Capítulo 22 — Una Navidad diferente #2
Edmund se levantó, pálido, y exigió que se le permitiera explicar el hallazgo.
Admitió que había estudiado los planos para comprobar si el pasadizo podía haber sido utilizado en 1857, pero insistió en que nunca había pensado emplearlo para entrar en el despacho.
Wallace le preguntó por qué llevaba un frasco vacío y por qué no había mencionado el acceso oculto cuando fue interrogado por primera vez.
El abogado respondió que temía que la policía confundiera su investigación con una preparación del crimen.
Su voz sonaba más frágil que antes, y por primera vez pareció comprender que la prudencia con la que había intentado proteger el apellido de su familia se había convertido en una prueba contra él.
Aun así, negó haber administrado sustancia alguna a sir Reginald.
El médico regresó poco después con una primera valoración del frasco.
No podía identificar de manera concluyente su contenido sin un análisis más detenido, pero había encontrado residuos compatibles con una sustancia tóxica.
También explicó que el estado del cuerpo permitía considerar una intoxicación como causa probable de la muerte, aunque la confirmación requeriría pruebas adicionales.
El hallazgo no demostraba por sí mismo que Edmund hubiera matado a sir Reginald, pero el frasco, los planos y la fibra de lana formaban una serie de indicios que ya no podían tratarse como coincidencias aisladas.
Wallace ordenó que Edmund permaneciera bajo custodia mientras continuaban las diligencias y le advirtió que cualquier nueva declaración debía hacerse sin presión y con pleno conocimiento de sus derechos.
Eleanor no sintió satisfacción al verlo escoltado hasta una habitación vigilada.
Había deseado descubrir la verdad, pero no había buscado la caída de un hombre por el placer de demostrar que tenía razón.
Edmund había heredado un secreto que su abuelo no había sabido resolver y había elegido protegerse antes que corregir la injusticia.
Si además había cometido el asesinato, tendría que responder por ello ante la ley.
Si no lo había hecho, las pruebas debían permitir demostrarlo.
La verdad no podía depender de la reputación de una persona, ni de la simpatía que inspirara, ni del miedo que despertara su apellido.
Esa era, precisamente, la lección que el libro de Eleanor Whitmore parecía haber dejado a quienes finalmente se atrevían a leerlo.
La noche cayó sobre Whitmore Manor sin la tormenta de los días anteriores.
El inspector Wallace decidió que los interrogatorios continuarían a la mañana siguiente y pidió que nadie alterara los objetos conservados en la biblioteca.
Eleanor y Arthur salieron al jardín, donde el aire frío olía a tierra húmeda y a ramas de pino.
Caminaron despacio por el sendero que conducía al invernadero, evitando las zonas donde la nieve derretida había convertido el suelo en barro.
Arthur le preguntó si creía que Edmund había actuado por codicia o por miedo.
Eleanor respondió que, a menudo, ambas cosas terminaban confundiéndose.
Un hombre podía empezar temiendo perder lo que consideraba suyo y acabar cometiendo actos que lo convertían en alguien muy distinto de la persona que había querido ser.
Pero no era posible conocer la conciencia de Edmund mientras siguiera ocultando la parte decisiva de su historia.
—Lo que me preocupa —dijo Arthur— es que, incluso si confiesa, seguirá existiendo una pregunta que nadie podrá responder por él: en qué momento decidió que proteger su apellido valía más que la vida de otro hombre.
Eleanor miró las ventanas iluminadas de la casa.
—Quizá tomó esa decisión mucho antes de la noche de Navidad.
Tal vez empezó cuando encontró la página de su abuelo y decidió guardarla.
El asesinato sería el final de una cadena de decisiones más pequeñas, cada una de ellas presentada ante sí mismo como una excepción necesaria.
La gente rara vez se reconoce como culpable desde el principio.
Primero se convence de que puede corregir las cosas mañana, después de que el silencio no hace daño a nadie y, finalmente, de que la verdad sería peor que la mentira.
Arthur no respondió enseguida. La observó con una expresión que Eleanor había aprendido a reconocer: no era la reserva profesional con la que escuchaba a sus pacientes, sino una atención más personal, una forma de permanecer junto a ella sin exigir que llenara cada silencio.
Durante los últimos días habían compartido horas de incertidumbre, frío y cansancio, y Eleanor se había acostumbrado a encontrarlo a su lado cuando las piezas del misterio parecían separarse.
No sabía qué nombre dar a aquella cercanía, ni deseaba precipitar una respuesta en medio de una investigación que todavía no había concluido.
Pero cuando Arthur le ofreció el brazo para ayudarla a cruzar un tramo resbaladizo del sendero, ella lo aceptó sin ironía y continuó caminando junto a él.
A la mañana siguiente, el inspector Wallace recibió una declaración que modificó el rumbo del caso.
Edmund había solicitado hablar con él y había pedido que Eleanor estuviera presente, aunque no exigió que Arthur asistiera.
Wallace aceptó después de advertirle que la declaración sería registrada y que no podía prometerle ninguna consideración especial.
Cuando Eleanor entró en la habitación, Edmund estaba sentado ante una mesa desnuda, con las manos juntas y el rostro marcado por una noche sin descanso.
Parecía haber envejecido varios años desde la víspera.
El anillo de su abuelo descansaba sobre la mesa, junto a una hoja en la que había comenzado a escribir una explicación y que después había tachado casi por completo.
—No quiero que se diga que mi abuelo fue el asesino —comenzó—.
Él recibió la caja por orden de Eleanor Whitmore y debía protegerla hasta que ella pudiera recuperar sus derechos.
Cuando la familia exigió que entregara los documentos, tuvo miedo y obedeció.
Después intentó conservar una prueba de lo que había ocurrido, pero nunca tuvo el valor de hacerla pública.
Yo heredé esa prueba y repetí su error. Cuando sir Reginald me pidió que investigara la escritura, comprendí que el libro podía destruir la versión que mi familia había aceptado durante treinta años.
No quería perder mi posición, ni convertirme en el hombre que había descubierto que su abuelo había colaborado en una injusticia.
Me dije que podía retrasar la entrega de los documentos hasta estar seguro.
Después encontré la página que faltaba y supe que sir Reginald estaba decidido a hablar.
Wallace le preguntó qué había sucedido la noche de Nochebuena.
Edmund tardó en responder. Admitió que había discutido con sir Reginald en el despacho y que el señor de la casa le había anunciado que entregaría la declaración a las autoridades y reconocería públicamente los derechos que habían sido negados a Eleanor Whitmore.
Edmund le pidió que esperara hasta que pudiera consultar a un abogado de Londres, pero sir Reginald se negó.
La conversación terminó con una advertencia: a la mañana siguiente, la familia tendría que aceptar la verdad, aunque las consecuencias fueran desagradables.
Edmund abandonó el despacho, pero no regresó a la biblioteca como había afirmado.
Se dirigió a la despensa, donde obtuvo el preparado medicinal, y volvió al ala norte cuando la casa estaba en silencio.
—No pensé en ello como un asesinato al principio —dijo, sin levantar la mirada—.
Me convencí de que podía impedir que sir Reginald actuara y ganar tiempo para encontrar una solución.
Pero cuando entré de nuevo en el despacho, él comprendió que yo no había aceptado su decisión.
Discutimos otra vez. Le dije que estaba destruyendo a dos familias para corregir una injusticia que ya nadie podía reparar.
Él respondió que la injusticia seguía existiendo precisamente porque todos habíamos aprendido a vivir con ella.
Fue entonces cuando entendí que no iba a cambiar de opinión.
Edmund reconoció que había administrado la sustancia tóxica a sir Reginald, aunque no explicó detalles sobre su preparación ni sobre la cantidad utilizada.
Después esperó a que el hombre comenzara a sentirse mal y aprovechó el pasadizo para abandonar el despacho.
Manipuló el reloj para confundir la hora del fallecimiento, dejó la carta parcialmente quemada sobre el escritorio y utilizó el conflicto de la herencia para dirigir las sospechas hacia Charles y Lady Beatrice.
Había supuesto que la puerta cerrada, el temporal y la historia de 1857 impedirían reconstruir sus movimientos.
También había mentido al afirmar que vio a una figura salir del corredor, pues necesitaba presentar como desconocido el recorrido que él mismo había realizado.
Eleanor lo escuchó sin interrumpirlo. La confesión no convirtió en comprensible lo que había hecho, pero sí dio sentido a los detalles que hasta entonces parecían dispersos.
Edmund conocía los documentos porque había heredado una parte de ellos; conocía los pasadizos porque había estudiado los planos; había discutido con sir Reginald porque sabía que iba a revelar la verdad; y había intentado dirigir la investigación porque comprendía que el descubrimiento del libro podía exponerlo.
El frasco, la fibra de lana y la anotación del mecanismo no eran pruebas aisladas, sino fragmentos de una misma secuencia.
El inspector Wallace le pidió que firmara la declaración y ordenó que se continuara con el procedimiento legal correspondiente. Edmund obedeció sin resistencia.