El secreto de Whitmore Manor Capítulo 21 — La verdad y el perdón
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Capítulo 21 — La verdad y el perdón

La llegada del agente de policía desde Ashcombe se produjo poco antes del mediodía, cuando el camino de acceso a Whitmore Manor había quedado despejado lo suficiente para permitir el paso de un carruaje ligero.

El hombre se llamaba inspector Henry Wallace, tenía unos cincuenta años y lucía un bigote cuidadosamente recortado que acentuaba la severidad de su rostro.

Llegó acompañado por un ayudante y un médico del pueblo, dispuesto a examinar el despacho y escuchar las declaraciones de quienes habían pasado la Navidad en la finca.

Eleanor lo recibió en el vestíbulo y le explicó que había reunido documentos relacionados con una antigua disputa familiar, descubierto un pasadizo oculto y encontrado contradicciones en varios testimonios.

Wallace escuchó sin interrumpirla, aunque su expresión se volvió más reservada cuando comprendió que una mujer ajena a la familia había organizado buena parte de la investigación.

No se mostró ofendido, pero dejó claro que, desde aquel momento, las pruebas debían quedar bajo su custodia y que ninguna conclusión se consideraría definitiva sin una comprobación independiente.

Eleanor aceptó aquellas condiciones sin discutir.

Había llegado demasiado lejos para arriesgar el resultado por una cuestión de orgullo, y sabía que la intervención de la policía era necesaria para establecer la causa de la muerte y preservar los documentos.

Acompañó al inspector hasta el despacho, donde Arthur le explicó las observaciones médicas que había realizado y distinguió cuidadosamente entre lo que podía afirmar y lo que seguía siendo una hipótesis.

El médico del pueblo examinó el cuerpo y los objetos conservados, mientras Wallace inspeccionaba la cerradura, el reloj y la comunicación oculta con el ala norte.

Cuando descubrió el mecanismo de la puerta secreta, permaneció varios minutos estudiándolo y pidió que nadie lo tocara hasta que su ayudante hubiera registrado su posición.

La existencia del pasadizo no demostraba por sí sola que hubiera sido utilizado durante el asesinato, pero convertía en plausible una salida que hasta entonces parecía imposible.

El inspector escuchó después a cada uno de los habitantes de la casa.

Charles repitió que había discutido con su padre y que se había retirado a su habitación; Lady Beatrice reconoció que había ocultado la conversación sobre los documentos; Margaret entregó el cuaderno de su madre y las cartas que había encontrado entre sus pertenencias; Thomas describió las marcas de la pared del invernadero; Agnes relató las advertencias que había heredado de su madre, y Mary Collins confirmó que había llevado el oporto al despacho antes de la cena.

El reverendo Bell ofreció consultar los registros parroquiales para comprobar la historia de Margaret Wren.

Edmund Vale entregó la página firmada por Eleanor Whitmore y una parte de los documentos que había heredado de su abuelo, aunque el inspector ordenó que se investigara si conservaba otros papeles no declarados.

Cuando Wallace terminó las primeras entrevistas, pidió hablar a solas con Eleanor.

La condujo hasta la biblioteca, donde el fuego había empezado a consumirse y las sombras de las estanterías se alargaban sobre la alfombra.

El inspector reconoció que las pruebas reunidas apuntaban a una disputa relacionada con la herencia, pero señaló que todavía no había una conexión material suficiente entre aquella disputa y la muerte de sir Reginald.

La posibilidad de que el asesino hubiera utilizado el pasadizo explicaba cómo pudo cerrarse el despacho, pero no demostraba quién lo había hecho.

Del mismo modo, la existencia de una escritura antigua ofrecía un motivo potencial, aunque varias personas podían haber temido las consecuencias de su aparición.

Wallace no estaba dispuesto a acusar a Edmund por el silencio de su familia ni a Charles por sus deudas, y Eleanor comprendió que el inspector tenía razón.

La investigación debía culminar con una secuencia de hechos verificables, no con una interpretación convincente de los secretos familiares.

—Creo que el libro sigue dentro de la casa —dijo Eleanor—, y que la persona que lo escondió conoce el significado de la estrella y del número siete.

La caja y el volumen fueron separados deliberadamente, y la última persona que intentó reunirlos fue sir Reginald.

Si encontramos el original, quizá podamos establecer quién lo tenía y por qué murió antes de anunciar su decisión.

Wallace le preguntó dónde buscaría. Eleanor explicó que los documentos apuntaban a un lugar cotidiano, relacionado con la memoria de la familia, pero que todavía no había identificado el escondite.

El inspector la observó con atención antes de responder que le permitiría continuar examinando los objetos, siempre que no alterara ninguna posible prueba y le informara de inmediato si encontraba algo relevante.

No era una autorización para dirigir la investigación policial, sino un reconocimiento de que Eleanor conocía detalles de la casa que podían pasar inadvertidos a un investigador recién llegado.

Ella aceptó y regresó a la galería de retratos, donde Arthur la esperaba con el inventario de 1857 abierto sobre una mesa.

Habían revisado ya la biblioteca, el invernadero, la habitación del ala norte y la sala de música.

La caja no aparecía en ninguno de aquellos lugares, y la cavidad detrás del retrato estaba vacía.

Sin embargo, Eleanor seguía pensando en la frase de la carta de la madre de Margaret: El siete no es una página.

Es la última casilla del inventario antiguo.

El séptimo objeto era el volumen encuadernado en verde, pero la anotación no indicaba dónde había sido guardado.

Quizá la numeración se refería a una serie de habitaciones, a los compartimentos de un mueble o a los lugares que Eleanor Whitmore había elegido para distribuir sus pertenencias.

La estrella podía señalar un objeto, mientras el número indicaba el orden en que debía buscarse; ambos símbolos formaban una clave que solo tendría sentido para alguien que conociera los hábitos de la mujer.

Arthur señaló entonces un detalle que hasta ese momento había pasado inadvertido.

En la fotografía antigua, Eleanor Whitmore sostenía el libro con la mano izquierda, mientras la derecha descansaba sobre el borde de una mesa.

Sobre aquella mesa había siete pequeños objetos alineados: una lupa, un cuaderno, una caja de semillas, unas tijeras de podar, un frasco de cristal, una cinta azul y una figura metálica con forma de estrella.

La imagen no permitía distinguir con claridad el último objeto, pero su posición parecía deliberada.

Eleanor recordó que su antepasada había sido botánica y que muchas de sus notas se referían a la clasificación y conservación de plantas.

Si el inventario había sido elaborado por ella, quizá no describía únicamente los objetos de una biblioteca, sino una colección de trabajo cuyo orden respondía a una lógica particular.

—La estrella podría indicar el séptimo objeto de una colección, no el séptimo lugar de la casa —dijo Eleanor—.

Si la caja y el libro se separaron, quizá el volumen fue escondido donde ella guardaba sus instrumentos de trabajo.

El invernadero es el lugar más evidente, pero lo hemos registrado sin encontrarlo.

Tal vez deberíamos buscar una habitación que conservara el mobiliario original de su estudio, aunque después se le diera otro uso.

Arthur recordó que una de las habitaciones del ala norte había sido utilizada como cuarto de costura durante años y que, según Agnes, antes había pertenecido a Eleanor Whitmore.

El mobiliario se había trasladado a otras dependencias cuando la familia decidió cerrar aquella parte de la casa, pero una mesa de trabajo permanecía en el desván, junto a cajas de documentos y objetos que nadie había reclamado.

Eleanor pidió a Agnes que los acompañara hasta allí.

El ama de llaves aceptó sin vacilar, quizá aliviada de poder hacer algo concreto para reparar el silencio que había mantenido durante tanto tiempo.

El desván ocupaba toda la extensión de la planta superior y estaba dividido por vigas gruesas que sostenían el tejado.

El aire olía a madera seca, polvo y tela antigua, y las ventanas pequeñas dejaban entrar una luz pálida que apenas alcanzaba los rincones.

Había baúles de viaje, sillas sin tapizar, marcos vacíos, cajas de porcelana y varias estanterías con libros que habían sido retirados de las habitaciones principales.

Agnes señaló un mueble bajo que, según recordaba, había pertenecido a Eleanor Whitmore.

Era una mesa estrecha de nogal con tres cajones y una superficie marcada por pequeñas quemaduras circulares, quizá producidas por lámparas de aceite o por frascos calentados durante algún experimento.

Sobre el tablero aún podían distinguirse unas iniciales grabadas: E. W.

Eleanor abrió el primer cajón y encontró etiquetas de plantas, sobres con semillas secas y varias hojas de papel cubiertas de dibujos botánicos.

El segundo contenía herramientas pequeñas, un compás, una lupa y una caja de madera vacía cuyo cierre de latón estaba roto.

El tercer cajón parecía atascado. Arthur intentó deslizarlo sin forzarlo y descubrió que la parte posterior tenía un fondo doble.

Una vez retirado con cuidado, apareció un compartimento estrecho en cuyo interior descansaba un envoltorio de tela azul, endurecido por el tiempo.

Eleanor lo desplegó lentamente. Dentro había una llave pequeña, una tarjeta con una estrella dibujada y una nota escrita con tinta azul: La última casilla no se abre con la llave, sino con el nombre que falta.