El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

—Vas a comprometerte con Defne Yalçın.

Halil lo dijo sin preámbulo, en cuanto Emir cruzó la puerta de su despacho, con el mismo tono con que anunciaba una cifra en una reunión de consejo: como un hecho ya decidido, no como una propuesta abierta a discusión.

—No voy a hacer eso.

—Cengiz Yalçın tiene el capital que necesitamos para refinanciar la deuda del grupo textil antes de que termine el trimestre. Su condición para entrar como socio es una alianza familiar sólida, no solo un contrato. Un matrimonio, Emir. Una unión entre las dos familias.

—Estás hablando de vender a tu hijo para salvar una fábrica.

—Estoy hablando de salvar dos mil ochocientos empleos —dijo Halil, y por primera vez desde que Emir tenía memoria, le pareció ver algo parecido al cansancio real, no la calma calculada de siempre, en la cara de su padre—.

Dos mil ochocientos empleos, Emir. Familias enteras.

¿Sabes lo que pasa en esta ciudad cuando una empresa como la nuestra cae?

No cae sola. Se lleva por delante a todos los que dependen de ella.

—Y siempre soy yo el que tiene que pagar el precio de mantenerla en pie.

—Siempre eres tú porque eres el único capaz de hacerlo.

—Eso no es un cumplido, baba. Es una condena.

Halil se levantó de la mesa, y por un momento pareció que iba a acortar la distancia entre ambos, un gesto que no era habitual en él —los Sancak no se tocaban para consolarse, solo para corregirse—, pero se detuvo a medio camino, como si algo se lo hubiera impedido en el último instante.

—Defne es una buena mujer. Inteligente, capaz. No te estoy pidiendo que la ames. Te estoy pidiendo que hagas lo que hay que hacer por esta familia, como llevo haciéndolo yo cuarenta años.

—¿Y qué has tenido que hacer tú, exactamente, en cuarenta años, que yo no sepa?

La pregunta salió de la boca de Emir antes de que él mismo terminara de formularla, más instinto que estrategia, y por un segundo —solo un segundo, pero suficiente para que Emir lo registrara con la precisión de quien lleva veintidós años entrenado para detectar exactamente ese tipo de segundos— algo se cerró detrás de los ojos de su padre, una persiana bajando de golpe.

—He hecho lo que un padre viudo con tres hijos y una empresa a punto de quebrar tiene que hacer —dijo Halil, y la conversación, con esa frase, quedó oficialmente terminada—. Vas a conocer a Defne el sábado en la cena de los Yalçın. Espero que vengas.

Emir salió del despacho sin responder, y no fue hasta que estuvo en el ascensor, solo, con la ciudad cayendo dieciocho plantas por debajo de él, que se permitió examinar lo que acababa de sentir: no rabia por el compromiso —eso lo esperaba, llevaba años esperándolo—, sino algo mucho más viejo y mucho menos manejable, agazapado detrás de la pregunta que se le había escapado sin querer.

¿Qué has tenido que hacer tú, exactamente, que yo no sepa?

No sabía por qué se lo había preguntado hoy, después de veintidós años sin preguntárselo nunca en voz alta.

Pero sospechaba, con una inquietud que no lograba nombrar del todo, que la respuesta llevaba esperándolo todo ese tiempo detrás de una puerta cerrada en el ala norte de una casa que, hasta hacía dos semanas, nadie se había atrevido a abrir del todo.

No fue capaz de irse a casa. Condujo en cambio hacia el yalı, sin avisar a nadie, con la vaga excusa —que ni él mismo se creyó del todo— de que quería revisar en persona el último informe del ingeniero sobre el estado del ala norte antes de que su padre lo usara para justificar cualquier decisión que tomara sin consultarle.

Encontró el coche de Halil ya aparcado junto a la verja cuando llegó. Su padre, por lo visto, había tenido exactamente la misma idea, y había llegado antes.

—No hemos terminado la conversación de esta mañana —dijo Halil, en cuanto Emir cruzó el jardín hacia el despacho de la planta baja, la única habitación de la casa donde su padre seguía insistiendo en reunirse en persona en vez de mandar a alguien en su lugar—.

Y prefiero terminarla aquí, donde nadie de la oficina pueda oírnos.

—No hay nada más que terminar. Ya te he dicho lo que pienso.

—Y yo te he dicho lo que va a pasar de todos modos.

Cerraron la puerta del despacho tras ellos.

Lo que fuera que se dijeron dentro, esta vez, con las voces ya sin ninguna de las dos guardando las formas que habían guardado por la mañana en la torre de cristal, quedó entre esas cuatro paredes de madera vieja que llevaban veintidós años absorbiendo, sin quejarse nunca, todo lo que aquella familia no era capaz de decirse en ningún otro sitio.

Lucía, que seguía trabajando en el jardín a esas horas, vio entrar el coche de Halil por la verja sin prestarle demasiada atención al principio —los Sancak entraban y salían de aquella casa a horas imprevisibles, y ya había dejado de sorprenderle—.

No fue hasta que las primeras voces alzadas empezaron a llegarle, amortiguadas, desde el despacho de la planta baja, cuando entendió que aquella visita no tenía nada de rutinaria.