El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 17
47%

Capítulo 17

—El señor Sancak padre quiere adelantar la reforma del ala norte —dijo Sibel, entrando en el salón principal con una carta en la mano y una expresión que Lucía no le había visto nunca, entre la sorpresa y la cautela—.

Ha llamado esta mañana. Dice que los ingenieros advierten riesgo estructural y que no se puede seguir posponiendo.

Quiere la zona vaciada por completo antes de fin de año.

—¿Vaciada? ¿Se refiere al estudio también?

—Se refiere a todo el ala, hanım. Incluido el estudio.

Lucía sintió que algo se le encogía por dentro, una alarma profesional tan clara como cualquiera de las que la habían salvado, a lo largo de su carrera, de firmar una decisión de la que se habría arrepentido después.

Vaciar significaba, en la jerga habitual de una reforma urgente, retirar sin catalogar: sacar, tirar, empezar de cero.

Era la manera más rápida de resolver un problema estructural.

Era, también, la manera más segura de destruir cualquier cosa que llevara veintidós años esperando dentro de esa habitación.

—Dile al señor Sancak que voy a hacerlo —dijo Lucía, después de un silencio que a Sibel debió de parecerle demasiado largo—, pero a mi manera.

Cada objeto se cataloga, se fotografía y se guarda antes de tocar nada estructural.

No voy a vaciar un estudio de treinta años en un día solo porque alguien tenga prisa.

—Eso llevará semanas más de las que él quiere.

—Entonces llevará semanas más. No voy a firmar mi nombre debajo de una demolición disfrazada de restauración.

Sibel la miró un largo instante, con algo parecido al orgullo, y asintió sin añadir nada más.

La llave que abría la puerta del ala norte llegó esa misma tarde, en un sobre sellado que el propio Halil había mandado con su chófer, sin nota, sin explicación, como si el gesto de entregarla ya fuera, en sí mismo, suficiente concesión.

Antes de que Lucía llegara a probarla, Sibel se plantó delante de ella con algo pequeño apretado en el puño.

—Toma. —Le puso en la mano un nazar boncuk diminuto, el ojo azul de cristal que Lucía llevaba semanas viendo colgado en puertas y ventanas por toda la ciudad, sin haber tenido nunca uno propio—.

No sé qué vas a encontrar ahí dentro, hanım, pero veintidós años de silencio dejan mal de ojo en cualquier habitación. Mejor entrar protegida.

—Sibel, no creo que…

—No hace falta que creas en ello. —Sibel le cerró los dedos alrededor del amuleto, con una firmeza que no admitía discusión—. Hace falta que lo lleves. Por mí, si no por ti.

Lucía se lo guardó en el bolsillo del mono de trabajo, junto a la fotografía que llevaba semanas cargando sin enseñársela a nadie, y giró la llave en la cerradura con una lentitud que no tenía nada que ver con la mecánica y todo que ver con lo que sentía —la sensación clara de estar a punto de entrar en un lugar que nadie le había pedido de verdad que visitara, aunque tuviera el permiso formal para hacerlo—.

La puerta cedió con un quejido de bisagras oxidadas, y el aire que salió de dentro llevaba veintidós años sin respirar de verdad: polvo fino, madera cerrada, un rastro de perfume tan viejo que apenas era ya un recuerdo de sí mismo.

El estudio de Elif Sancak seguía exactamente como debía de haber estado el día en que ella lo dejó por última vez.

Una mesa de dibujo junto a la ventana, orientada hacia el Bósforo con la misma lógica con la que cualquier arquitecta habría orientado su mesa de dibujo, buscando la mejor luz posible.

Rollos de planos apoyados en un rincón, algunos a medio desenrollar, como si su dueña hubiera salido un momento con intención de volver.

Un jarrón, seco desde hacía dos décadas, con lo que alguna vez habían sido flores.

Y, sobre la mesa, una fotografía enmarcada —la misma mujer de sonrisa abierta que Lucía llevaba semanas guardando en un cajón, esta vez sosteniendo a un bebé que solo podía ser Nur.

Lucía se quedó de pie en el umbral durante un buen rato, sin atreverse a entrar del todo, con la sensación clara de estar pisando el interior de un duelo que no era suyo, y que sin embargo, de algún modo que no terminaba de entender, ya se había convertido en parte del suyo.

—Voy a cuidar de ti —le dijo, en voz baja, a la habitación entera, a la mujer de la fotografía, al niño serio que había llegado a amar sin haberlo decidido del todo—. Te lo prometo.

Sacó la cámara, la libreta, y empezó, pieza por pieza, con el mismo respeto exacto con el que había tratado cada centímetro de aquella casa desde el primer día, a catalogar lo que veintidós años de silencio habían dejado intacto.

Un juego de reglas de dibujo, todavía con las medidas en centímetros anotadas a lápiz en el estuche de madera.

Una taza de café, vacía, manchada por dentro con el poso de la última vez que alguien la usó.

Un cuaderno de bocetos, distinto del diario que encontraría días después, lleno de dibujos de jardines que nunca llegaron a construirse —terrazas escalonadas, una fuente circular junto al embarcadero, un pabellón de verano que Elif había imaginado para la casa y que Lucía, sin poder evitarlo, empezó a pensar en cómo terminar algún día, como si completar aquel jardín inacabado fuera, de algún modo, parte del mismo encargo que la había traído a Estambul.

Trabajó hasta que se le agotó la batería de la cámara, y cuando por fin salió del estudio, ya de noche, cerró la puerta tras de sí con el mismo cuidado con el que se cierra la puerta de un dormitorio donde alguien duerme, no la de una habitación vacía.