Capítulo 16
La llamada de su padre, aquella madrugada, había sido breve y sin importancia real —una duda sobre un documento que podía haber esperado perfectamente hasta las nueve—, lo cual, para Emir, fue casi peor que si hubiera sido urgente.
Significaba que Halil, de algún modo que Emir prefería no examinar demasiado, había sabido exactamente en qué momento llamar para interrumpir algo.
No volvió al yalı en tres días.
Se dijo a sí mismo que era por trabajo —había, en efecto, una fusión que cerrar, unos números que revisar antes del consejo de administración—, pero sabía, con la misma precisión con la que sabía leer un balance, que la verdadera razón era mucho más simple y mucho más incómoda: se había asustado.
No del beso. Del beso no se arrepentía, por mucho que lo intentara.
Se había asustado de lo fácil que le había resultado, después, contarle a una desconocida —porque eso era Lucía, técnicamente, una desconocida que llevaba dos meses en su vida— algo que no le había dicho ni a Kerem, ni a Baran del todo, ni a sí mismo en voz alta hasta esa noche.
—Estás raro —le dijo Kerem, el jueves, mientras revisaba con él los términos de la fusión en la sala de reuniones vacía—. Más raro de lo habitual, quiero decir. Llevas tres días sin mencionar la obra.
—No hay nada que mencionar.
—Ya. Y yo soy el director financiero del banco central. —Kerem dejó los papeles a un lado, con esa manera suya de saber exactamente cuándo el trabajo podía esperar—. ¿Qué ha pasado?
—Nada que vaya a cambiar nada.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Emir no respondió, y Kerem, que llevaba desde la universidad aprendiendo a leer los silencios de su mejor amigo con la misma precisión con la que Emir leía un contrato, no insistió. Solo cambió, con delicadeza, de tema.
—El sábado es la cena con los Yalçın. ¿Sigues decidido a ir?
—No tengo elección.
—Siempre hay elección, Emir. Solo que algunas te gustan menos que otras.
Aquella noche, en su apartamento de Nişantaşı, Emir se obligó a hacer lo que llevaba tres días evitando: sacar el teléfono y buscar, entre las fotografías de la última junta de accionistas, la que le habían mandado esa misma semana de la cena de compromiso que se estaba preparando en casa de los Yalçın —mesas puestas, flores, el logo de las dos empresas entrelazado en las tarjetas de invitación, todo organizado con la eficiencia de quien lleva meses planeando una boda que todavía no se había pedido oficialmente.
Se dijo que aquello era lo correcto. Que su padre tenía razón, que dos mil ochocientos empleos pesaban más que un beso robado antes del amanecer a una mujer que en unos meses, cuando terminara la obra, volvería a Madrid de todos modos.
Se lo dijo varias veces, con la misma disciplina con la que se decía cualquier otra cosa que necesitaba creerse para poder seguir funcionando.
No consiguió, ni una sola vez, que sonara del todo convincente.
Incapaz de quedarse en el apartamento con aquellas fotografías todavía abiertas en el teléfono, bajó a caminar sin rumbo fijo hasta que se encontró, casi sin darse cuenta, subiendo la cuesta empinada hacia la Torre de Gálata, la misma que veía cada día desde la ventana de su despacho sin haber puesto un pie ahí en años.
La zona, de noche, bullía de una vida que Emir había olvidado que existía tan cerca de sus propias oficinas: terrazas llenas de gente joven, música saliendo de bares con las puertas abiertas, turistas fotografiando la torre iluminada contra el cielo negro.
Se sentó en un banco desde el que se veía el Bósforo entero, con Beyoğlu detrás y Bebek —y el yalı, y Lucía— demasiado lejos como para distinguirse, pero lo bastante cerca como para que Emir sintiera, con una claridad física, hacia dónde tiraba en realidad todo lo que llevaba dentro.
Se quedó ahí más de una hora, sin llamar a nadie, sin resolver nada, solo dejando que la ciudad entera —esa ciudad que tanto había amado su madre, que tanto estaba empezando a amar Lucía— le recordara, con su ruido y su vida indiferente a los problemas de una sola familia, que existía un mundo entero fuera del despacho de su padre.
Halil lo llamó a su despacho al día siguiente, no para hablar de la fusión, sino para revisar en persona los últimos detalles de la cena de compromiso: el discurso que se esperaba de Emir, el orden de los invitados, el momento exacto en que debía entregarle a Defne el anillo que ya llevaba semanas guardado en la caja fuerte de la familia.
—Vas a sonreír durante el brindis —dijo Halil, sin levantar la vista de la lista de invitados—. No hace falta que finjas entusiasmo. Basta con que no parezcas un hombre camino del patíbulo.
—Haré lo que pueda.
—Emir. —Su padre por fin lo miró, con una expresión que, por un instante, se pareció más a la preocupación genuina que a la exigencia habitual—. Sé que no es fácil. Créeme que, si hubiera otra manera, la habría encontrado ya.
—¿La has buscado de verdad? ¿O has decidido que esta era la más cómoda y has dejado de mirar?
Halil no respondió a eso, y el silencio que siguió le confirmó a Emir, con una claridad incómoda, que la pregunta había dado más en el blanco de lo que su padre estaba dispuesto a admitir.
Salió del despacho sin la satisfacción de haber ganado nada, solo con la certeza cada vez más pesada de que llevaba días evitando a la única persona que, en las últimas semanas, le había hecho sentir que sus propias preguntas merecían de verdad una respuesta.