El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

—Ven —dijo Lucía, levantándose y tendiéndole la mano, sin darle tiempo a pensárselo—. Si vamos a hablar de esto, prefiero que sea donde pasó, no sentados en el suelo de un salón lleno de planos.

Salieron al jardín. Faltaban todavía dos horas para el amanecer, y el Bósforo, a esa hora, tenía el color de la pizarra mojada, casi negro, salpicado de las luces lejanas de los ferris que ya empezaban su primera ronda del día.

Bajaron juntos hasta el embarcadero de piedra, y Emir se detuvo a un par de metros del borde, con una rigidez que Lucía reconoció enseguida como algo mucho más profundo que el frío de la madrugada.

—No he bajado hasta aquí en veintidós años —dijo—. Ni una sola vez.

—No tenemos que quedarnos si no quiere.

—Quiero. —Dio un paso más, después otro, hasta quedar junto a ella, a menos de un metro del agua—. Mi madre se llamaba Elif. Era arquitecta también, ¿lo sabía? Diseñó ella misma buena parte de los jardines de esta casa, y las vidrieras del salón principal.

—Lo había intuido. Por cómo hablan de ella todos los que trabajaron aquí.

—Murió aquí mismo, una noche de tormenta como aquella.

La versión oficial es que resbaló, que el agua estaba alta, que fue un accidente sin más explicación posible.

—Emir miró el agua, tan negra que apenas se distinguía de la orilla—.

Yo tenía trece años. Nunca vi el cuerpo.

Nunca me dejaron acercarme a esta parte del jardín, ni siquiera al funeral, que se celebró en la mezquita, lejos de aquí.

Y mi padre selló su estudio esa misma semana y no ha vuelto a abrirlo desde entonces, salvo para limpiarlo en secreto, una vez al mes, sin que nadie más pueda entrar.

—¿Y usted cree que hay algo más?

—Creo —dijo Emir, despacio, como si cada palabra le costara físicamente salir— que llevo veintidós años construyendo toda mi vida alrededor de una pregunta que nunca me he atrevido a hacer en voz alta.

Y que usted es la primera persona a la que se lo cuento sin que se lo haya sacado a base de insistir.

Lucía no dijo nada. Se acercó, despacio, hasta quedar a su lado, lo bastante cerca para que sus manos casi se rozaran sobre la barandilla de piedra del embarcadero, y dejó que el silencio hiciera lo que llevaba toda la conversación haciendo: sostener, sin necesidad de palabras, algo demasiado pesado para decirlo entero de una vez.

—Gracias —dijo Emir, al fin—. Por preguntar. Por quedarse a escuchar la respuesta.

—No tiene que darme las gracias por eso.

—Sí tengo. —Se volvió hacia ella, y en la luz gris del amanecer que empezaba a filtrarse por el este, Lucía pudo ver, por primera vez desde que se conocían, la cara de Emir Sancak completamente desarmada, sin ningún resto de la coraza con la que se había plantado en la puerta de aquella misma casa dos meses atrás—.

Nadie me pregunta nunca cómo estoy y espera de verdad una respuesta. Usted lo hace desde el primer día.

—Quizás porque no me creí nunca del todo el “estoy bien” que me dio la primera vez.

—No lo estaba. No lo he estado en mucho tiempo.

—Lo sé.

Fue Emir quien acortó la distancia, esta vez, con una lentitud deliberada que le daba a Lucía todo el tiempo del mundo para apartarse si quería.

No se apartó. Le puso una mano en la mejilla, con un cuidado que contrastaba con la urgencia que Lucía sentía crecer debajo de su propia piel, y cuando por fin la besó fue tan callado como todo lo demás en él al principio —nada que reclamara nada, solo la certeza tranquila de dos personas que llevaban semanas acercándose a esto sin decírselo ni a sí mismas—, hasta que dejó de serlo: la mano que sostenía su cara bajó hasta su cintura, atrayéndola contra él, y el beso, sin dejar de ser lento, se volvió más hondo, más consciente de sí mismo, de modo que Lucía tuvo que agarrarse a las solapas de su abrigo para no perder del todo el equilibrio sobre las piedras del embarcadero.

Duró exactamente hasta que el teléfono de Emir, en el bolsillo de su abrigo, empezó a vibrar con la insistencia particular de las llamadas que no van a dejar de sonar hasta que alguien conteste.

Se apartó, con la respiración todavía alterada, y miró la pantalla. Baba.

—Tengo que contestar.

—Lo sé —dijo Lucía, aunque algo en su voz dejaba claro que una parte de ella habría preferido que el mundo entero esperara un poco más.

Emir se llevó el teléfono al oído y se alejó unos pasos hacia la casa, y Lucía se quedó sola en el embarcadero, con el amanecer subiendo por fin sobre el Bósforo, sintiendo en los labios el eco de algo que sabía, con la misma certeza con la que sabía leer una viga, que iba a complicarle la vida mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir esa madrugada.