El secreto de Whitmore Manor Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor #3
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Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor #3

La declaración coincidía con la sombra que había visto la cocinera y con los pasos que Charles había oído en el corredor.

Por primera vez, varias piezas de la noche parecían encajar sin necesidad de forzar los testimonios.

Alguien había utilizado el pasadizo después de la discusión entre sir Reginald y Edmund, llevando consigo un objeto envuelto en tela oscura.

Si ese objeto era el libro verde, podía haber sido retirado del escondite antes del asesinato o trasladado a otro lugar para evitar que sir Reginald lo recuperara.

Sin embargo, la persona que había salido del corredor podía haber sido también quien encontró el cuerpo a la mañana siguiente, o alguien que pretendía dejar una pista para desviar las sospechas.

Eleanor pidió a Edmund que describiera la silueta.

El abogado dijo que se trataba de una persona de estatura media, con una prenda larga y oscura, y que había caminado con cierta rigidez, como si llevara algo pesado bajo el brazo.

No podía afirmar que fuera un hombre. La respuesta le recordó a Eleanor la figura que había visto desde la ventana, moviéndose desde el bosque hacia la casa con un objeto oscuro, y también el paquete del que hablaba el relato de la madre de Agnes.

Quizá alguien había trasladado el libro de un escondite a otro, siguiendo una ruta que llevaba décadas utilizándose.

El hecho de que la misma tela azul apareciera en las notas familiares sugería que los objetos se envolvían para protegerlos, pero no permitía identificar a quien los transportaba.

Arthur pidió que el sobre con la página de 1857 quedara bajo custodia hasta que pudiera entregarse al agente local.

Edmund aceptó, aunque insistió en que no había matado a sir Reginald y que su silencio se debía al temor de comprometer la reputación de su familia.

Eleanor no podía saber si decía toda la verdad, pero la aparición de aquella hoja cambiaba el sentido de la investigación.

El libro ya no era únicamente un manuscrito desaparecido: estaba vinculado a una disposición legal, a una caja custodiada por una persona cuyo nombre se había omitido y a una cadena de decisiones que había permitido que una parte de la historia familiar quedara oculta durante treinta años.

Lady Beatrice se acercó al escritorio y contempló la copia de la declaración.

—Mi marido me dijo que la mujer del retrato no había sido olvidada por accidente —murmuró—.

Me dijo que alguien había decidido que su nombre debía desaparecer de los documentos y que, durante años, todos los que podían haberlo corregido prefirieron proteger sus propias vidas.

Pensé que exageraba, que la edad lo había vuelto desconfiado.

Ahora veo que estaba intentando reparar algo que ni siquiera yo comprendía.

Eleanor le preguntó si sir Reginald había mencionado quién había custodiado la caja.

Lady Beatrice negó con la cabeza, pero recordó que, durante la última semana, su marido había preguntado varias veces por una antigua criada llamada Margaret Wren, que había abandonado la casa en 1858 y cuyo nombre no aparecía en los registros posteriores.

La coincidencia del apellido con el de Eleanor hizo que todos se miraran, aunque Lady Beatrice no sabía si existía un parentesco entre ambas mujeres.

La antigua criada podía haber sido la persona a la que Eleanor Whitmore confió los documentos, o simplemente alguien que conocía el secreto y había sido apartada para impedir que hablara.

Su marcha de la casa constituía una nueva línea de investigación, pero todavía no explicaba quién había asesinado a sir Reginald.

Eleanor decidió que era el momento de reunir a todos los habitantes de Whitmore Manor y escuchar de nuevo sus declaraciones, no para obligarlos a confesar, sino para comprobar las contradicciones que habían aparecido.

Pidió a Arthur que permaneciera con ella y envió a un criado a buscar a Charles, Margaret, Agnes, Thomas, el reverendo Bell, Mary Collins y la cocinera.

Cuando todos estuvieron en el salón principal, explicó que habían encontrado un pasadizo entre el despacho y el ala norte, que existía una declaración legal relacionada con Eleanor Whitmore y que sir Reginald había intentado recuperar un libro desaparecido desde 1857.

No acusó a nadie. Se limitó a exponer los hechos que podían demostrarse y a señalar que la persona responsable había tenido acceso a la casa, conocía la existencia de los documentos y había aprovechado el aislamiento provocado por la tormenta.

El silencio que siguió fue distinto de los anteriores.

Hasta entonces, cada invitado había podido imaginar que sus secretos permanecían separados del asesinato; ahora todos comprendían que sus decisiones, sus temores y sus mentiras habían contribuido a mantener viva una historia que alguien estaba dispuesto a proteger incluso mediante la violencia.

Charles miró a Edmund con hostilidad, Margaret apretó el cuaderno de su madre contra el pecho y Agnes permaneció de pie junto a la puerta, como si todavía temiera que alguien le ordenara abandonar la habitación.

Thomas Reed parecía inquieto, pero no apartaba la vista del suelo.

El reverendo Bell se había quitado las gafas y las sostenía entre los dedos, mientras Mary Collins observaba a los adultos con la expresión de quien descubre que las personas respetables pueden mentir con tanta facilidad como cualquier otra.

Eleanor comenzó por pedir a cada uno que relatara dónde había estado entre las diez y las doce de la noche de Nochebuena.

No interrumpió las respuestas, pero anotó las horas y las comparó con los testimonios anteriores.

Charles repitió que había discutido con su padre y que después había subido a su habitación; Margaret aseguró que se había retirado al salón pequeño para leer y que no había entrado en el ala norte; Thomas explicó que había comprobado las tuberías del invernadero antes de regresar a sus dependencias; Agnes había estado ocupada con los preparativos de la mañana siguiente y había oído voces en el corredor; Mary había terminado su servicio en la planta baja; y la cocinera había cerrado la cocina poco después de las once.

El reverendo Bell reconoció que había permanecido en la capilla privada hasta cerca de las diez y media, rezando por una persona de su familia que había muerto años atrás.

Ninguna declaración era suficiente para excluir por completo a su autor, pero algunas podían comprobarse mediante otros testimonios.

Cuando llegó el turno de Edmund, Eleanor le preguntó por qué había ocultado la existencia de la página firmada por Eleanor Whitmore y por qué no había mencionado antes que vio a una persona salir del pasadizo.

El abogado respondió que había tenido miedo de ser acusado y que no sabía si el documento era auténtico.

Eleanor le recordó que había recibido honorarios durante años por gestionar los asuntos legales de los Whitmore y que, al descubrir una posible prueba de una irregularidad, su obligación era investigarla, no esconderla.

Edmund aceptó la crítica sin protestar, pero volvió a negar que hubiera entrado en el despacho después de las diez y media.

Insistió en que había visto a la figura salir del corredor poco después de las once, cuando él regresaba a la biblioteca para recoger sus papeles.

—¿Qué documentos había dejado allí? —preguntó Eleanor.

—La carpeta que sir Reginald me había entregado y algunas notas sobre la disposición de 1857.

—¿Y dónde están ahora?

Edmund señaló una cartera de cuero que descansaba junto a la silla.

Eleanor pidió que la abriera. Dentro había varios documentos, pero faltaba una hoja que aparecía descrita en la lista que él mismo había preparado.

El abogado aseguró que la había entregado a sir Reginald antes de la cena, aunque no recordaba si había recibido un comprobante.

Eleanor le mostró entonces la copia del inventario antiguo, donde la frase sobre el volumen verde aparecía escrita con tinta distinta.

Edmund la observó con atención y admitió que la caligrafía se parecía a la de su abuelo, aunque no podía asegurarlo sin comparar otros documentos.

La coincidencia reforzaba la posibilidad de que su familia hubiera tenido un papel en la desaparición del libro, pero seguía sin establecer una relación directa con el asesinato.

El reverendo Bell pidió entonces la palabra.

Había permanecido en silencio durante toda la conversación, pero la mención de Margaret Wren parecía haberle causado una inquietud que ya no podía disimular.

Confesó que su predecesor había conservado un registro privado de algunas familias que vivían en la parroquia durante la década de 1850, y que entre esos nombres figuraba una mujer llamada Margaret Wren, empleada en Whitmore Manor.

Según una nota añadida al margen, había abandonado la casa a finales de 1858 y se había trasladado a una población cercana, donde vivió bajo otro apellido.

El reverendo no sabía si estaba emparentada con Eleanor Wren, pero podía consultar los registros parroquiales y comprobar si existía alguna conexión.