Capítulo 10
—Podríamos hacerlo más barato. —Emir lo dijo apoyado en el marco de la puerta del que había sido el comedor formal, viendo a Lucía discutir con el carpintero de Kadıköy sobre el grosor exacto de una veta de nogal—.
Sustituir el artesonado entero por uno nuevo costaría un tercio de lo que va a costar restaurar pieza por pieza.
—Podríamos —dijo Lucía, sin levantar la vista del plano—. También podríamos poner baldosas de imitación en vez de mármol, y focos led en vez de las lámparas de araña que hay que rehacer a mano. Sería mucho más barato. Sería, además, otra casa. No esta.
—Explíquemelo. En serio. Quiero entenderlo.
Lucía sí levantó la vista entonces, sorprendida de que la petición sonara sincera, no como una trampa retórica de las que él solía tenderle.
—Cuando restauras algo original —dijo, señalando la veta de nogal que el carpintero sostenía entre las manos—, no estás arreglando un objeto.
Estás conservando una decisión que alguien tomó hace ciento cuarenta años, con las herramientas y el conocimiento que tenía entonces.
Cada corte de esta madera lleva la firma de un artesano que ya no existe, que trabajó aquí, en esta misma sala, pensando en la familia que iba a vivir alrededor de esta mesa.
Si lo sustituyo por algo nuevo, más barato, más rápido, esa firma desaparece para siempre.
Y con ella desaparece la prueba de que esto —la casa entera— importó de verdad a alguien, alguna vez.
—¿Y si esa prueba es dolorosa?
La pregunta se quedó suspendida entre los dos más tiempo del que cualquiera de los dos hubiera querido admitir.
—Entonces se restaura de todos modos —dijo Lucía, con suavidad, sin apartar los ojos de él—. El dolor no es una razón para destruir algo. Es, casi siempre, la razón exacta por la que hay que conservarlo con más cuidado, no con menos.
Emir se apartó del marco de la puerta y se acercó a la mesa donde estaba el plano extendido, más para tener algo que mirar que no fuera la cara de Lucía que por verdadero interés técnico.
—Habla usted como si esto fuera terapia, no arquitectura.
—A veces no hay tanta diferencia —dijo Lucía, y sonrió, por primera vez delante de él sin ninguna guardia—. Pregúnteselo a cualquier arquitecto que haya trabajado en la casa de su propia infancia. Todos salimos diciendo cosas que no teníamos planeado decir.
Emir no respondió a eso. Pero se quedó el resto de la tarde, más tiempo del que ninguna supervisión razonable habría justificado, escuchando a Lucía explicar, pieza a pieza, por qué cada decisión que tomaba era la única decisión honesta posible, y descubrió, sin buscarlo, que llevaba mucho tiempo sin escuchar de verdad a nadie hablar de nada con esa clase de convicción tranquila.
Cuando por fin se marchó, ya de noche, se dio cuenta de que no había mirado el reloj ni una sola vez en las últimas cuatro horas. Era la primera vez, en años, que aquello le pasaba en aquella casa.
Faltaban dos tiradores de bronce originales, desaparecidos hacía décadas de sendas puertas del ala este, y Lucía llevaba días convencida de que solo un anticuario de Çukurcuma podría tener algo parecido a la pieza exacta que necesitaba.
Se sorprendió, el sábado siguiente, de que Emir se ofreciera a acompañarla —“conozco al dueño”, dijo, sin más explicación—, y todavía más de descubrir, al llegar, que el “conocer al dueño” significaba que el anciano propietario de la tienda, entre montañas de lámparas otomanas y espejos manchados por el tiempo, saludó a Emir por su nombre de pila y le preguntó por su padre con una familiaridad que solo se gana con años de clientela.
—Mi madre compraba aquí —explicó Emir, mientras el anticuario desaparecía hacia la trastienda a buscar una caja de tiradores antiguos—.
Casi todos los sábados, cuando yo era pequeño.
Me traía con ella y me dejaba tocar las cosas que en casa no me dejaban tocar.
Relojes, cajas de música, ese tipo de cosas.
—¿Por eso conoce al dueño?
—Por eso, y porque el negocio ha pasado de padres a hijos, igual que el nuestro. Solo que ellos venden objetos con historia. Nosotros solo fingimos tenerla.
Lucía se rio, sorprendida por el humor seco, tan poco habitual en él, y Emir, animado por la risa, se permitió, mientras esperaban, contarle más: que su madre coleccionaba dedales de porcelana, que tenía una tetera desportillada a la que se negaba a renunciar aunque perdiera agua por una grieta, que cantaba —mal, según él, aunque lo dijo con un cariño que desmentía la crítica— mientras cocinaba los domingos.
—Habla de ella distinto cuando no está intentando explicarme un misterio —dijo Lucía, con suavidad—. Así. Como si solo fuera su madre, no un secreto de familia.
—Es raro. —Emir se quedó pensativo, mirando un espejo veneciano apoyado contra la pared—. Llevo tanto tiempo pensando en ella solo como la pregunta que nunca me atreví a hacer, que casi había olvidado que también fue, simplemente, mi madre. Que cantaba mal los domingos.
El anticuario volvió con una caja llena de tiradores de bronce deslustrado, y entre los dos, con la misma paciencia con la que Lucía examinaba cualquier pieza de la casa, encontraron dos que encajaban casi a la perfección con el resto.
Emir insistió en pagarlos él mismo, sin dejar que Lucía discutiera el precio, y salieron de la tienda ya de tarde, con el sol bajo entre los edificios estrechos de Çukurcuma, caminando más despacio de lo necesario hacia el coche.