El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Lucía, una tarde de finales de septiembre, mientras ayudaba a Sibel a catalogar los azulejos de Iznik que habían aparecido, milagrosamente intactos, detrás de un tabique falso en la cocina.

Llevaban semanas trabajando juntas el tiempo suficiente para que Lucía se hubiera ganado el tuteo de Sibel, un privilegio que esta concedía, según le había explicado, “solo a la gente que trata bien a esta casa”.

—Pregunta.

—¿Cómo murió, exactamente, Elif hanım?

Sibel dejó el azulejo que tenía entre las manos sobre la mesa, con un cuidado que a Lucía le pareció excesivo para un objeto que llevaba décadas soportando cosas peores.

—Una tormenta. Cayó al agua, cerca del embarcadero. —Hizo una pausa, eligiendo las palabras con el mismo cuidado con que había dejado el azulejo—. Eso es lo que se dice. Es lo que se ha dicho siempre, desde que yo entré a trabajar aquí, que fue dos años después.

—Pero no es todo lo que se piensa.

—No he dicho eso.

—No hacía falta que lo dijeras.

Sibel suspiró, y por un momento pareció mucho más cansada de lo que su energía habitual dejaba adivinar.

—Esta es una familia que sabe guardar silencio mejor que ninguna otra que haya conocido, hanım.

El señor Sancak no ha vuelto a mencionar aquella noche en veintidós años, ni una sola vez, ni siquiera cuando alguien intentaba, con buena intención, sacar el tema en su presencia.

Y en esta ciudad, cuando alguien calla así de bien durante así de mucho tiempo, la gente empieza a preguntarse por qué.

—¿Tú qué crees?

—Creo que no es asunto mío creer nada. —Pero al decirlo, Sibel bajó la voz, y miró hacia la puerta de la cocina como si temiera que alguien más pudiera oírla—.

Creo, también, que el estudio de la señora sigue cerrado con llave después de veintidós años, y que a un hombre no le cuesta tanto trabajo cerrar una puerta por duelo.

Le cuesta mucho más trabajo mantenerla cerrada dos décadas enteras, salvo que haya algo detrás de ella que teme más que el propio duelo.

Lucía no dijo nada. Se quedó mirando el azulejo de Iznik, con su patrón de tulipanes rojos y azules pintado a mano hacía más de un siglo, y pensó en la fotografía que todavía guardaba en el cajón de su escritorio, y en la letra decidida que había escrito Canım en el reverso, y en la puerta del ala norte que se limpiaba una vez al mes sin que nadie más se acercara.

—Nunca le había preguntado esto a nadie —dijo Sibel, recogiendo por fin el azulejo y guardándolo con cuidado en la caja acolchada—.

Y quizás no debería habértelo dicho a ti.

Pero llevas semanas mirando esta casa como si de verdad le importara lo que le pasó, no solo lo que va a costar arreglarla. Eso, en esta familia, no es poca cosa.

—Me importa —dijo Lucía, y se sorprendió de lo cierto que sonaba—. Más de lo que debería, probablemente.

—Eso —dijo Sibel, con una sonrisa pequeña que no llegaba del todo a los ojos— ya lo había notado yo sola, hanım. No hacía falta que lo dijeras.

Terminaron de catalogar los azulejos ya de noche, a la luz de una lámpara portátil, y Sibel, en un gesto poco habitual en ella, se sentó en el suelo de la cocina en vez de levantarse enseguida, con la espalda apoyada contra el armario recién restaurado.

—¿Puedo preguntarte yo algo ahora? —dijo—. ¿Por qué nunca has vuelto a hablar del hombre con el que ibas a casarte?

Lucía se rio, sorprendida por la franqueza directa, tan distinta a la cautela con la que la propia Sibel hablaba de su patrona muerta.

—Porque no hay mucho que contar. Se llamaba Álvaro. Éramos socios en el mismo estudio, antes de ser pareja. Era buena persona, en realidad. Solo que nunca terminó de verme como algo más que la firma pequeña debajo de la suya en los planos.

—¿Y aquí? —Sibel señaló, con un gesto vago que abarcaba la casa entera, el jardín, el Bósforo al otro lado de las ventanas—. Aquí no eres la firma pequeña de nadie.

—Aquí soy la única firma, la verdad. —Lucía sonrió, con una punzada de orgullo que todavía le costaba nombrar sin sentirse presuntuosa—. Es la primera vez en mi carrera que un proyecto es completamente mío, de principio a fin.

—Entonces entiendo por qué te has enamorado de esta casa así de rápido. —Sibel lo dijo con la naturalidad de quien no está insinuando nada más que lo que dice—. Y quizás entiendo también por qué te está costando tanto no fijarte en quien la mira igual que tú.

Lucía no respondió a eso, y Sibel, satisfecha con haber sembrado la semilla sin necesidad de insistir, se levantó por fin y empezó a apagar las luces de la cocina, una por una, mientras le contaba, sin que nadie se lo pidiera, que ella misma nunca se había casado, que había estado prometida una vez, hacía treinta años, con un pescador de Bodrum que murió en el mar antes de la boda, y que desde entonces prefería querer a las casas, que se dejaban restaurar, en vez de a los hombres, que casi nunca se dejaban.

—No todos son iguales, Sibel.

—Lo sé, hanım. —Sibel apagó la última luz, dejando la cocina a oscuras salvo por la luna que entraba por la ventana—.

Pero a mi edad, ya elijo mis batallas. Esta casa me ha dado más alegría en veinte años que cualquier hombre me dio en los primeros treinta de mi vida. No es una mala manera de vivir.

Llamó a su madre esa misma noche, ya en el apartamento de Cihangir, con la diferencia horaria a su favor por una vez —en Madrid todavía era media tarde—, y se sorprendió a sí misma hablándole más de Estambul que de la obra en sí: de los azulejos de Iznik, del kahvaltı de los domingos, de una capataza que había perdido a su prometido en el mar hacía treinta años y aun así se levantaba cada mañana con más energía que nadie que Lucía hubiera conocido.

—Se te oye distinta —dijo su madre, con esa precisión materna que no fallaba nunca, aunque fuera a través de una videollamada con mala cobertura—. Más ligera. Como cuando eras pequeña y volvías de las excursiones del colegio con demasiadas cosas que contar de golpe.

—Me gusta esta ciudad, mamá. Más de lo que esperaba.

—¿Solo la ciudad?

Lucía se rio, sin poder evitarlo, y no confirmó ni desmintió nada, lo cual, sospechó, ya era en sí mismo una respuesta bastante clara para una madre que la conocía desde antes de que ella misma se conociera del todo.

—Cuando esto termine, ven a verla —dijo, cambiando de tema—. Tienes que ver el Bósforo con tus propios ojos.

—Cuando esto termine —repitió su madre, con un cariño que a Lucía se le quedó pegado al pecho el resto de la noche—, iré a verte donde sea que decidas quedarte. Eso es lo único que me importa, hija. No el sitio.