El secreto de Whitmore Manor Capítulo 22 — Una Navidad diferente
95%

Capítulo 22 — Una Navidad diferente

El inspector Wallace pidió que nadie abandonara el salón mientras él y su ayudante terminaban de revisar las dependencias de servicio.

La noticia de la posible intoxicación había alterado el ambiente de Whitmore Manor de una manera distinta a las revelaciones sobre el libro de Eleanor Whitmore.

Hasta entonces, cada invitado había podido refugiarse en un secreto particular, convencido de que sus silencios, por vergonzosos que fueran, no lo convertían necesariamente en un asesino.

Ahora, sin embargo, todos comprendían que alguien había utilizado los recursos cotidianos de la casa para acabar con la vida de sir Reginald y después había intentado disfrazar el crimen de una muerte inexplicable.

La cocinera, visiblemente angustiada, aseguró que jamás habría permitido que un preparado medicinal saliera de la despensa de haber sabido que podía emplearse para hacer daño a una persona.

Agnes permaneció junto a ella, sosteniéndole una mano, mientras Charles caminaba de un extremo al otro del salón, incapaz de aceptar que su padre hubiera muerto en una habitación que conocía desde la infancia.

Eleanor permaneció junto a la ventana, contemplando los jardines cubiertos de nieve.

El cielo se había despejado y, a lo lejos, los árboles mostraban sus ramas desnudas contra una luz grisácea que anunciaba el final de la tarde.

La nieve que había aislado la finca durante aquellos días comenzaba a derretirse junto a los muros, dejando al descubierto los senderos y las huellas que el frío había conservado.

Pensó que la casa se parecía a uno de aquellos jardines en invierno: bajo la superficie aparentemente inmóvil, seguían existiendo raíces, caminos y estructuras que nadie veía hasta que las condiciones cambiaban.

Los habitantes de Whitmore Manor habían pasado décadas creyendo que podían mantener intacta su historia si evitaban pronunciar determinados nombres.

Sin embargo, los nombres habían sobrevivido en cartas, cuadernos, fotografías y recuerdos, esperando el momento en que alguien se atreviera a reunirlos.

Arthur se acercó con el cuaderno de botánica de Margaret y lo dejó sobre la mesa.

Había estado comparando las anotaciones antiguas con el informe preliminar del médico, pero no encontraba en ellas una referencia que permitiera identificar el preparado medicinal.

Eleanor le explicó que no necesitaban descubrir por sí mismos la sustancia exacta para resolver el caso; esa parte correspondía al médico y a las autoridades.

Lo que debían establecer era quién había podido retirarla, quién sabía que sir Reginald iba a quedarse a solas en el despacho y quién tenía motivos para alterar la hora de la muerte.

Arthur estuvo de acuerdo. La investigación había acumulado tantas pistas que corría el riesgo de convertir cada detalle en una explicación posible.

La solución debía ser más sencilla que las sospechas que había provocado, y tenía que apoyarse en hechos que pudieran comprobarse.

El primer resultado llegó poco después. El ayudante del inspector encontró en un armario del ala norte un abrigo de lana gris con un pequeño desgarro en el puño izquierdo.

La prenda pertenecía a Edmund Vale, quien explicó que la había dejado allí después de recorrer los corredores durante la tarde de Nochebuena.

Una hebra del mismo tejido parecía coincidir con la encontrada en el panel oculto del despacho, aunque Wallace ordenó que se compararan ambas muestras antes de extraer conclusiones.

Edmund admitió que el abrigo podía haber rozado la madera durante una visita anterior, pero negó haber utilizado el pasadizo la noche del asesinato.

Su respuesta habría resultado razonable si no hubiera afirmado previamente que nunca había entrado en el ala norte después de la cena.

Cuando el inspector le recordó aquella contradicción, el abogado guardó silencio durante unos segundos y reconoció que había regresado al corredor para buscar un documento que creía haber perdido.

—¿Qué documento? —preguntó Wallace.

—Una hoja de las notas de mi abuelo. No la encontré y supuse que la había dejado en la biblioteca.

—¿Y por qué no lo dijo antes?

Edmund bajó la mirada hacia sus manos. —Porque sabía que la hoja podía comprometer a mi familia. No quería que se interpretara como una prueba de que yo había participado en la desaparición del libro.

Eleanor observó que aquella respuesta no explicaba por qué había ocultado su presencia en el corredor ni por qué había descrito a una figura desconocida saliendo del pasadizo con un paquete oscuro.

La declaración de Mary Collins lo situaba cerca de la biblioteca a una hora que él no había mencionado, y la fibra de su abrigo constituía una prueba material que debía examinarse.

Sin embargo, aún faltaba una conexión directa con la muerte de sir Reginald.

Wallace no lo detuvo inmediatamente, pero ordenó a su ayudante que registrara sus pertenencias en presencia de un testigo.

Edmund protestó por la humillación de aquella medida, aunque terminó aceptándola cuando el inspector le recordó que la muerte de un hombre no podía investigarse atendiendo únicamente a las susceptibilidades de quienes tenían una posición respetable.

Mientras el ayudante cumplía la orden, Eleanor pidió permiso para revisar de nuevo el despacho con Arthur.

Wallace los acompañó y les permitió examinar el escritorio, la lámpara, la alfombra y el pequeño armario donde sir Reginald guardaba sus papeles personales.

El reloj había sido retirado para su inspección y la puerta secreta permanecía abierta, mostrando el estrecho pasadizo que comunicaba con el ala norte.

Eleanor se arrodilló junto a la alfombra, recordando el desplazamiento que había observado el día del hallazgo.

La esquina seguía levantada, pero ahora podía verse una marca tenue en el suelo de madera, como si un objeto pesado hubiera sido arrastrado hasta el borde del escritorio.

Arthur examinó la marca y encontró una pequeña partícula oscura adherida a una de las fibras.

No era suficiente para establecer su origen, pero Wallace la recogió y la guardó con el resto de las pruebas.

La verdadera contradicción apareció cuando Eleanor volvió a examinar la mesa.

Sir Reginald había dejado el oporto sin beber, y la carta parcialmente quemada había sido colocada de manera que algunas palabras pudieran leerse.

La disposición parecía destinada a sugerir que el contenido de la carta había provocado una discusión y que el asesinato se había cometido para impedir que se revelara el secreto.

Sin embargo, la anotación de noviembre demostraba que sir Reginald ya había tomado la decisión de reconocer la injusticia y que pensaba comunicarla a la mañana siguiente.

No necesitaba una carta anónima para convencerse, y la destrucción parcial del documento no había eliminado la prueba más importante: el libro verde seguía existiendo.

Quien había preparado aquella escena no solo quería ocultar el método del asesinato, sino dirigir la atención hacia el conflicto familiar.

—La carta quemada es demasiado conveniente —dijo Eleanor—.

Nos invita a pensar que el crimen fue una reacción a lo que sir Reginald iba a revelar, pero no demuestra que ese fuera el motivo inmediato.

El asesino sabía que encontraríamos el documento y que todos sospecharíamos de quienes podían perder la herencia.

También sabía que el despacho cerrado parecería imposible de explicar.

Arthur examinó los bordes de la hoja y señaló que las palabras conservadas podían proceder de una carta más extensa, pero no permitían identificar al autor.

La tinta azul tampoco constituía por sí sola una prueba, pues varios miembros de la casa utilizaban plumas semejantes.

Lo importante era la intención de quien había colocado el papel sobre el escritorio y lo había quemado parcialmente.

La persona responsable conocía el valor de la historia de Eleanor Whitmore y comprendía que la disputa podía proporcionar un motivo convincente para cualquier sospechoso.

No obstante, había cometido un error al construir una escena que parecía demasiado elaborada para ser espontánea.

El crimen había sido preparado por alguien que conocía los hábitos de la casa, sus pasadizos y sus documentos, pero también por alguien que temía que la verdad jurídica destruyera una ventaja que había heredado.

Cuando regresaron al salón, el ayudante de Wallace había terminado el registro de Edmund.

Entre sus papeles encontró un pequeño frasco vacío, envuelto en un pañuelo, y una hoja con anotaciones sobre los accesos del ala norte.

Edmund aseguró que el frasco había contenido un remedio para el dolor de estómago y que las notas eran un estudio de los planos antiguos que había consultado para investigar la escritura de 1857.

El inspector no aceptó ninguna explicación sin comprobarla.

Entregó el frasco al médico y pidió que las anotaciones se compararan con los planos originales.

La hoja incluía una marca junto a la puerta secreta del despacho y una indicación escrita con tinta azul: La cerradura no debe forzarse; el panel se acciona desde el interior del corredor.

Aquella información demostraba que Edmund conocía el mecanismo con un grado de detalle que había negado durante la investigación.