El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

El jueves de la cena que le había prometido a Baran, Emir subió por fin a Kadıköy, al apartamento de su hermano, que no se parecía en nada al suyo: paredes llenas de fotografías de guardia con enfermeras y residentes, una nevera cubierta de imanes de ciudades donde había hecho rotaciones, y una vajilla completamente descabalada que Baran defendía con el argumento de que “un plato que combina con los otros diez es un plato que da demasiado que pensar sobre lo que de verdad importa en la vida”.

—Llevas dos meses sin subir a Kadıköy —dijo, sirviendo un guiso que llevaba, según sus propias palabras, “toda la tarde libre que tengo en un mes” cocinando—. Y no me digas que ha sido por trabajo. Sé exactamente por qué has estado tan ocupado.

—No tengo ni idea de qué hablas.

—Emir. —Baran se sentó frente a él, con la seriedad que reservaba para las pocas ocasiones en que dejaba de bromear del todo—.

Llevo veintidós años viéndote construirte una vida entera alrededor de no necesitar a nadie.

Y ahora, de pronto, hay una arquitecta española de la que Nur no para de hablar, y tú apareces por primera vez en meses con algo parecido a una expresión en la cara. Perdona que me alegre.

—Es complicado.

—Todo lo tuyo siempre es complicado. —Baran suavizó el tono, sirviéndole más raki del que Emir pensaba beber—. Ve a verla mañana. La obra, digo. Con cualquier excusa. Y déjame conocerla de una vez, porque pienso presentarme igualmente si tú no me invitas.

Emir no prometió nada esa noche. Pero al día siguiente, sin avisar a nadie, condujo hacia el yalı con Baran de copiloto, todavía en pijama de hospital bajo el abrigo, negándose a cambiarse “porque si voy elegante parece que me importa la impresión que doy, y no es el caso” —una mentira tan evidente que ni él mismo se molestó en sostenerla con convicción.

Baran Sancak llegó al yalı sin avisar más de lo estrictamente necesario, como llegaba a todas partes desde que Emir tenía memoria, con la bata de hospital todavía puesta debajo del abrigo y el aire de alguien que llevaba dieciocho horas despierto y no pensaba dejar que eso le arruinara la tarde libre.

—Así que esta es la famosa arquitecta —dijo, asomando la cabeza al salón principal, donde Lucía discutía con Emir sobre el color exacto de una mezcla de yeso—. Nur no exageraba. Le has plantado cara a mi hermano un día sí y otro también, según cuentan.

—Su hermano me lo pone fácil.

—Eso —dijo Baran, señalándola con un dedo, encantado— es exactamente lo que llevo años diciéndole a la gente que le encontraría alguien capaz de decirle. Emir, cierra la boca, te va a entrar una mosca.

—No tengo la boca abierta.

—Metafóricamente sí.

Emir puso los ojos en blanco con una familiaridad que a Lucía le resultó casi tierna, la de dos hermanos que llevaban toda la vida provocándose sin necesidad de motivo, y que en el caso de Baran parecía no tener fondo: se pasó la siguiente media hora contando, con una alegría que contrastaba deliberadamente con la reserva de su hermano mayor, anécdotas de la infancia de Emir que este intentaba, sin éxito, interrumpir.

—Se pasó un verano entero, con nueve años, reorganizando la biblioteca de mi padre por orden alfabético de autor y después por año de publicación, porque no soportaba que estuviera “mal clasificada”. A los nueve años.

—Eso demuestra rigor.

—Eso demuestra que ya entonces no soportabas nada que no pudiera controlar del todo.

—Baran lo dijo con ligereza, casi de broma, pero algo en la mirada que le dedicó a su hermano llevaba, debajo de la broma, un cariño serio, del tipo que se construye solo entre personas que han sobrevivido juntas a algo—.

Sigue sin soportarlo, por cierto. Pregúntale por qué necesita aprobar por escrito hasta el color del yeso.

—Necesito aprobarlo porque es mi casa.

—Necesitas aprobarlo porque si no lo apruebas tú, sientes que se te escapa de las manos. No es lo mismo, abi.

Lucía observó el intercambio sin decir nada, archivando cada palabra con la misma atención con la que archivaba los detalles estructurales de la casa, y cuando Baran por fin se despidió —con la promesa de volver “la próxima vez que Emir necesite que alguien le recuerde que puede relajarse, o sea, probablemente mañana”—, se quedó a solas con Emir en un silencio distinto al habitual: no tenso, sino extrañamente cómodo, como si la visita de Baran hubiera limado, sin proponérselo, algún borde afilado entre los dos.

—Su hermano es encantador.

—Mi hermano es un peligro para cualquier secreto familiar. —Pero lo dijo sin rencor, casi con orgullo—. Lleva razón en una cosa, de todos modos.

—¿En cuál?

Emir no contestó enseguida. Se quedó mirando el yeso a medio secar en la pared, como si la respuesta estuviera escrita ahí y él todavía no hubiera terminado de leerla.

—En que necesito controlarlo todo —dijo por fin—. No es una novedad. Solo es la primera vez, en mucho tiempo, que alguien me lo dice sin esperar que le pida perdón por ello.

Baran no había llegado tan lejos, en realidad.

Se había quedado esperando junto al coche, fingiendo revisar el teléfono, y cuando Lucía salió unos minutos después a buscar unas muestras de pintura que se había dejado en la furgoneta, la interceptó con la misma naturalidad desenvuelta con la que hacía todo lo demás.

—Un consejo, ya que estamos —dijo, sin preámbulo, apoyándose en la carrocería—.

Mi hermano no sabe pedir las cosas. Nunca ha sabido.

Cuando éramos pequeños, si quería jugar con algo mío, no me lo pedía: se sentaba cerca, en silencio, hasta que yo se lo ofrecía por aburrimiento de tenerlo ahí mirando.

Sigue haciendo exactamente lo mismo con las personas que le importan. Se sienta cerca. Espera. Nunca pide.

—¿Por qué me cuenta esto?

—Porque llevo semanas viendo cómo se sienta cerca de usted, señorita Ferrer, y no quiero que se confunda pensando que la distancia significa desinterés. En esta familia, la distancia casi siempre significa lo contrario.

Lucía no supo qué responder, y Baran, satisfecho con haber dicho lo que había venido a decir, sonrió y cambió de tema con la misma ligereza con la que había abierto la conversación.

—¿Le ha contado ya lo de la biblioteca clasificada dos veces? Tengo como quince historias más si alguna vez necesita munición para ganarle una discusión.

—Me las voy guardando todas, no se preocupe.

—Bien. —Baran se apartó del coche, ya de camino de vuelta hacia la puerta principal—. Alguien en esta familia tenía que empezar a llevar la cuenta de sus debilidades, en vez de solo de sus logros. Me alegra que sea usted.