El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Las oficinas de Sancak Holding ocupaban las tres últimas plantas de una torre de cristal en Levent, tan lejos en estilo del yalı de madera como podía estarlo un edificio del mismo dueño, y a Lucía le pareció un detalle elocuente antes de que nadie le dijera una sola palabra: aquella familia vivía repartida entre dos siglos distintos y no había decidido en cuál de los dos quería instalarse.

La recepcionista la hizo esperar en una sala de reuniones con vistas al Cuerno de Oro, sobre una mesa de cristal tan pulida que Lucía pudo ver en ella su propio reflejo repasando, por tercera vez, el nudo de la chaqueta que se había puesto para la ocasión.

Fue ahí donde conoció a Kerem, que entró antes que nadie, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa fácil que contrastaba tanto con la casa que Lucía había visitado esa misma mañana que por un segundo dudó de que trabajara para la misma familia.

—Kerem Demir. Abogado del grupo —dijo, tendiéndole la mano, que ella sí pudo estrechar—. He leído su propuesta tres veces. La parte sobre el forjado del salón principal está muy bien argumentada, para ser sincero, mejor que la mitad de los informes técnicos que pasan por mi mesa.

—¿Es usted quien redactó el contrato?

—Y quien va a asegurarse de que nadie en esta familia le complique la vida más de lo estrictamente necesario. Aviso: va a ser difícil cumplir esa promesa del todo.

—Ya he conocido a alguien esta mañana que confirma esa parte.

Algo cruzó la cara de Kerem —reconocimiento, diversión bien disimulada— que Lucía no supo interpretar del todo, y que no tuvo tiempo de preguntarle, porque en ese momento la puerta volvió a abrirse y Halil Sancak entró en la sala con la calidez inmediata de quien lleva toda la vida practicando el gesto de parecer accesible.

—Señorita Ferrer. El comité quedó impresionado con su propuesta. Esa solución para el forjado del salón principal, conservando el noventa por ciento de la viguería original… nadie más se atrevió a proponer algo así.

—Porque nadie más se ha molestado en mirar si la viguería original merecía la pena conservarse —dijo Lucía, y vio, con alivio, que Halil sonreía de verdad—. La merece. Es cedro del Líbano, señor Sancak. No se tira eso a la basura porque sea más rápido poner acero.

—Me gusta cómo habla de mi casa.

—Hablo así de todas las casas que me importan.

—Espero que esta le importe especialmente.

Fue entonces cuando la puerta volvió a abrirse por segunda vez, y Lucía reconoció, antes incluso de girarse, la calidad concreta del silencio que entraba con él.

—Mi hijo, Emir Sancak —dijo Halil, con una naturalidad que no dejaba sitio para la sorpresa que Lucía tuvo que tragarse—. Director general del grupo. Va a supervisar el proyecto en representación de la familia.

—Ya nos conocemos —dijo Emir, sin ofrecer la mano, exactamente igual que la primera vez.

—Nos vimos esta mañana —corrigió Lucía—. No diría que nos conocemos.

Algo cruzó la cara de Halil, una diversión rápida y bien disimulada, que le confirmó a Lucía que aquel hombre entendía perfectamente lo que estaba pasando en su despacho y no tenía ninguna intención de intervenir.

Kerem, a su lado, tosió algo que sonaba sospechosamente a una risa que estaba intentando tragarse.

—Firmemos el contrato —dijo Halil— y dejemos que estos dos aprendan a conocerse trabajando, que es la única forma en que se conoce de verdad a alguien.

Kerem hizo circular las páginas con la eficiencia práctica de quien ha firmado ya cien contratos parecidos, deteniéndose lo justo en cada cláusula para explicarla en un español claro y sin tecnicismos —“esto protege sus honorarios si hay retrasos que no dependan de usted”; “esto le da acceso a los seguros del grupo mientras dure la obra”— que a Lucía, acostumbrada a la letra pequeña ilegible de los contratos españoles, le pareció casi un lujo.

Solo cuando llegó a la última cláusula, la de las condiciones de acceso, levantó la vista hacia Emir con una ceja arqueada, como preguntándole en silencio si de verdad quería seguir adelante con aquello.

Emir asintió una sola vez, seco.

Las condiciones que impuso, entonces, fueron precisas y ninguna de ellas admitía discusión: el ala norte de la casa quedaba fuera del alcance de la restauración hasta nueva orden.

Cualquier cambio estructural, por menor que fuera, requería su aprobación por escrito antes de ejecutarse.

Y él —dijo, mirándola directamente por primera vez desde que había entrado en el despacho— pasaría por la obra tan a menudo como considerara necesario.

—¿Puedo preguntar por qué el ala norte?

—No.

—Va a hacer que mi trabajo sea más difícil de lo necesario.

—Mi trabajo también es más difícil de lo necesario desde esta mañana — dijo Emir—, y usted ni siquiera tuvo que pedir permiso para eso.

Lucía firmó de todos modos. Firmó porque el proyecto era el mejor que le habían ofrecido en su vida, porque la casa merecía que alguien peleara por ella incluso con las condiciones puestas por un hombre que claramente prefería que no existiera nadie ahí para pelear, y porque —se lo confesó solo a sí misma, mientras el bolígrafo trazaba su firma en la última página— algo en la manera en que Emir Sancak defendía aquel muro de silencio que nadie le había pedido explicar le resultaba mucho más interesante que cualquier viga de cedro del Líbano.

—Bienvenida a la familia, señorita Ferrer —dijo Kerem, recogiendo las páginas firmadas con una sonrisa que ya empezaba a sonarle a Lucía como la única voz sensata en aquel despacho—. En sentido figurado. Espero.

—Eso espero yo también —dijo Lucía, sin apartar la vista de Emir, que ya se había dado la vuelta hacia la ventana, como si la firma no fuera con él.

Iba a lamentar ese pensamiento muchas veces en las semanas siguientes. Todavía no lo sabía.