El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Las voces no habían bajado de volumen desde el despacho de la planta baja —la única habitación de la casa, además del ala norte, en la que Emir insistía en trabajar en persona en vez de mandar a alguien en su lugar—, y Lucía, todavía en el jardín a la luz del atardecer, con un tramo del muro perimetral que llevaba semanas dándole problemas a medio revisar, se había quedado quieta sin poder evitarlo, escuchándolas de lejos.

No entendía el turco lo bastante bien como para seguir las palabras exactas.

No le hizo falta. Reconoció el tono en cualquier idioma: el de un padre acostumbrado a que su voluntad no se discuta, y el de un hijo que llevaba toda la vida discutiéndola sin ganar nunca, y que seguía intentándolo de todos modos.

Se apartó de la ventana con la intención de irse —no era asunto suyo, se dijo, y menos aún algo que debiera presenciar sin que nadie lo supiera—, pero el jardín estaba organizado en terrazas que bajaban hacia el embarcadero, y el camino de vuelta a la verja pasaba, inevitablemente, por debajo de aquella misma ventana.

Fue así como vio salir a Halil Sancak del despacho con el paso de un hombre que acababa de ganar una discusión sin sentir ninguna victoria en ello, y, un minuto después, a Emir, solo en la terraza, con las manos apoyadas en la barandilla de piedra y la vista fija en el Bósforo, que a esa hora se había vuelto del color del cobre viejo.

No se movía. No hacía nada que pudiera describirse como una crisis: ningún gesto brusco, ninguna palabra en voz alta.

Solo estaba de pie, completamente inmóvil, con una expresión que Lucía reconoció al instante porque la había llevado ella misma en la cara, delante de un espejo, la noche que rompió su compromiso: la de alguien que acaba de entender que va a tener que renunciar a algo importante por una razón que no termina de parecerle suficiente.

No debería haberse acercado. Se acercó de todos modos.

—¿Está bien? —preguntó, desde una distancia prudente, con la voz baja que se usa para no asustar a algo herido.

Emir no se sobresaltó. Debía de haberla oído llegar desde antes, y no había dicho nada, lo que a Lucía le pareció, en retrospectiva, la primera cosa sincera que le había visto hacer desde que se conocían.

—Debería irse a casa —dijo él, sin volverse—. Ya ha pasado el horario de obra.

—Eso no es un “estoy bien”.

—No le he preguntado su opinión sobre mis respuestas.

—No, no lo ha hecho. —Lucía se apoyó en la barandilla, a una distancia suficiente para no invadir nada, lo bastante cerca para que quedara claro que no pensaba moverse—.

Pero llevo semanas viéndolo defender un ala de esta casa con la vida, sin dar ninguna razón, y hace un minuto he oído a su padre gritarle detrás de esa puerta, y ahora está usted aquí mirando el agua como si le hubiera hecho algo.

Así que perdóneme si me he confundido, pero no me parece que “estoy bien” fuera a ser la respuesta correcta de todos modos.

Emir se giró por fin hacia ella, y por primera vez desde que se conocían, Lucía no vio en su cara la coraza de siempre, sino algo debajo de ella: cansancio, sí, pero también una especie de sorpresa genuina, la de alguien que no está acostumbrado a que nadie le pregunte nada sin esperar antes su permiso.

—Mi padre quiere que me case —dijo, al fin, con una voz que había perdido buena parte de su filo habitual—. Con la hija de un socio. Para salvar la empresa.

Lucía no dijo nada enseguida. Sintió, con una claridad incómoda, cómo algo se le encogía por dentro ante la noticia —algo que no tenía ningún derecho a encogerse, porque aquel hombre no era nada suyo, porque apenas lo conocía, porque llevaba semanas discutiendo con él por cada centímetro de aquella casa—, y decidió, con el mismo instinto profesional que la llevaba a no mentirle nunca a una viga sobre si iba a aguantar, no fingir que la noticia le resultaba indiferente.

—Lo siento —dijo, simplemente.

—No lo sienta. Es lo que hay que hacer.

—Eso no es lo mismo que estar bien con ello.

Emir no respondió. Volvió a mirar el agua, que a esas alturas del atardecer había pasado del cobre a un morado oscuro casi negro, y Lucía, de pie a su lado, entendió que aquello —el silencio compartido, sin prisa por llenarlo— era, para un hombre como Emir Sancak, la forma más cercana que existía a pedir compañía.

Se quedó. No dijo nada más. Y cuando por fin bajó la escalera del jardín hacia la verja, media hora después, dejó a Emir todavía en la terraza, con la certeza incómoda de que aquella tarde había cambiado algo entre ellos que ninguno de los dos iba a poder deshacer con una discusión sobre vigas de cedro.