El secreto de Whitmore Manor Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor #2
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Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor #2

La viuda bajó la mirada hacia sus manos.

—Porque pensé que me convertiría en sospechosa.

Mi marido me había dicho que estaba a punto de tomar una decisión que afectaría a la herencia, y yo sabía que Charles tenía deudas que podían destruirlo.

También sabía que, si se demostraba que la propiedad había sido transmitida de manera irregular, yo podía perder la casa en la que he vivido durante más de treinta años.

No maté a mi marido, señorita Wren, pero sí tuve miedo de lo que estaba dispuesto a hacer.

Y el miedo, cuando se prolonga demasiado, puede convertir a una persona honrada en alguien que calla cosas que debería contar.

Eleanor no dudó de que Lady Beatrice temiera perder su hogar, pero tampoco consideró que su declaración la exculpara.

La viuda había ocultado una discusión relevante y poseía una de las llaves antiguas de la casa.

El hecho de que no conociera el pasadizo no significaba que no pudiera haber entrado en el despacho por la puerta principal antes de que sir Reginald se encerrara.

Sin embargo, su confesión aclaraba el motivo por el que había intentado evitar la investigación de los documentos: temía las consecuencias de una verdad que podía alterar el futuro de toda la familia.

La misma clase de miedo aparecía en los testimonios de Charles, Agnes y Margaret, aunque cada uno lo expresaba de una forma distinta.

Eleanor pidió a Edmund que le mostrara los documentos originales relacionados con la disposición de 1857.

El abogado respondió que no los tenía todos consigo, pero que había localizado una referencia a una escritura que debía conservarse en el archivo de la finca.

Tras una pausa, admitió que sir Reginald le había entregado una carpeta a principios de diciembre y le había pedido que verificara si una disposición antigua podía seguir teniendo efectos legales.

En aquella carpeta había una copia parcial de un documento que atribuía a Eleanor Whitmore derechos sobre una propiedad y sobre una colección de manuscritos.

Edmund había explicado a sir Reginald que, sin el original y sin pruebas suficientes de la identidad de la autora, no podía aconsejarle una restitución inmediata.

Su cliente, sin embargo, había insistido en que el libro existía y que debía ser encontrado antes de Navidad.

—¿Por qué no informó de ello a los demás miembros de la familia? —preguntó Arthur.

—Porque se trataba de un asunto privado entre mi cliente y su abogado.

No podía revelar una investigación que aún no había concluido.

Además, sir Reginald temía que la noticia provocara un conflicto antes de que pudiera determinar qué derechos seguían vigentes.

Si la escritura era auténtica, el asunto podía afectar a la titularidad de parte de la propiedad y a la legitimidad de algunas decisiones tomadas durante las últimas décadas.

No era una cuestión que pudiera resolverse en una conversación familiar.

—Pero alguien conocía la existencia de la carpeta —dijo Eleanor—. Y alguien quería que el libro no apareciera. La discusión que oyó Agnes la noche de Nochebuena se refería a algo que, según sir Reginald, no podía seguir perteneciendo a quien lo había robado.

Edmund permaneció en silencio durante unos segundos.

Después reconoció que había discutido con sir Reginald la noche de Nochebuena, aunque insistió en que la conversación había terminado antes de las diez y media.

El señor de la casa estaba enfadado porque el abogado no había conseguido localizar el original de la escritura, y le había exigido que continuara buscando.

Edmund había respondido que no podía fabricar una prueba que no existía.

Según su relato, salió de la biblioteca y se dirigió a su habitación, sin volver al despacho.

No podía demostrar la hora exacta de su salida, pero aseguró que no había visto a sir Reginald después de aquella conversación.

Eleanor recordó la declaración de Charles, que había visto a Edmund cerca del despacho, y el testimonio de la cocinera, que había observado una sombra junto a la puerta alrededor de las once.

Ninguno de los dos había podido identificarlo de manera concluyente.

La mancha azul en el puño de su camisa, la fibra de lana gris del pasadizo y el anillo que aparecía en la fotografía de 1857 eran indicios circunstanciales, no pruebas definitivas.

Sin embargo, todos apuntaban hacia un hombre cuya familia había trabajado para los Whitmore durante el periodo en que desapareció el libro y que, en el presente, había tenido acceso a los documentos legales que sir Reginald intentaba recuperar.

—Hay algo que no encaja en su relato —dijo Eleanor—. Usted afirma que nunca tuvo el libro en sus manos, pero sabía que la disposición requería el original. ¿Cómo llegó a esa conclusión si el documento no aparece en los archivos y nadie ha podido examinarlo?

Edmund se quedó inmóvil. Lady Beatrice giró la cabeza hacia él, y Arthur dejó de ordenar los papeles.

Durante un momento, el abogado pareció debatirse entre mantener su versión o admitir algo que había ocultado.

Finalmente abrió su cartera y extrajo un sobre de papel grueso, cerrado con una cinta azul.

Lo colocó sobre el escritorio, pero mantuvo una mano encima.

—Porque vi una copia de una de las páginas —dijo—.

No el libro completo, ni el original de la escritura, sino una hoja que mi abuelo había conservado entre sus documentos personales.

La encontré después de su muerte, pero no supe qué significaba hasta que sir Reginald empezó a investigar.

La página menciona una disposición testamentaria y una colección de manuscritos.

También contiene una declaración firmada por Eleanor Whitmore.

No se la mostré a sir Reginald porque no estaba seguro de que fuera auténtica y temía que mi familia quedara implicada en un asunto que no podía explicar.

Eleanor le pidió que entregara el sobre.

Edmund vaciló, pero finalmente retiró la mano.

Dentro había una hoja amarillenta, con un borde irregular y varias líneas escritas en tinta azul.

La firma de Eleanor Whitmore aparecía al final, acompañada por la fecha del 24 de diciembre de 1857.

El texto indicaba que la mujer había depositado un manuscrito y una declaración legal en una caja de madera, confiándolos a una persona cuyo nombre no aparecía en la copia.

La última frase decía que, si los documentos desaparecían, debía buscarse a quien hubiera recibido la orden de custodiar la caja y no a quien hubiera tenido acceso a la biblioteca.

—¿Por qué no entregó esta página a sir Reginald? —preguntó Arthur.

Edmund se pasó una mano por el rostro. —Porque la encontré después de que mi abuelo muriera y porque la firma podía ser falsa.

Mi abuelo tenía acceso a los archivos de la familia, y no sé si copió el documento, si lo recibió de otra persona o si lo conservó porque estaba implicado en la desaparición del libro.

Durante años no hice nada con él. Cuando sir Reginald me habló de la disposición, comprendí que podía estar relacionado, pero no quería revelar un documento que podía comprometer a mi abuelo sin tener pruebas de su autenticidad.

La explicación podía ser cierta, pero también demostraba que Edmund había ocultado una prueba fundamental mientras investigaba el caso.

Eleanor observó la hoja con atención. La tinta y el papel parecían compatibles con la época, aunque eso no bastaba para demostrar que la firma fuera auténtica.

La referencia a una persona encargada de custodiar la caja era especialmente importante: sugería que la mujer había confiado los documentos a alguien que no pertenecía necesariamente a la familia, quizá un criado o un administrador.

Si esa persona había recibido instrucciones para protegerlos, podía haber sido quien los trasladó al invernadero o los escondió detrás del retrato.

—La hoja no demuestra que usted matara a sir Reginald —dijo Eleanor—, pero sí demuestra que ocultó información que podía haber ayudado a resolver el caso.

Si la entregamos a las autoridades, tendrán que investigar su procedencia y el papel de su abuelo.

También deberán averiguar por qué sir Reginald no la conocía, a pesar de que usted afirma haberla encontrado años atrás.

Edmund cerró los ojos un instante. —Lo entiendo.

Pero hay algo más que debo decirles. La noche de Nochebuena, después de discutir con sir Reginald, regresé a la biblioteca para recoger unos documentos que había dejado sobre la mesa.

No entré en el despacho, pero vi a una persona salir del corredor del ala norte.

Llevaba algo envuelto en una tela oscura.

No pude reconocerla porque la lámpara estaba apagada y solo vi su silueta.

Pensé que sería un criado, y no quise preguntar. Ahora comprendo que debí hacerlo.

—¿A qué hora ocurrió? —preguntó Eleanor.

—Poco después de las once. El reloj del vestíbulo acababa de dar la hora cuando escuché la puerta del corredor.

La persona se dirigió hacia la escalera de servicio y desapareció.

No vi si llevaba un libro, una caja o una carpeta.

No dije nada porque temí que me acusaran de haber estado allí cuando desapareció el documento que sir Reginald buscaba.