El secreto de Whitmore Manor Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor #4
89%

Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor #4

Eleanor sintió una punzada de sorpresa al escuchar su propio apellido vinculado a la antigua criada.

No quería convertir una coincidencia familiar en una explicación conveniente, pero la posibilidad de que Margaret Wren hubiera sido la custodio de los documentos abría una vía que hasta entonces no había considerado.

Si la criada había ayudado a Eleanor Whitmore a esconder el libro, quizá sus descendientes habían conservado fragmentos de la historia sin conocer su significado.

El cuaderno botánico de la madre de Margaret Ashford, las cartas ocultas y las notas sobre la caja podían proceder de esa misma red de personas que se habían negado a dejar que el recuerdo desapareciera por completo.

—¿Puede demostrar que Margaret Wren fue la persona que recibió la caja? —preguntó Eleanor.

—No todavía —respondió el reverendo—. Pero recuerdo una anotación en el registro: «La joven Margaret se marcha con un paquete que no debe ser abierto hasta que la señora lo reclame».

La frase fue escrita por mi predecesor y no explica qué contenía el paquete ni quién se lo entregó.

Siempre pensé que se refería a pertenencias personales. Ahora no estoy seguro.

La declaración aportaba una pieza más al misterio, pero también confirmaba que el secreto había sobrevivido gracias a personas que no compartían necesariamente el mismo motivo.

Algunos habían actuado por lealtad a Eleanor Whitmore; otros, por miedo a perder su empleo o por obediencia a la familia.

Con el tiempo, las razones originales se habían desdibujado y las advertencias se habían transmitido sin explicaciones.

El resultado era una casa llena de personas que conocían fragmentos de una historia y que, sin saberlo, habían permitido que el responsable del asesinato se moviera entre ellas aprovechando la confusión.

Eleanor pidió a los presentes que no abandonaran la casa hasta que llegara el agente local y pudiera tomar declaración a cada uno.

No se trataba de una detención, sino de una medida de prudencia, pues todavía había documentos desaparecidos y no podían descartar que el responsable intentara destruirlos.

Después se volvió hacia Edmund y le preguntó si estaba dispuesto a entregar todos los papeles que conservaba sobre la disposición de 1857, incluidos los que había heredado de su abuelo.

El abogado aceptó, aunque pidió que se registrara formalmente la entrega y que ningún documento se atribuyera a su familia sin una investigación adecuada.

Eleanor estuvo de acuerdo: la verdad no debía convertirse en una nueva injusticia, y la responsabilidad de un hombre no podía establecerse únicamente por los actos de sus antepasados.

Cuando la reunión terminó, Arthur acompañó a Eleanor hasta la biblioteca.

Ambos sabían que habían avanzado considerablemente, pero el asesino seguía sin ser identificado.

El pasadizo explicaba cómo podía haberse cerrado el despacho, la escritura demostraba que existía una disposición legal relacionada con Eleanor Whitmore y el testimonio de Edmund situaba a una figura con un paquete oscuro en el corredor del ala norte.

Sin embargo, faltaba establecer quién había tenido acceso al libro, quién había manipulado el reloj y qué ocurrió durante los últimos minutos de vida de sir Reginald.

Eleanor estaba convencida de que la respuesta se encontraba en la relación entre esos tres hechos, no en un detalle aislado.

Arthur cerró la puerta de la biblioteca y se apoyó un instante contra el marco.

—Si el libro sigue en la casa, el responsable intentará recuperarlo o destruirlo antes de que las autoridades puedan examinarlo.

Si ya ha salido de la finca, tendremos que averiguar quién pudo trasladarlo durante la tormenta.

La figura que vio Edmund llevaba un paquete, pero no sabemos si contenía el volumen.

Tampoco sabemos si esa persona fue quien entró en el despacho o si llegó después para retirar algo que el asesino había dejado allí.

Eleanor miró hacia la galería de retratos, donde la imagen de Eleanor Whitmore permanecía iluminada por la luz fría de la mañana.

Durante décadas, el cuadro había servido como una presencia muda, un recordatorio de que la familia había conservado la imagen de una mujer mientras ocultaba su historia.

Ahora comprendía que el verdadero secreto de Whitmore Manor no consistía únicamente en un libro desaparecido o en una herencia discutida, sino en la forma en que varias generaciones habían confundido la posesión con el derecho y el silencio con la inocencia.

Sir Reginald había intentado romper aquella cadena, pero su muerte había demostrado que todavía quedaba alguien dispuesto a defenderla.

—Tenemos que encontrar a la persona que custodiaba la caja —dijo Eleanor—.

Si Margaret Wren recibió el paquete en 1858, quizá dejó alguna señal para que sus descendientes pudieran localizarlo.

La estrella, el número siete y la cinta azul no son simples recuerdos; parecen formar parte de un sistema destinado a conservar la ubicación de los documentos sin escribirla de manera explícita.

Si comprendemos ese sistema, podremos encontrar el libro y demostrar qué ocurrió con Eleanor Whitmore.

Y cuando sepamos quién tenía más que perder si el volumen aparecía, quizá podamos entender por qué sir Reginald murió la víspera de Navidad.

Arthur la miró con una mezcla de respeto y preocupación.

—Entonces debemos buscar el último lugar que la familia consideró demasiado insignificante para vigilar.

Si el libro ha sobrevivido treinta años, quizá no esté escondido en una habitación secreta ni detrás de un retrato.

Puede que haya permanecido en un sitio cotidiano, a la vista de todos, protegido precisamente porque nadie imaginó que pudiera contener algo importante.

Eleanor volvió a pensar en la frase escrita en el cuaderno de Margaret: La estrella conserva lo que la memoria pierde.

Tal vez la clave no estuviera en un escondite, sino en el significado de la estrella, en el inventario que señalaba el séptimo objeto o en una persona cuya existencia había sido borrada de los registros.

La investigación se acercaba a su desenlace, pero la solución todavía exigía una última comprobación.

Antes de acusar a nadie, Eleanor necesitaba encontrar el libro, leer la declaración completa y reconstruir el momento exacto en que sir Reginald había comprendido que su vida corría peligro.

Solo entonces podría separar la culpa heredada de la responsabilidad individual y devolver a Eleanor Whitmore el lugar que le habían negado durante tantos años.