El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 1
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El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1)

El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1)

Por Nur Aguilar

© inepub.com

Capítulo 1

El avión inclinó el ala derecha justo antes de tomar tierra, y por la ventanilla Lucía vio el Bósforo por primera vez: una cicatriz de plata partiendo la ciudad en dos, con los puentes suspendidos sobre él como si alguien hubiera querido coser lo que el agua llevaba siglos separando.

En Madrid había visto fotografías, planos, hasta una maqueta de corcho que ella misma había construido en la universidad para una asignatura de Historia de la Arquitectura Otomana.

Nada de eso la había preparado para la escala.

Estambul no era una ciudad que se mirara desde arriba. Era una ciudad que subía a recibirte.

—Bienvenida a Estambul —dijo el taxista, en un inglés cordial y oxidado, cuando ella le tendió la dirección escrita en un papel—. ¿Turista?

—Trabajo —dijo Lucía, y le sorprendió lo bien que sentó la palabra, después de seis meses en los que apenas había trabajado en nada que no fuera deshacer una vida a medias construir.

No añadió que el trabajo era una mansión de madera centenaria a orillas del mismo estrecho que ahora corría paralelo a la autopista, ni que llevaba la documentación del contrato en la maleta de mano como quien lleva un salvavidas.

No añadió que seis meses atrás había estado de pie en su propio estudio de Madrid, delante de una mesa de dibujo que compartía con el hombre con el que iba a casarse, y había entendido —con la misma claridad fría con la que se entiende una fractura antes de que empiece a doler— que si se quedaba un año más terminaría siendo un anexo de la carrera de Álvaro, una firma pequeña debajo de la suya en los planos, para siempre.

Había roto el compromiso un martes. Había mandado su candidatura al concurso de restauración de Sancak Holding un jueves. Ganar, ocho semanas después, había sido la primera cosa en mucho tiempo que Lucía sintió que era completamente suya.

El taxi cruzó el puente sobre el Bósforo con las ventanillas medio bajadas, y Lucía fue anotando la ciudad como quien memoriza un plano antes de un examen: la silueta de la mezquita de Ortaköy asomando junto al agua, blanca y recargada como una tarta de boda; las colinas de Beşiktaş cubiertas de edificios que trepaban unos sobre otros sin ningún orden aparente y, sin embargo, con una lógica propia que Lucía, con los años, sabría reconocer como la lógica de las ciudades que crecen deprisa porque tienen prisa por vivir; un ferry cruzando el estrecho de orilla a orilla, cargado de gente que volvía del trabajo con la misma cara de cansancio que tendría cualquier persona en cualquier ciudad del mundo, lo que a Lucía, absurdamente, la reconfortó más que cualquiera de los monumentos.

—Cihangir —anunció el taxista, deteniéndose en una calle empinada, flanqueada de edificios de fachadas descascarilladas y gatos dormidos en los alféizares—. Barrio de artistas. Le va a gustar.

Le gustó, en efecto, casi antes de sacar la maleta del maletero: una calle que olía a café y a mar al mismo tiempo, una cafetería en la esquina con las sillas sacadas a la acera, un hombre mayor barriendo la entrada de su tienda con la misma parsimonia de quien lleva haciéndolo toda la vida y no tiene ninguna prisa por dejar de hacerlo.

El apartamento —tercer piso, sin ascensor, una terraza del tamaño de una mesa camilla— tenía una vista del Bósforo que, según la agencia inmobiliaria, justificaba por sí sola el precio.

Lucía dejó la maleta en el suelo del salón, sin deshacer, y salió a la terraza solo para comprobar que el agua seguía ahí, plateada, indiferente a todo lo que ella acababa de dejar atrás.

Tenía media hora antes de la primera visita técnica. Se cambió deprisa, recogió la libreta de planos, y bajó a buscar un taxi con el estómago todavía revuelto por el vuelo y por algo que no era exactamente hambre.

—Bienvenida a Estambul —dijo Sibel, cuando el taxi la dejó frente a la verja del yalı, y la frase, repetida por segunda vez en un día, ya empezaba a sonarle a Lucía como una fórmula que la ciudad entera se había puesto de acuerdo en pronunciar.

Sibel era una mujer de cincuenta y tantos, manos grandes y un pañuelo de flores atado bajo la barbilla, que la saludó con un abrazo tan firme que a Lucía se le escaparon las llaves del bolso, y que insistió en que antes de nada —antes de los planos, antes de las presentaciones, antes de cualquier cosa que pareciera trabajo— se sentaran cinco minutos junto a la verja a tomar un té.

—En Turquía no se empieza nada importante sin çay —dijo, tendiéndole un vaso pequeño en forma de tulipán, tan caliente que Lucía tuvo que sostenerlo por el borde—. Ni una obra, ni una boda, ni una guerra, probablemente.

—Habla usted muy bien español.

—Trabajé quince años en un hotel de Bodrum, en recepción.

Muchos huéspedes españoles, muchas horas muertas entre turno y turno viendo series con subtítulos para no oxidarme el oído.

—Sibel sonrió, con el orgullo discreto de quien ha construido algo con sus propias manos, aunque ese algo sea solo un idioma—. Nunca he estado en España. Algún día.

—Cuando esto termine, la invito yo.

—Eso —dijo Sibel, levantando el vaso de té como quien brinda— sí que lo voy a recordar.

El té todavía le quemaba los dedos cuando Sibel se levantó, recogió el rollo de planos que había dejado apoyado contra la verja, y por fin condujo a Lucía hacia la casa.

Fue solo entonces, al doblar el camino de grava, cuando Lucía la vio entera por primera vez: tres plantas de madera ennegrecida por el salitre, ventanas altas con los cristales originales todavía intactos en algunos tramos, un tejado que se combaba hacia el centro como la espalda de un animal viejo.

Estaba tan cerca del agua que el jardín delantero terminaba directamente en un embarcadero de piedra, y las gaviotas se posaban en la barandilla como si llevaran ahí más tiempo que la propia casa.

Era, sin ninguna duda, el edificio más hermoso que Lucía había visto en su vida. Y estaba, sin ninguna duda, a punto de derrumbarse si nadie hacía nada pronto.

—¿Podemos entrar? —preguntó, ya con la libreta en la mano.

Sibel no llegó a responder. La puerta principal se abrió antes de que ninguna de las dos la tocara, y en el umbral apareció un hombre que no llevaba ni el gesto ni la ropa de alguien dispuesto a dejarlas pasar.

Era alto, con un traje oscuro que no encajaba con la hora ni con el lugar —nadie se vestía así para supervisar una obra en ruinas—, y tenía una manera de quedarse quieto que a Lucía le recordó, absurdamente, a los guardias de un museo: la sensación de que cualquier movimiento en falso iba a hacer saltar una alarma.

—Esto es propiedad privada —dijo, en un español perfecto, sin el menor rastro de acento, lo que a Lucía la desconcertó más que si hubiera hablado en turco.

—Soy la arquitecta —dijo ella, tendiéndole una mano que él no tomó—. Lucía Ferrer. Tengo cita con la dirección de obra a las once.

—No tiene ninguna cita conmigo.

—No he dicho que la tuviera con usted.

Algo se movió en la cara del hombre, algo que en cualquier otra persona Lucía habría llamado sorpresa, y que en él pareció más bien una alarma reprimida a tiempo.

—¿Quién le ha dado acceso a esta finca?

—El concurso internacional que gané hace ocho semanas, y el contrato que voy a firmar esta tarde con Sancak Holding —dijo Lucía, y notó, con una punzada de satisfacción poco profesional, que eso lo hacía callar un segundo entero—. Y usted es…

—Emir —dijo él, como si el nombre fuera una puerta que se cerraba, no una que se abría.

No dio apellido. No dio cargo. Se quedó en el umbral el tiempo suficiente para que quedara claro que no iba a moverse de ahí por las buenas, y después, sin decir nada más, se apartó lo justo para dejarlas pasar, como quien cede terreno sin rendirse.

Lucía cruzó el umbral notando su mirada en la espalda todo el camino hasta el vestíbulo, y pensó, mientras Sibel le señalaba la escalera principal y empezaba a hablar de vigas y de humedades, que fuera quien fuese aquel hombre —el guarda, el vecino con demasiadas opiniones, algún pariente lejano con demasiado tiempo libre—, ya la odiaba.

Y que, por alguna razón que no iba a examinar todavía, la idea le resultaba más interesante que preocupante.