El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Emir llegó a las oficinas de Sancak Holding todavía con la corbata mal anudada, señal —para quien supiera leerla, y en ese edificio todo el mundo sabía leerla— de que algo lo había sacado de quicio antes de las nueve de la mañana.

—Mala mañana —dijo Kerem, que lo esperaba ya en la puerta del ascensor con una carpeta bajo el brazo y el café que le compraba todos los días sin que nadie se lo pidiera, porque llevaban desde la universidad sabiendo leerse el uno al otro sin necesidad de explicaciones—.

¿Quieres que cancele la reunión de las nueve y media?

—Quiero que me digas si sabías que mi padre había contratado a una arquitecta española para el yalı sin decírmelo.

Kerem, que además de mejor amigo de Emir era el abogado de la familia desde hacía seis años, y que por lo tanto sabía exactamente cuándo convenía mentir y cuándo no merecía la pena el esfuerzo, no dudó ni un segundo.

—Lo sabía. Redacté yo el contrato.

—¿Y no se te ocurrió avisarme?

—Se me ocurrió, sí. Después decidí que prefería seguir siendo tu abogado y no también el mensajero al que le gritas por noticias que no ha dado él.

—Kerem le tendió el café, con una media sonrisa que llevaba funcionando con Emir desde que tenían veinte años—.

Es buena, por cierto. La arquitecta. Sus referencias son las mejores que ha visto el comité en años.

—Está en la casa. Con planos.

—Ese es, generalmente, el trabajo de una arquitecta.

Emir no le contestó. Cruzó el vestíbulo hacia el despacho de su padre con Kerem un paso por detrás, cargando la carpeta y la paciencia con la que llevaba media vida acompañándolo en sus peores mañanas, y se detuvo solo el tiempo justo para que Kerem le dijera, en voz baja, antes de que la puerta se abriera:

—Sea lo que sea que vas a decirle ahí dentro, recuerda que sigue siendo tu padre. Y el mío, en la práctica, me pagó la carrera. A los dos nos interesa que esto salga bien.

—No voy a decir nada que no haya pensado ya cien veces.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Halil Sancak no levantó la vista de los documentos que tenía delante cuando su hijo entró sin llamar.

Llevaba así toda la vida: la calma como arma, el silencio como el primer movimiento de cualquier negociación, y su hijo mayor lo sabía mejor que nadie, lo cual no le impedía caer en la trampa cada vez.

—Está en la casa —dijo Emir, sin sentarse—. Hay una mujer en la casa. Con planos.

—Se llama Lucía Ferrer. Ganó el concurso de restauración hace ocho semanas. Firma el contrato esta tarde.

—Nadie me ha consultado.

—Te lo estoy diciendo ahora.

—No es lo mismo, baba.

Halil dejó por fin el bolígrafo sobre la mesa, con la exactitud de quien ha decidido que ha llegado el momento de mirar a su interlocutor a los ojos y no antes.

—Esa casa lleva veintidós años pudriéndose porque nadie en esta familia ha sido capaz de decidir qué hacer con ella.

Los ingenieros dicen que en cinco años el ala norte no será segura ni para entrar a mirarla.

Tenemos un banco que quiere ver activos, no fantasmas, antes de refinanciar la deuda del grupo textil.

Y tengo una arquitecta con premios en Lisboa y en Oporto que ha aceptado venir a vivir a Estambul por un salario que cualquier estudio europeo consideraría una broma, solo por el prestigio de firmar esa restauración.

Dime tú qué parte de esa decisión necesitaba tu consulta.

—La parte en la que es mi casa.

—Es mi casa —dijo Halil, y por primera vez en la conversación algo se endureció en su voz, algo que Emir reconoció de inmediato porque llevaba toda la vida aprendiendo a esquivarlo—. Y voy a hacer con ella lo que considere necesario para que esta familia no pierda lo que le queda.

Emir no contestó enseguida. Fue hasta la ventana del despacho, que daba a la Torre de Gálata y, más allá, a una franja de agua que desde ahí parecía inofensiva, doméstica, nada que ver con la que él llevaba veintidós años sin poder mirar sin que el estómago se le cerrara un poco.

—Que no toque el ala norte —dijo por fin, sin volverse—. El resto de la casa, que haga lo que quiera. El ala norte, que no la toque.

—Eso —dijo Halil, ya volviendo a sus documentos, dando la conversación por terminada de la única manera en que sabía darlas por terminadas, que era decidiendo él cuándo terminaban— tendrás que negociarlo tú con ella.

Vas a supervisar el proyecto en representación de la familia. Yo tengo un banco al que convencer.

—No he aceptado supervisar nada.

—No te lo he preguntado, Emir.

Kerem lo esperaba apoyado en la pared del pasillo, con la misma expresión de quien ha oído gritos amortiguados a través de una puerta y ha decidido, sabiamente, no comentar nada al respecto todavía.

—¿Sobrevivido?

—Voy a supervisar la restauración —dijo Emir, sin detenerse, de modo que Kerem tuvo que apretar el paso para seguirlo—. En representación de la familia. Sus palabras.

—Eso significa que vas a pasar los próximos meses viendo a esa mujer todos los días.

—Eso significa que voy a asegurarme de que nadie mete la mano donde no debe.

—Ya —dijo Kerem, sin dejar de sonreír, con esa forma suya de decir mucho más con una sola palabra que con un discurso entero—. Avísame cuando quieras hablar de lo que sea que de verdad te preocupa de esa casa. Sigo aquí. Siempre he estado aquí.

Emir no respondió. Entró en su propio despacho, cerró la puerta, y se quedó un momento con la mano apoyada en el pomo, respirando, antes de sentarse frente a una mesa llena de contratos que de pronto le parecieron mucho menos urgentes que una casa de madera a orillas del agua que llevaba veintidós años sin visitar por voluntad propia.