El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Le he besado. O me ha besado él. Ya no sé ni el orden de los verbos.

Lucía escribió el mensaje a las seis y media de la mañana, todavía con el abrigo puesto, sentada en el borde de su cama en Cihangir sin haberse quitado los zapatos, y se lo mandó a Marta, su mejor amiga desde la facultad, antes de poder pensárselo dos veces.

La respuesta llegó casi al instante, lo que en Madrid significaba que Marta llevaba despierta un buen rato, probablemente con su hijo pequeño subido encima.

¿EL DE LA CASA? ¿El del ala prohibida y las condiciones imposibles? Cuenta. Ahora. Con detalles.

Lucía sonrió, a su pesar, y tecleó una versión resumida —la tormenta que no llovió esa noche pero que llevaba dos meses cayendo entre los dos de todos modos, la confesión sobre su madre, el embarcadero, el beso que duró exactamente lo que tardó en sonar un teléfono— y esperó, con el estómago todavía revuelto, la reacción de la única persona en el mundo que conocía toda la historia de Álvaro sin necesitar que se la explicara otra vez.

Lucía. Cariño. Dime que no es otro hombre poderoso con una empresa que lo necesita más de lo que te necesita a ti.

El mensaje le cayó como un jarro de agua fría, más por lo certero que por lo cruel —Marta nunca había sido cruel, solo exactamente honesta, que a veces dolía más—.

No es lo mismo, escribió Lucía, y borró la frase antes de mandarla, porque ni ella misma se la creía del todo.

Está prometido, escribió en su lugar. Con la hija de un socio de su padre. Para salvar la empresa familiar.

Hubo una pausa larga, del tipo que en un mensaje de texto solo puede significar que la persona al otro lado está eligiendo las palabras con mucho cuidado.

Vale. Necesito que me escuches, aunque sea a través de una pantalla y a seis mil kilómetros de distancia.

No te estoy diciendo que no confíes en él.

Te estoy diciendo que hace seis meses estuviste a punto de pasarte la vida entera siendo la segunda prioridad de un hombre brillante que nunca te lo dijo con esas palabras, pero que actuaba exactamente así todos los días.

Y ahora me cuentas de otro hombre brillante, con una empresa que lo necesita, un padre que decide por él, y un compromiso que todavía no ha roto.

Solo pregúntate, antes de seguir, si esta vez sabes distinguir a tiempo la diferencia entre “está enamorándose de ti” y “todavía no ha decidido elegirte a ti por encima de todo lo demás”.

Lucía dejó el teléfono sobre la cama y se quedó mirando el techo un buen rato, con la ropa de trabajo todavía puesta y el frío del amanecer metido en los huesos.

Sabía que Marta tenía razón, en teoría. Lo sabía con la misma claridad profesional con la que sabía que una viga con la veta torcida iba a ceder tarde o temprano, por muy bien que se disimulara el defecto con una buena capa de barniz.

Y sin embargo, tumbada por fin en la cama, con los ojos cerrados y el recuerdo todavía fresco del embarcadero, de la respiración de Emir contra la suya, del silencio que él había roto por primera vez en veintidós años solo para ella, Lucía tuvo que admitir, aunque solo fuera a sí misma, que aquella mañana no tenía ninguna intención de escuchar a la razón.

Todavía no. Quizás, se prometió, mientras el sueño por fin la vencía, solo un poco más tarde.

Llegó a la obra tres horas más tarde de lo habitual, con unas gafas de sol que no engañaron a nadie y un café que Sibel le puso en las manos sin hacer ningún comentario, aunque la mirada que le dedicó dejaba claro que sabía perfectamente que algo había cambiado.

Nur, que había vuelto a presentarse sin avisar, la encontró apoyada contra la pared del vestíbulo, todavía con el café sin tocar.

—Tienes cara de no haber dormido —dijo, sentándose a su lado en el suelo recién pulido, sin ningún respeto por la ropa cara que llevaba puesta—. O de haber dormido demasiado bien. Es difícil saberlo desde fuera.

—He dormido fatal.

—Ya. —Nur sonrió, con la misma malicia cariñosa con la que hacía casi todo—. ¿Y ha valido la pena?

Lucía no respondió, pero algo en su cara debió de responder por ella, porque Nur soltó una carcajada y le dio un golpecito en el hombro con una complicidad instantánea, del tipo que solo se construye entre mujeres que han decidido, sin necesidad de discutirlo, estar en el mismo bando.

—Mi hermano —dijo Nur, poniéndose seria de golpe— lleva veintidós años sin dejar que nadie se le acerque de verdad. Sea lo que sea que haya pasado anoche, has conseguido algo que ni Baran ni yo hemos conseguido nunca del todo. No sé si eso te asusta o te enorgullece, pero deberías saberlo.

—Un poco las dos cosas, la verdad.

—Ven, te voy a preparar un café turco de verdad, no esa cosa aguada del termo de Sibel. Con esta cara que tienes, hoy toca leer los posos.

Se sentaron en la cocina de obra, y Nur, con una seriedad teatral que contradecía por completo lo que acababa de decir sobre no creer en nada, le dio la vuelta a la taza de Lucía sobre el plato, esperó a que se enfriara, y la examinó con los ojos entornados como una adivina de feria.

—Veo un hombre —anunció, muy solemne—. Alto, con una coraza que no sabe quitarse solo, y un desastre absoluto pidiendo las cosas que quiere en vez de sentarse a esperar a que se las ofrezcan.

—Eso no hace falta que me lo diga el café, Nur.

—Ya lo sé —dijo Nur, riendo, dejando por fin caer la solemnidad—.

Pero suena mejor si finjo que lo he visto en los posos.

Bienvenida al club —añadió, levantándose y tendiéndole una mano para ayudarla a hacer lo mismo—.

Ahora ven. Necesito una opinión sincera sobre unos bocetos, y tú eres la única persona en esta ciudad que no me dice que sí a todo solo porque soy una Sancak.