Capítulo 21 — La verdad y el perdón #2
La frase parecía confirmar que habían encontrado una parte del escondite, aunque la llave no correspondía a ninguna cerradura que Eleanor hubiera visto.
Agnes se llevó una mano a la boca al reconocer la tela.
Era semejante a la que su madre había utilizado para envolver la caja, pero no podía asegurar que fuera la misma pieza.
Arthur examinó la llave y observó que su extremo tenía una forma poco habitual, con dos muescas asimétricas y una pequeña estrella grabada cerca del anillo.
No parecía una llave destinada a abrir una puerta convencional; podía pertenecer a un compartimento, una caja o un mecanismo de mobiliario.
La tarjeta, por su parte, contenía siete líneas numeradas, aunque solo la última tenía una anotación: Margaret Wren, custodio hasta que la señora sea reconocida.
Eleanor sintió que el nombre de la antigua criada acababa de adquirir un significado nuevo.
La nota no indicaba que Margaret Wren fuera la autora del libro ni que hubiera participado en la disputa legal, sino que había recibido la responsabilidad de custodiar algo hasta que Eleanor Whitmore fuera reconocida como su legítima propietaria.
Si la caja había sido separada del libro, quizá la llave permitía abrir el lugar donde se guardaba la declaración original.
La referencia al nombre que faltaba podía significar que la cerradura no se abría con una llave física, sino que el mecanismo requería identificar a la persona cuya identidad había sido borrada.
Sin embargo, Eleanor no quiso convertir una frase simbólica en una certeza.
Era necesario buscar un objeto que encajara con la llave y comprobar si la nota había sido escrita por Eleanor Whitmore o por alguien que conocía sus instrucciones.
Agnes recordó entonces una pequeña arca de madera que había visto en la capilla privada cuando era niña.
Se encontraba bajo el asiento de un banco antiguo, detrás de un panel que se abría para guardar los registros de la familia.
Su madre le había explicado que el arca contenía libros de oraciones y documentos de personas que habían trabajado en la finca, pero que no debía abrirla porque pertenecía a la parroquia y no a los Whitmore.
La capilla había sido cerrada después de la muerte de la madre de sir Reginald, y los registros se habían trasladado a una habitación contigua.
Eleanor preguntó si la llave podía haber pertenecido al arca, pero Agnes no estaba segura.
La descripción, no obstante, coincidía con la referencia a un lugar donde se conservaban objetos relacionados con la memoria de la familia.
El inspector Wallace autorizó la inspección de la capilla y los acompañó junto con su ayudante.
El lugar era pequeño, con paredes revestidas de madera oscura, bancos de roble y una vidriera que representaba una escena de la Natividad.
La luz de invierno atravesaba el cristal en tonos azules y dorados, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
Bajo el banco situado junto al altar encontraron un panel que podía levantarse con facilidad.
Detrás había un compartimento vacío, pero la madera mostraba marcas recientes, como si alguien hubiera retirado un objeto durante los últimos días.
Eleanor observó que el panel tenía una cerradura diminuta, demasiado estrecha para la llave que habían encontrado en el desván.
Sin embargo, al examinar el lateral del banco, descubrió una estrella grabada en una pieza de latón.
La figura estaba dispuesta de tal manera que podía girarse con la presión de un dedo, revelando una ranura oculta en el interior de la madera.
La llave encajó en aquella ranura, pero no giró de inmediato.
Arthur la sostuvo mientras Eleanor examinaba la pieza de latón y descubría una pequeña inscripción en el reverso: Eleanor Wren, hija de la memoria.
El nombre la dejó inmóvil. No era el de su antepasada, sino una combinación que parecía unir a Eleanor Whitmore con Margaret Wren.
El inspector Wallace le preguntó si conocía a alguna persona llamada Eleanor Wren en los registros familiares.
Eleanor respondió que no, aunque recordó que su propia familia había conservado durante generaciones algunos libros antiguos y cartas cuya procedencia nunca se había explicado del todo.
No sabía si existía un parentesco entre ella y la antigua criada, pero la coincidencia del nombre sugería que la historia podía haber sobrevivido a través de una rama familiar que no figuraba en los documentos oficiales.
La llave giró finalmente y liberó un pequeño compartimento situado detrás del panel.
En su interior había un sobre sellado con cera amarillenta, un cuaderno encuadernado en verde y una caja de madera con cierre de latón.
Eleanor no tocó los objetos hasta que Wallace hubo registrado su posición y permitido que Arthur comprobara su estado.
El libro era delgado, con las esquinas desgastadas y una pequeña estrella grabada en la cubierta.
No llevaba título, pero en la primera página aparecía una inscripción escrita con una caligrafía elegante: A quien encuentre estas páginas: no permita que mi nombre sea utilizado para justificar la injusticia que se cometió contra mí.
Debajo, la firma de Eleanor Whitmore estaba acompañada por la fecha del 24 de diciembre de 1857.
Eleanor sintió una emoción que no esperaba.
Durante días había perseguido fragmentos de una historia que parecía desvanecerse cada vez que creía haber encontrado una respuesta, y ahora tenía ante sí el documento que había sobrevivido a tres décadas de silencios.
No abrió el libro inmediatamente. Pidió a Wallace que examinara primero la caja y el sobre, pues la declaración podía contener información legal que debía preservarse con cuidado.
La caja estaba cerrada, pero la llave pequeña del desván encajaba en su mecanismo.
Dentro había varias cartas atadas con una cinta azul, una copia de la escritura de 1857 y un documento firmado por dos testigos que reconocían a Eleanor Whitmore como autora y propietaria de la colección de manuscritos.
El sobre, por su parte, contenía una carta dirigida a Margaret Wren, en la que Eleanor le agradecía haber aceptado custodiar los documentos y le pedía que los entregara a una persona de la familia que, algún día, estuviera dispuesta a reconocer públicamente la verdad.
El libro explicaba lo que la escritura solo insinuaba.
Eleanor Whitmore había redactado una declaración sobre la procedencia de una parte de la fortuna familiar y había reunido pruebas de que una propiedad había sido transferida a los Whitmore mediante un acuerdo que no respetaba los derechos de su anterior propietaria.
La mujer no había sido simplemente una aficionada a la botánica ni una pariente incómoda, sino la persona que había descubierto la irregularidad y que pretendía corregirla.
En las páginas finales describía cómo había sido presionada para entregar sus documentos y cómo algunos miembros de la familia habían utilizado su firma para justificar una disposición que ella nunca había aceptado.
No había sido asesinada en 1857, pero se había visto obligada a abandonar la casa y a renunciar a reclamar sus derechos.
Antes de marcharse, había confiado el libro y las cartas a Margaret Wren, la única persona que había aceptado protegerlos sin exigir una recompensa.
Wallace leyó la escritura y pidió a su ayudante que preparara una relación detallada de los documentos encontrados.
La autenticidad de las firmas tendría que verificarse, y la cuestión de la propiedad requeriría una investigación legal independiente, pero la declaración permitía comprender por qué sir Reginald había comenzado a buscar el libro.
Si las pruebas eran auténticas, la familia había conservado durante décadas una fortuna cuyo origen podía ser cuestionado.
Sir Reginald había descubierto la irregularidad y había decidido reconocerla, quizá devolviendo parte de la propiedad o compensando a los descendientes de la persona perjudicada.
Su anuncio durante la cena de Nochebuena había provocado el temor de quienes podían perder dinero, prestigio o seguridad.
Sin embargo, todavía faltaba explicar quién había utilizado ese temor para cometer el asesinato.
Eleanor volvió a las páginas finales del libro y encontró una anotación más reciente, escrita con tinta distinta.
La fecha correspondía a noviembre de 1887 y la letra, aunque temblorosa, parecía pertenecer a sir Reginald.
El texto decía: He encontrado por fin la declaración de Eleanor.
La familia no puede seguir viviendo de una mentira.
Mañana hablaré con Charles y con Beatrice, y después entregaré los documentos al abogado.
No sé si conseguiré reparar el daño, pero no permitiré que otro invierno pase sin que se conozca su nombre.
La anotación confirmaba que sir Reginald había tenido el libro en sus manos antes de Navidad y que pretendía revelar la verdad.
También explicaba la urgencia de la discusión con Edmund, que había insistido en que no podía actuar sin verificar los documentos.
—Entonces el asesino sabía que sir Reginald había encontrado el libro —dijo Arthur—. Pero necesitamos determinar quién tuvo acceso a él después de que lo recuperara y qué ocurrió durante la noche. Si lo había escondido en la capilla, alguien tuvo que encontrarlo allí o conocer el lugar desde antes.