Capítulo 21 — La verdad y el perdón #4
Eleanor volvió a mirar el inventario de 1857, que había llevado consigo al salón.
La última anotación mencionaba el volumen verde y la necesidad de una autorización para trasladarlo.
La carta de Eleanor Whitmore identificaba a Margaret Wren como custodio, y la declaración de sir Reginald confirmaba que había encontrado el libro antes de Navidad.
Sin embargo, ninguna de esas pruebas demostraba quién lo había retirado del escondite la noche del asesinato.
El libro podía haber sido trasladado por una persona que pretendía protegerlo o por alguien que quería destruirlo.
Para identificar al asesino necesitaban saber qué ocurrió en el despacho, quién tuvo acceso al mecanismo y qué objeto había llevado la figura que Mary vio en el corredor.
El inspector decidió suspender las entrevistas hasta que su ayudante hubiera terminado de registrar las habitaciones y los objetos personales de quienes habían estado en la casa.
Nadie podría abandonar Whitmore Manor sin comunicarlo, y Edmund tendría que permanecer disponible para responder a nuevas preguntas.
Eleanor aceptó la decisión, aunque sintió que el caso todavía guardaba una última contradicción.
Habían encontrado el libro, descubierto el motivo de la disputa y explicado la puerta cerrada, pero no habían establecido de forma concluyente quién había cometido el asesinato.
La solución no podía depender de que una persona pareciera más culpable que las demás; debía surgir de un hecho que solo el responsable pudiera explicar.
Al caer la tarde, mientras el inspector revisaba los documentos en la biblioteca, Eleanor volvió a leer la última página del libro.
Había una anotación en el margen que no había visto antes, escrita con una tinta tan pálida que apenas se distinguía bajo la luz de la lámpara.
Decía: Quien custodia el nombre no siempre custodia el libro.
La persona que lo devuelva deberá responder por lo que hizo cuando todavía podía elegir.
La frase podía referirse a Margaret Wren, al abuelo de Edmund o a alguien que había heredado el secreto sin comprenderlo.
Sin embargo, la expresión cuando todavía podía elegir parecía escrita para una persona que había tenido la oportunidad de actuar correctamente y había decidido lo contrario.
Eleanor cerró el volumen y miró hacia el corredor.
La verdad sobre Eleanor Whitmore había salido finalmente a la luz, pero el asesinato de sir Reginald seguía sin resolverse por completo.
La justicia histórica y la responsabilidad criminal eran asuntos distintos, y no bastaba con reparar la primera para esclarecer la segunda.
El libro demostraba que la familia había ocultado una injusticia durante décadas; la escena del despacho demostraba que alguien había aprovechado aquel secreto para matar.
Entre ambas cosas existía una conexión que aún no habían identificado, un último acto de miedo o codicia que debía explicar por qué sir Reginald no llegó a pronunciar la decisión que había anunciado durante la cena de Navidad.
Arthur se acercó y se detuvo junto a ella.
—Hemos recuperado el documento que todos buscaban —dijo—, pero el responsable todavía puede intentar hacernos creer que su única intención era protegerlo.
Si no encontramos una prueba que lo sitúe en el despacho, quizá nunca sepamos quién cerró la puerta y manipuló el reloj.
Eleanor levantó la mirada hacia el retrato de Eleanor Whitmore, visible al otro lado de la biblioteca.
La mujer había sido borrada de los registros, privada de sus derechos y obligada a abandonar su hogar, pero había dejado suficientes señales para que alguien pudiera reconstruir su historia.
Sir Reginald había intentado devolverle el nombre y había muerto antes de hacerlo.
Ahora Eleanor debía conseguir que la verdad no quedara reducida a otra leyenda familiar, transmitida en voz baja por los pasillos de una casa donde todos habían aprendido a callar.
No podía prometer que el perdón llegaría para quienes habían contribuido a la injusticia, pero sí podía impedir que el silencio protegiera también al asesino.
Antes de que Arthur respondiera, Wallace apareció en la puerta con una hoja de papel entre los dedos.
Su expresión era grave y llevaba consigo el informe preliminar del médico.
El examen no permitía identificar con certeza la sustancia que había provocado la muerte, pero el médico había encontrado indicios compatibles con una intoxicación y había señalado que el fallecimiento probablemente se produjo antes de la hora que indicaba el reloj del despacho.
Además, el inspector había recibido una declaración adicional de la cocinera: durante la tarde de Nochebuena, alguien había solicitado una pequeña cantidad de un preparado medicinal que se guardaba bajo llave en la despensa para tratar las dolencias del ganado.
La petición no aparecía en el registro habitual y la cocinera no había visto quién retiró el frasco.
Eleanor sintió que la investigación acababa de cambiar de dirección.
El oporto intacto, la marca en la muñeca, el reloj manipulado y la puerta cerrada podían formar parte de una misma puesta en escena.
El asesino no solo había tenido acceso al despacho, sino también la oportunidad de obtener una sustancia capaz de provocar la muerte sin dejar una señal evidente en el cuerpo.
La cuestión ya no era únicamente quién quería impedir que el libro apareciera, sino quién podía conseguir aquel preparado, administrarlo a sir Reginald y después utilizar el pasadizo para abandonar la habitación.
Wallace dejó el informe sobre la mesa y anunció que, a partir de ese momento, la investigación se centraría en quienes habían tenido acceso a la despensa, conocían los pasadizos y sabían que sir Reginald iba a revelar una decisión que cambiaría el futuro de Whitmore Manor.
Eleanor volvió a mirar a los presentes, reunidos al otro lado de la puerta.
Todos habían ocultado algo, pero solo una persona podía haber combinado el motivo, los medios y la oportunidad de una forma que explicara cada detalle del crimen.
La verdad sobre Eleanor Whitmore ya no podía destruirse, y el libro permanecía bajo custodia del inspector.
Quien había matado a sir Reginald había perdido la razón principal para seguir escondiéndose, pero quizá aún confiaba en que el miedo y las sospechas cruzadas bastarían para evitar que se descubriera su identidad.
Eleanor comprendió que la última respuesta no aparecería en una página antigua, sino en la contradicción de alguien que había creído conocer todos los secretos de la casa y que, al intentar protegerlos, había dejado un rastro imposible de borrar.