fondos de mantenimiento en al menos tres propiedades del grupo, incluida —la última línea, subrayada dos veces— el embarcadero del yalı familiar.
La carta no tenía fecha de envío. Por lo que Lucía podía deducir, nunca había llegado a mandarse.
Se quedó sentada en el suelo del estudio mucho después de que oscureciera, con el cuaderno abierto sobre las rodillas y la carpeta a su lado, sin atreverse a moverse, sintiendo que acababa de tocar, sin haberlo buscado del todo, el borde exacto de algo mucho más grande y mucho más peligroso que un secreto de familia.
Accidente no era, decidió, la palabra correcta. Pero tampoco tenía todavía ninguna prueba de qué palabra debía ocupar su lugar.
Guardó el cuaderno y la carpeta en su propia mochila, no en la caja de materiales catalogados, con una sensación de culpa que no consiguió justificar del todo racionalmente, y bajó las escaleras del yalı a oscuras, sin cruzarse con nadie, con el peso de aquellos papeles pesándole en la espalda mucho más de lo que deberían pesar unas pocas hojas de papel.