Capítulo 13
En el sueño, siempre llovía.
Emir tenía trece años, y estaba de pie junto a la ventana de su habitación, en camisa de dormir, viendo caer una tormenta que hacía temblar los cristales antiguos en sus marcos.
Abajo, en el jardín, había voces —dos, quizás tres— que la lluvia deshacía antes de que llegaran a formar palabras completas.
Bajaba la escalera descalzo, con el corazón latiéndole en la garganta, y llegaba hasta la puerta del jardín justo cuando unas manos lo agarraban por los hombros y lo hacían darse la vuelta.
Vuelve a tu cuarto, aslanım. No es nada. Vuelve a tu cuarto.
Era la voz de la niñera, no la de su padre.
Eso era lo único que el sueño le daba siempre con total claridad: que su padre no había estado ahí, en ese instante exacto, para llevarlo de vuelta arriba.
Que había sido otra persona quien lo había alejado de la ventana, del jardín, de lo que fuera que estaba pasando ahí fuera.
Y que para cuando por fin consiguió liberarse y volver a la ventana de su cuarto, ya no había voces.
Solo su padre, de pie junto al agua, completamente inmóvil bajo la lluvia, con una postura que un niño de trece años no supo entonces leer, y que un hombre de treinta y cinco seguía sin saber leer del todo.
¿Había llegado su padre corriendo, alertado por algo que ya había pasado? ¿O llevaba ya ahí un rato, quieto, cuando su hijo por fin consiguió mirar?
El sueño nunca se lo decía. Nunca se lo había dicho, en veintidós años.
Emir se despertó de golpe, empapado en sudor, con la certeza física de que había gritado, aunque el apartamento silencioso de Nişantaşı le confirmara que no había hecho ningún ruido en absoluto. Miró el teléfono. Las tres y veinte de la madrugada.
No hizo falta que mirara el calendario para saber por qué el sueño había vuelto esa noche con más fuerza que de costumbre.
Llevaba viniendo, cada año, en algún punto de la primera quincena de octubre, desde que tenía trece años.
Nunca el mismo día exacto. Siempre esa misma semana, como si su propio cuerpo llevara la cuenta de algo que su mente se negaba a contar en voz alta.
Un mensaje de Baran llegó a las tres y media, sin que Emir hubiera dicho nada todavía a nadie.
Hoy es el día, ¿verdad? Yo tampoco puedo dormir. No hace falta que contestes. Solo quería que supieras que no eres el único despierto por ella esta noche.
Emir se quedó mirando el mensaje un largo rato, sin saber muy bien cómo responder a la certeza tranquila de que su hermano, a kilómetros de distancia, llevaba veintidós años cargando exactamente el mismo peso en la misma fecha sin que ninguno de los dos se lo hubiera dicho nunca al otro con tanta claridad.
Gracias, escribió, al fin. Fue lo único que consiguió teclear, pero Baran, lo sabía, iba a entenderlo entero de todos modos.
No pudo volver a dormirse. Se vistió, cogió las llaves del coche, y condujo hacia el yalı sin decidir conscientemente que era ahí adonde iba, hasta que ya estaba aparcando junto a la verja y viendo, con una sorpresa que tardó un segundo en asentarse, una luz encendida en el salón principal.
Encontró a Lucía sentada en el suelo, rodeada de planos, con una taza de té frío olvidada a su lado y el pelo recogido de cualquier manera con un lápiz atravesado.
—Son las cuatro de la mañana —dijo Emir, desde la puerta.
—Lo sé. Estoy resolviendo un problema con el drenaje del jardín antes de que el ingeniero llegue a las ocho y me diga que es imposible sin haberlo pensado él mismo.
—Levantó la vista, y algo en la cara de Emir debió de decirle más de lo que él pretendía, porque su tono cambió de inmediato—. ¿Qué le pasa?
—Nada. No podía dormir.
—Eso no es lo mismo que nada.
Emir se sentó en el suelo, frente a ella, entre los planos extendidos, en un gesto que dos meses atrás habría sido impensable en él y que ahora le salió sin pensarlo.
—Cada año, por estas fechas, sueño con la noche en que murió mi madre — dijo, y la sorpresa de haberlo dicho en voz alta, sin que nadie se lo pidiera, fue casi tan grande como la propia confesión—.
Nunca se lo he contado a nadie fuera de la familia.
Ni siquiera dentro de la familia, en realidad.
Baran lo sabe porque él también sueña con esa noche, a su manera.
Nur no se acuerda de casi nada, tenía cuatro años. Mi padre no habla de ello nunca.
Lucía no dijo nada enseguida. Dejó a un lado los planos, con cuidado, y esperó, con la misma paciencia con la que esperaba a que una viga terminara de asentarse antes de cargarla con peso.
—¿Qué recuerda? —preguntó, al fin, con la voz más baja que Emir le había oído nunca.
—Lluvia. Voces que no llegaban a formar palabras.
Que alguien me apartó de la ventana antes de que pudiera ver nada con claridad.
Y a mi padre, después, de pie junto al agua, completamente quieto.
—Emir se pasó una mano por la cara, en un gesto que a Lucía le resultó dolorosamente familiar, porque era exactamente el mismo que había visto hacer a Halil la primera vez que espió sin querer por la ventana del despacho—.
Nunca he sabido si llegó corriendo, alertado por algo, o si ya estaba ahí desde antes.
Nunca se lo he preguntado. Llevo veintidós años sin atreverme a preguntárselo.
—¿Por qué no?
—Porque una parte de mí —dijo Emir, y esta vez su voz sí tembló, apenas, lo suficiente para que Lucía lo notara— lleva veintidós años sospechando que no me va a gustar la respuesta.