El secreto de Whitmore Manor Capítulo 21 — La verdad y el perdón #3
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Capítulo 21 — La verdad y el perdón #3

Eleanor examinó el sobre y descubrió una segunda carta, escrita por la madre de Margaret Ashford muchos años después.

La mujer había encontrado el cuaderno de botánica y había reconstruido parte de la historia gracias a las notas de Eleanor Whitmore.

En una línea final había escrito: El libro solo podrá salvarse si quien lo encuentre comprende que el verdadero heredero no siempre es quien lleva el apellido.

La frase no establecía quién debía recibir la propiedad, pero dejaba claro que el secreto no consistía únicamente en devolver una fortuna.

Se trataba también de reconocer que la memoria familiar había sido manipulada para proteger a quienes se beneficiaban de la injusticia.

Cuando Eleanor terminó de leer, pidió que reunieran a todos en el salón principal.

Wallace accedió, aunque advirtió que sería él quien conduciría las preguntas y decidiría las medidas necesarias.

El inspector quería escuchar las reacciones de los presentes al conocer la existencia del libro y la declaración, pues la información podía ayudar a establecer quién había tenido conocimiento del escondite y quién había intentado impedir que se descubriera.

Eleanor aceptó mantenerse al margen hasta que fuera necesario explicar el significado de las anotaciones, pero sabía que el momento de las hipótesis había terminado.

Ahora tenían un documento que sir Reginald había encontrado, un motivo que podía haber provocado el asesinato y un escondite que alguien había buscado con desesperación.

En el salón, Wallace expuso los hechos con una claridad que no dejaba espacio para rumores.

El libro de Eleanor Whitmore había sido recuperado, la escritura de 1857 confirmaba la existencia de una disposición pendiente y una anotación reciente demostraba que sir Reginald pretendía hacerla pública.

El inspector explicó que el pasadizo permitía acceder al despacho desde el ala norte y que alguien había manipulado el reloj para alterar la cronología de la noche.

No acusó a nadie, pero pidió a cada persona que explicara si sabía dónde se encontraba el libro antes de la muerte de sir Reginald.

Las respuestas fueron diversas. Lady Beatrice admitió que su marido había buscado el volumen, pero dijo que no sabía dónde lo había encontrado.

Charles reconoció que su padre le había hablado de una injusticia familiar, aunque nunca le había mostrado el documento.

Margaret declaró que su madre había intentado localizarlo durante años.

Agnes recordó las instrucciones de su madre sobre la caja, y Thomas explicó que sir Reginald había inspeccionado el invernadero semanas antes.

Cuando llegó el turno de Edmund, el abogado afirmó que no conocía el escondite de la capilla ni había visto el libro después de que sir Reginald se lo mencionara.

Wallace le preguntó entonces por qué había discutido con el señor de la casa la noche de Nochebuena y por qué había ocultado la página firmada por Eleanor Whitmore.

Edmund respondió que temía comprometer a su familia, pero su explicación perdió fuerza cuando el inspector le mostró la anotación de noviembre, en la que sir Reginald anunciaba su intención de entregar los documentos al abogado al día siguiente.

Si Edmund había recibido la declaración, habría tenido tiempo de examinarla y comprender sus consecuencias.

Si no la había recibido, su silencio seguía siendo sospechoso, porque sabía que existía una prueba capaz de alterar el futuro de la finca.

Eleanor observó a Edmund mientras respondía.

No veía en él la ira abierta de Charles ni el miedo desesperado de Lady Beatrice, sino una contención que parecía fruto de años de disciplina.

Cuando el inspector le preguntó dónde había estado después de las once, Edmund repitió que había visto a una figura salir del pasadizo con un paquete oscuro y que después había regresado a la biblioteca.

Eleanor recordó que la fibra de lana gris encontrada en el corredor podía proceder de su abrigo, pero también podía pertenecer a cualquier otra persona.

No quería convertir un detalle ambiguo en una acusación.

En cambio, le preguntó si había conservado el anillo que aparecía en la fotografía de 1857.

Edmund miró su mano derecha y se quitó lentamente el anillo ovalado.

—Perteneció a mi abuelo —dijo—. Lo heredé después de su muerte.

No sé si es el mismo que aparece en la fotografía, pero reconozco el diseño.

Mi abuelo trabajó para los Whitmore durante los años en que Eleanor abandonó la casa.

Nunca me contó lo que ocurrió, aunque recuerdo que guardaba una fotografía de una mujer con un libro verde.

Cuando le pregunté quién era, me dijo que era una persona a la que la familia había tratado injustamente y que él había cometido el error de obedecer una orden en lugar de hacer lo correcto.

La confesión provocó un murmullo entre los presentes.

Edmund explicó que su abuelo había sido el encargado de retirar algunos documentos de la biblioteca en 1857, siguiendo instrucciones de un miembro de la familia.

No sabía si había participado directamente en la desaparición del libro, pero había conservado una página porque comprendió que la orden podía haber sido ilegítima.

Durante años, Edmund había evitado investigar el asunto por miedo a descubrir que su propia familia había contribuido a la injusticia.

Cuando sir Reginald empezó a buscar el documento, decidió ayudarlo sin revelar la página que había heredado.

Temía que la prueba resultara falsa y que la familia Vale quedara acusada de un delito cometido por una generación anterior.

—¿Está diciendo que su abuelo ocultó el documento para proteger a los Whitmore? —preguntó Wallace.

—Estoy diciendo que obedeció una orden y que después intentó conservar una prueba de lo que había ocurrido.

No sé si fue responsable de la desaparición del libro.

Pero sí sé que, cuando encontré la página, debí entregarla a sir Reginald y no lo hice.

Esa decisión fue mía, y no voy a fingir que fue correcta.

Eleanor comprendió que Edmund había reconocido una culpa real, aunque todavía no había admitido el asesinato.

Su silencio podía haber obstaculizado la investigación y su familia podía haber participado en la desaparición del libro, pero eso no demostraba que hubiera matado a sir Reginald.

El inspector Wallace también parecía consciente de esa diferencia.

Le preguntó si había entrado en el despacho la noche de Nochebuena y Edmund respondió que no.

Le preguntó si conocía el mecanismo del pasadizo y el abogado admitió que había visto planos antiguos durante su trabajo, aunque nunca había abierto la puerta secreta.

Su relato seguía siendo posible, pero cada nueva revelación reducía el margen para sostener que ignoraba por completo la historia.

La conversación fue interrumpida por un ruido en el corredor.

Mary Collins había entrado con una bandeja de té y, al oír el nombre de Eleanor Whitmore, se había detenido junto a la puerta.

Parecía indecisa, como si llevara varios minutos intentando reunir el valor necesario para hablar.

Wallace le pidió que se acercara y le preguntó si había recordado algo relacionado con la noche del asesinato.

La joven dejó la bandeja sobre una mesa y explicó que, después de llevar el oporto al despacho, había regresado a la cocina para ayudar a recoger la vajilla.

Cerca de las once, cuando fue a buscar una lámpara, vio a Edmund salir de la biblioteca con un documento doblado en la mano.

No podía asegurar que fuera el libro, pero recordaba que el abogado había mirado hacia el corredor del ala norte antes de dirigirse a la escalera.

Edmund negó que aquella descripción fuera exacta.

Dijo que podía haber llevado una hoja de trabajo, pero no recordaba haber salido de la biblioteca a esa hora.

Mary insistió en que no quería acusarlo, solo contar lo que había visto.

El inspector anotó la declaración y le preguntó si había observado a alguien más.

La joven recordó que, poco después, había visto a una persona entrar en el corredor del ala norte llevando una lámpara apagada.

No pudo reconocerla, aunque aseguró que caminaba con cuidado, apoyando primero el pie izquierdo y después el derecho, como si arrastrara ligeramente una pierna.

Eleanor recordó la figura que había visto cerca del invernadero y la descripción de la persona que Edmund afirmaba haber observado.

La coincidencia podía ser importante, pero necesitaban identificar a alguien que tuviera esa forma de caminar y que hubiera estado en la casa aquella noche.

Todos guardaron silencio mientras Eleanor repasaba mentalmente los nombres.

Thomas tenía una antigua lesión en la rodilla, según había comentado la cocinera, y a veces caminaba con una ligera cojera después de pasar muchas horas en el frío.

Sin embargo, también había sido visto en el invernadero y conocía las paredes antiguas, por lo que podía haber utilizado el pasadizo sin despertar sospechas.

El jardinero se levantó al comprender que las miradas se dirigían hacia él y negó con firmeza haber entrado en el despacho.

Aseguró que había estado en sus dependencias después de las diez y media, aunque no podía demostrarlo.

Wallace le pidió que se sentara y advirtió a todos que no debían confundir una característica física con una prueba de culpabilidad.