El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

La puerta estaba al final del pasillo de la segunda planta, en el ala norte, y Lucía la había visto todos los días durante una semana antes de decidirse a preguntar por ella: una puerta de madera oscura, más ancha que las demás, con una cerradura que parecía instalada mucho después que el resto de la casa, y ni una sola marca de polvo en el pomo que sugiriera que nadie la usaba —lo que, pensó Lucía, era en sí mismo extraño.

El polvo no respeta las prohibiciones. Alguien limpiaba aquella puerta con regularidad, aunque nadie entrara por ella.

—Esa es el ala norte —dijo Sibel, cuando Lucía se lo preguntó, con la misma cautela con que había hablado de la señora Sancak la primera vez—. Fuera del contrato. El señor Emir fue muy claro.

—Ya lo sé. Solo pregunto qué hay dentro.

—El antiguo estudio de la señora. Nadie ha entrado desde que ella murió, salvo la persona que se encarga de la limpieza una vez al mes, por orden del señor Sancak padre. No sé más, y si lo supiera, tampoco se lo diría, hanım. Esto no es mi historia para contar.

Lucía asintió, y no insistió, porque algo en el tono de Sibel —respeto, no miedo; lealtad, no secretismo— le dijo que aquella no era una casa que escondiera nada vergonzoso detrás de esa puerta, sino algo que dolía demasiado como para dejarlo a la vista.

Fue esa misma tarde, mientras revisaba con Sibel el estado de las contraventanas del salón, cuando oyó una voz nueva —joven, rápida, divertida— llamando desde la entrada.

—¡Así que tú eres la española que tiene a mi hermano de mal humor todo el día!

La chica que cruzó el vestíbulo llevaba el pelo corto, teñido de un rojo que no existía en la naturaleza, y un abrigo que a Lucía, con solo un vistazo, le pareció más caro que todo su vestuario de obra junto.

—Nur Sancak —se presentó, tendiéndole la mano con una energía que contrastaba tanto con la de su hermano que por un momento Lucía dudó de que fueran de la misma familia—. La pequeña. La que nadie toma en serio todavía.

—Lucía Ferrer. Y no creo que sea yo quien tenga a su hermano de mal humor. Ya venía así de fábrica, por lo que he podido comprobar.

Nur soltó una carcajada tan sincera que dos de los albañiles se giraron a mirar.

—Me caes bien. Baran tenía razón. —Se paseó por el vestíbulo con la familiaridad de quien ha crecido entre aquellas paredes, pasando los dedos por la barandilla de la escalera con un gesto casi inconsciente—.

Vengo poco por aquí. Demasiados recuerdos que mi padre prefiere que nadie remueva.

Pero he oído que estás devolviéndole el color al mármol del vestíbulo y tenía que verlo con mis propios ojos.

—¿Viviste aquí, de pequeña?

—Los primeros cuatro años. Después mi padre nos llevó a todos a un piso en la ciudad y cerró media casa.

—Nur se encogió de hombros, con una ligereza que a Lucía le pareció, más que indiferencia real, un modo de protegerse de algo que le pesaba más de lo que dejaba ver—.

No me acuerdo de casi nada de aquí. Solo de un olor a madera mojada y de mi madre cantando en algún sitio que ya no sé identificar.

—Lo siento.

—No lo sientas. —Nur le dedicó una sonrisa que ya no tenía nada de frivolidad—. Alégrate, más bien. Si esta casa vuelve a estar en pie, quizás alguno de nosotros consiga por fin acordarse de algo bueno de ella, en vez de solo de la puerta cerrada del fondo del pasillo.

Se despidió tan deprisa como había llegado, prometiendo volver “cuando haya algo bonito que ver, no solo andamios”, y dejó a Lucía con la sensación clara de haber hecho, sin buscarlo, una aliada en aquella familia que hasta entonces solo le había ofrecido resistencia.

Sibel, que había presenciado la visita desde la puerta de la cocina sin decir nada, se acercó en cuanto Nur desapareció por el camino de grava.

—No suele hablar de su madre —dijo, con un respeto poco habitual en su tono, siempre tan directo—. Con nadie. Ni siquiera con Baran, y eso que son los que mejor se llevan de los tres.

—¿Por qué contigo?

—No fue conmigo. Fue contigo. —Sibel sonrió, con la misma satisfacción discreta con la que hablaba de cualquier cosa que confirmara lo que ya sospechaba sobre Lucía—.

Esta casa te ha dejado entrar más rápido de lo que deja entrar a nadie, hanım.

Yo llevo veinte años aquí y todavía hay puertas que no me abre.

—Puede que solo tenga suerte.

—Puede. —Sibel no sonó del todo convencida—. O puede que esta casa sepa reconocer, mejor que cualquiera de nosotros, a quién le importa de verdad lo que hay detrás de sus paredes.

Aquella noche, sola ya en el apartamento de Cihangir, sacó del bolsillo del mono de trabajo la fotografía que llevaba una semana sin enseñarle a nadie —la mujer de sonrisa abierta, el niño serio, la palabra escrita en el reverso— y la dejó apoyada contra la lámpara de su escritorio, donde pudiera verla mientras trabajaba en los planos del día siguiente.

Canım. Había buscado la palabra esa misma tarde, en un traductor del móvil, entre plano y plano. Mi vida. Cariño.

No sabía nada todavía sobre Elif Sancak, salvo un nombre, un accidente sin detalles y una fotografía robada de un cajón que no era suyo.

Pero sabía —con la misma certeza instintiva con la que sabía, con solo mirarlo, si una viga iba a aguantar cien años más o iba a ceder en cinco— que la puerta cerrada del ala norte no era una prohibición arbitraria de un hombre acostumbrado a que se le obedeciera.

Era un duelo que nadie en aquella familia había terminado de tramitar.

Ni Halil, que la limpiaba en secreto una vez al mes sin dejar que nadie más se acercara.

Ni Nur, que prefería no acordarse de nada antes que acordarse a medias.

Y Emir, pensó, mirando la fotografía del niño de ojos serios, llevaba probablemente toda la vida cargando con la parte más pesada de ese duelo sin habérselo pedido nadie.

Se sorprendió a sí misma queriendo aliviarle ese peso, aunque él no le hubiera dado ni una sola razón para que le importara.