El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

No tenía ningún motivo profesional para presentarse en la obra a las siete y media de la mañana, antes incluso de que llegara el primer albañil, y Emir lo sabía perfectamente mientras aparcaba el coche junto a la verja, apagaba el motor, y se quedaba un momento sin bajarse, buscando —sin encontrarla— una excusa que sonara mejor que la verdad.

La verdad era que llevaba dos noches sin dormir bien, y las dos veces que había conseguido dormirse había soñado con un suelo de mármol antiguo y una frase que no era suya. Sería más barato. También sería mentira.

Encontró a Lucía ya despierta, sentada en los escalones de la entrada con un vaso de té humeante en cada mano, como si lo hubiera estado esperando, aunque los dos sabían que era imposible que lo hubiera esperado, porque ninguno de los dos había avisado al otro de nada.

—Sibel dice que quien llega antes que el sol tiene que pagar el té del que llega después —dijo Lucía, tendiéndole uno de los vasos sin preguntarle si lo quería—. Norma no negociable, por lo visto.

—No conocía esa norma.

—Yo tampoco, hasta hace diez minutos. Creo que se la ha inventado ahora mismo, mirándonos por la ventana de la cocina.

Emir se sentó, a una distancia que le pareció al mismo tiempo excesiva y absurdamente insuficiente, y bebió el té sin decir nada durante un rato, mientras el jardín se iba llenando de la luz gris del amanecer y las gaviotas empezaban su ronda diaria sobre el embarcadero.

—¿Por qué ha venido tan temprano? —preguntó Lucía, al fin.

—Para supervisar el proyecto.

—A las siete y media de la mañana, antes de que haya nadie a quien supervisar.

—Quería ver el avance antes de que empezara el ruido.

—Ya —dijo Lucía, con un tono que dejaba claro que no se creía ni una palabra, y que tampoco pensaba insistir, lo cual, descubrió Emir con cierto alivio incómodo, era mucho peor que si hubiera insistido.

Recorrieron juntos el salón principal, donde el carpintero de Kadıköy había empezado ya a restaurar los primeros paneles de marquetería, y Lucía le fue señalando, con el mismo entusiasmo profesional del primer día, cada decisión que había tomado y por qué: qué madera se conservaba, qué pieza había que sustituir por imposible de salvar, dónde el yeso original todavía respiraba bajo capas de pintura moderna que había que retirar con paciencia de siglos.

—Habla de esta casa como si la conociera de toda la vida.

—La conozco desde hace tres semanas. Pero llevo diez años aprendiendo a escuchar lo que dicen los edificios viejos, si uno se molesta en callarse el tiempo suficiente.

—Se detuvo delante de una de las vidrieras, con la luz de la mañana atravesándola en fragmentos de color que le teñían la cara de rojo y azul—.

Esta casa dice muchas cosas. Algunas más difíciles de oír que otras.

Emir no respondió. Pero tampoco se apartó, y Lucía, mirándolo de reojo, entendió que aquello —el silencio que no se cerraba, la presencia que no se iba— era, viniendo de él, casi una confesión.

Sibel los encontró a media mañana, todavía recorriendo la casa, y declaró con la autoridad de quien no admite discusión que era hora del descanso, no una sugerencia.

Los sentó a los dos en la mesa de la pequeña cocina de obra, entre planos enrollados y cascos de seguridad, y les sirvió un kahvaltı improvisado con lo que había en la nevera: queso blanco, aceitunas, pan del día anterior tostado en la sartén, y mermelada de higo que, según anunció con orgullo, había hecho ella misma el verano pasado.

—En mi familia —dijo Lucía, untando pan con una parsimonia que llevaba semanas sin permitirse—, el desayuno duraba diez minutos y se comía de pie, entre la ducha y la puerta. Mi padre decía que desayunar sentado era para los domingos.

—¿Y los domingos?

—Los domingos mi madre hacía tortilla de patatas y todo el mundo tenía que estar en la mesa a la misma hora, sin excusas. Fue la única regla de mi infancia que nunca se saltó nadie.

Emir la escuchó con una atención que no intentó disimular, y Lucía, animada por el silencio receptivo, se sorprendió a sí misma contándole más de lo que había planeado: la arquitectura como vocación heredada de un abuelo albañil que nunca pudo estudiar, la facultad en Madrid, los años de trabajar de más para demostrar que merecía cada proyecto que le daban.

—¿Y usted? —preguntó, al fin, devolviéndole la pregunta—. ¿Cómo era el desayuno en esta casa, antes de que todo se cerrara?

Algo se tensó, brevemente, en la cara de Emir, pero no se cerró del todo, como habría hecho semanas atrás.

—No me acuerdo con detalle. Sé que mi madre insistía en que desayunáramos juntos, los cinco, aunque mi padre casi siempre llegaba tarde por el trabajo.

Sé que había mucho ruido, mucha discusión sobre tonterías.

—Hizo una pausa, mirando el vaso de té entre sus manos—.

Después de que ella muriera, empezamos a desayunar cada uno por su lado.

Nadie lo decidió así, exactamente. Simplemente dejó de haber ninguna razón para sentarnos juntos.

—Quizás la haya ahora.

Emir la miró, con una expresión que Lucía no supo leer del todo, entre la sorpresa y algo más cálido, y no respondió con palabras. Pero cuando Sibel volvió a por los platos, encontró a los dos todavía sentados, sin ninguna prisa por levantarse, mucho después de que el té se hubiera quedado frío.