El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

El apartamento de Cihangir tenía una terraza del tamaño de una mesa camilla y una vista del Bósforo que, según la agencia inmobiliaria, justificaba por sí sola el precio.

Lucía, que llevaba tres noches durmiendo mal por el cambio de horario y por una ansiedad que no terminaba de tener nombre propio, había empezado a darle la razón.

Bajaba cada mañana al mismo puesto de simit de la esquina, donde un hombre mayor con las manos permanentemente cubiertas de harina le regalaba, sin que ella lo pidiera, una segunda ración “para que aguante la obra”, y se sentaba en un banco a comerla mientras veía a la ciudad despertar en varios idiomas a la vez: el turco de los vendedores, el árabe de una familia de turistas, el llamado del almuecín flotando por encima de todo, tan integrado en el paisaje sonoro que a los tres días Lucía ya no lo distinguía del tráfico.

Le gustaba Estambul con una intensidad que la sorprendía a sí misma.

Le gustaba precisamente porque no se parecía en nada a Madrid: ni al ritmo, ni a la luz, ni a la forma en que la gente hablaba con las manos, más grande, más directa, sin la ironía constante que en España servía de escudo para casi todo.

Le gustaba sentirse una extranjera completa, alguien sin historia previa en ninguna de aquellas calles, porque eso significaba que nadie ahí sabía que seis meses atrás había sido la mitad de una pareja que todo el mundo en su círculo profesional consideraba “perfecta sobre el papel”.

El domingo, su único día libre desde que había llegado, Sibel se presentó en su portal sin avisar, con dos pañuelos de flores en la mano —uno para ella, otro que le tendió a Lucía— y una determinación que no admitía negativa.

—Hoy no se trabaja. Hoy se desayuna como es debido.

El kahvaltı que Sibel la llevó a probar, en un local de Beşiktaş con mesas plegables sacadas casi hasta la acera, ocupó la mesa entera: quesos blancos y curados, mermeladas de higo y de rosa, aceitunas de tres variedades distintas, huevos revueltos con pimiento y tomate, miel con nata, pan todavía caliente, y vasos de çay que un camarero reponía cada diez minutos sin que nadie tuviera que pedirlo.

—En España desayunamos un café y ya está —dijo Lucía, contemplando la mesa con una mezcla de asombro y hambre repentina—. Esto es una comida entera.

—Esto es una conversación entera —corrigió Sibel—. La comida es solo la excusa.

Después del desayuno cruzaron el Bósforo en ferry hasta Kadıköy, en la orilla asiática, donde Sibel conocía a un carpintero especializado en restaurar marquetería otomana que llevaba tres generaciones en el mismo taller de madera, y que examinó las fotografías que Lucía había tomado de los paneles del salón principal con una lupa de joyero y un silencio que a ella, después de semanas en la obra, ya le resultaba familiar en aquel país: el silencio de quien está pensando de verdad, no el de quien no tiene nada que decir.

—Puedo hacerlo —dijo por fin el carpintero, en un turco que Sibel tradujo—. Pero necesito ver la madera con mis propias manos, no en una fotografía. Y necesito encontrar taracea del mismo tono. Eso solo lo tienen en el Gran Bazar, en un puesto que lleva ahí desde antes que yo naciera.

Fueron al Gran Bazar esa misma tarde, de vuelta ya en la orilla europea, y Lucía se perdió con gusto entre los pasillos abovedados, entre puestos de especias apiladas en montañas de colores imposibles, lámparas de cristal de mil piezas, alfombras extendidas una encima de otra hasta formar columnas, y vendedores que la llamaban “güzelim” —“mi bella”— con la misma naturalidad con que en Madrid le habrían dicho “señorita”, sin que sonara ni remotamente igual de vacío.

Compró, sin necesitarlo realmente, una caja pequeña de lokum de pistacho, y se la comió entera esa misma noche, sentada en la terraza de su apartamento, pensando que llevaba diez días en aquella ciudad y ya no estaba segura de querer volver a ninguna otra.

La obra la esperaba de nuevo a las ocho en punto del lunes, y con ella Sibel, que había resultado ser exactamente el tipo de persona que Lucía necesitaba a su lado en un país nuevo: exigente, divertida, sin paciencia para las tonterías y con un cariño feroz por cada centímetro de aquella casa.

—Aquí —dijo Sibel esa misma mañana, guiándola por el salón principal con un rollo de planos bajo el brazo—, la señora Sancak mandó traer estas vidrieras de un taller en Bursa. Se dice que ella misma dibujó el patrón.

—¿La señora Sancak?

—La madre. Elif hanım. —Sibel bajó la voz, no por discreción, sino con el respeto concreto con que se habla de los muertos en una casa que todavía los recuerda—. Murió hace muchos años. Un accidente, aquí mismo, en el jardín, cerca del agua.

—¿Qué tipo de accidente?

—Una tormenta muy fuerte. —Sibel se encogió de hombros, con el gesto de quien repite algo que ha oído tantas veces que ya no se detiene a examinarlo—. Estas cosas pasan cerca del Bósforo. El señor Sancak no ha querido tocar nunca el ala donde estaba su estudio.

Lucía apuntó algo en su libreta, más por reflejo profesional que por otra cosa —cualquier restricción de acceso había que documentarla—, y siguió a Sibel hacia el equipo de albañiles que ya trabajaba en el forjado del salón, sin darle a la anécdota más peso del que parecía tener.

Fue solo esa tarde, revisando un armario de la planta baja que iba a convertirse en almacén de materiales, cuando encontró, caída detrás de un cajón que llevaba años sin abrirse, una fotografía pequeña, con los bordes doblados: una mujer joven, de sonrisa abierta y pelo oscuro recogido con descuido, sostenía en brazos a un niño de unos ocho o nueve años que miraba a la cámara con una seriedad que a Lucía, sin saber todavía por qué, le resultó dolorosamente familiar.

Le dio la vuelta. En el reverso, con una letra pequeña y decidida, alguien había escrito una fecha de hacía casi treinta años, y una sola palabra:

Canım.

Lucía no sabía turco todavía más allá de las cuatro palabras de cortesía que Sibel le había ido enseñando, pero algo en el trazo de aquella palabra, en la forma en que estaba escrita —no como una etiqueta, sino como quien firma una carta de amor— le hizo guardarse la fotografía en el bolsillo del mono de trabajo en vez de dejarla donde la había encontrado.

No supo explicarse por qué. Solo supo que, en el niño serio de la fotografía, había reconocido, sin ninguna duda posible, los ojos de Emir Sancak.