El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

El teléfono vibró contra la mesa del desayuno mientras Emir revisaba, sin apetito real, los informes trimestrales del área textil.

Un mensaje de Baran, enviado —comprobó la hora— a las seis de la mañana, lo que solo podía significar que su hermano acababa de salir de un turno de guardia en el hospital y todavía no había dormido.

Me han dicho que hay una arquitecta española poniendo la casa patas arriba. ¿Es verdad que le plantaste cara el primer día?

¿Quién te lo ha contado, escribió Emir.

Nur. Que se lo contó Sibel. Que, por lo visto, está encantada contigo.

Sibel está encantada con todo el mundo.

Eso no es lo que me han dicho. Una pausa, y después: Ven a cenar el jueves. Llevo semanas sin verte la cara que no sea en una fotografía del periódico económico.

Emir no contestó enseguida. Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, terminó el café ya frío, y solo cuando estuvo en el ascensor bajando al garaje escribió una respuesta de una sola palabra —Tamam— que Baran, lo sabía, iba a interpretar como una victoria mucho mayor de lo que en realidad era.

No tenía ninguna necesidad de ir a la obra aquella mañana.

Se lo repitió a sí mismo mientras cruzaba el puente en el coche, con el maletín de trabajo en el asiento del copiloto y una reunión pospuesta que su ayudante había aceptado reorganizar sin hacer ninguna pregunta, porque en cinco años trabajando para Emir Sancak había aprendido que a las preguntas él respondía con silencio, y al silencio nadie sabía qué responder.

La obra, a las nueve de la mañana, sonaba como una colmena: martillos, sierras, voces en turco cruzándose por encima del ruido, y en medio de todo, subida a un andamio con un casco que le quedaba visiblemente grande, Lucía Ferrer discutía con dos albañiles sobre el ángulo exacto en que debía apuntalarse una viga, con una autoridad que no dejaba ningún resquicio para la negociación.

—Ese ángulo va a ceder en dos años —la oyó decir, en un turco titubeante mezclado con gestos que sustituían las palabras que le faltaban—. Necesito diez grados más.

Los albañiles, que llevaban en el oficio más años de los que Lucía tenía de vida, discutieron entre ellos, y terminaron cediendo los diez grados. Emir, desde abajo, sintió algo parecido a la sorpresa, y no le gustó sentirlo.

—Viene a comprobar que no he tirado la casa todavía —dijo Lucía, al bajar del andamio y encontrarlo esperándola, con los brazos cruzados, en el mismo sitio exacto donde se había plantado la primera mañana.

—Vengo a supervisar el proyecto. Como acordamos.

—Como impuso.

—Como impuse —concedió Emir, y algo en la facilidad con que lo dijo pareció sorprenderla más a ella que a él.

Recorrieron juntos la planta baja mientras Lucía le explicaba, con una precisión técnica que Emir no esperaba y que se descubrió escuchando con más atención de la que había planeado, por qué había decidido conservar el suelo de mármol original del vestíbulo en vez de sustituirlo por uno nuevo, a pesar de que costaría el triple y llevaría el doble de tiempo.

—Este mármol lleva aquí ciento cuarenta años —dijo ella, agachada, pasando la mano por una veta oscura que cruzaba una de las losas—. Ha visto pasar a cuatro generaciones de esta familia. Ponerle uno nuevo sería más barato, sí. También sería mentira.

—¿Y si lo que hay debajo de la mentira no merece la pena conservarse?

Lucía se detuvo, sorprendida de que la pregunta hubiera salido de él, y más aún de que no sonara retórica.

—Entonces se restaura de todos modos —dijo, después de pensarlo—. No porque merezca la pena, sino porque es lo que hubo. Fingir que nunca existió no arregla nada. Solo hace más difícil ver lo que sí se puede arreglar.

Emir no respondió. Fue al levantarse, en el hueco estrecho de la escalera de servicio, donde los dos se cruzaron sin espacio suficiente, y el brazo de Lucía rozó el de Emir una fracción de segundo más de lo que exigía la simple física del paso.

Ninguno de los dos dijo nada. Ninguno de los dos se apartó tan rápido como debería.

—Disculpe —dijo ella, primero.

—No hay nada que disculpar —dijo él, y se sorprendió de que fuera verdad.

Aquella noche, ya en su apartamento de Nişantaşı, con la ciudad extendida bajo la ventana como un mapa de luces que llevaba media vida sin mirar de verdad, Emir se encontró pensando, contra toda instrucción que se había dado a sí mismo, en la frase de Lucía sobre el mármol.

Sería más barato. También sería mentira.

Escribió a Baran que sí, que iría el jueves a cenar.

No escribió —no llegó a escribir, aunque lo pensó durante un segundo entero, con el pulgar suspendido sobre la pantalla— que aquel día, por primera vez en mucho tiempo, había pasado ocho horas enteras sin pensar en el ala norte de la casa, y que la razón de eso lo inquietaba mucho más que la casa en sí.

Su asistente, al día siguiente, le comentó de pasada que llevaba cinco años trabajando para él sin haberlo visto sonreír dos veces en la misma semana, y que esa semana ya iban tres.

Emir no le dio importancia en el momento —tenía una reunión de consejo en diez minutos, y el comentario le pareció, en su momento, una simple curiosidad de pasillo—, pero se sorprendió, horas después, repasándolo en su cabeza mientras firmaba documentos sin prestarles la atención habitual.

Tres sonrisas en una semana. No recordaba la última vez que alguien hubiera llevado la cuenta de algo así en él, ni la última vez que a él mismo le hubiera importado que alguien lo hiciera.